Opinión

Adolescentes y redes: lo que los retos virales están diciendo

El fenómeno inquieta y abre interrogantes que exceden el hecho puntual que hoy ocupa la agenda. Preocupa, porque pone en juego una combinación particularmente sensible: adolescencia, redes sociales y violencia simbólica. La reiteración de estos mensajes no puede leerse únicamente como una “broma” o una “travesura”.
En la práctica cotidiana con adolescentes, sabemos que muchas de estas acciones se ubican en una zona ambigua, donde los límites entre lo real y lo virtual se vuelven difusos, y donde la búsqueda de visibilidad impide anticipar las consecuencias de los propios actos. A esto se suma el llamado “efecto contagio”, por el cual una acción aislada se multiplica rápidamente al ser replicada.

Cabe entonces preguntarse qué lleva a los adolescentes a sumarse a este tipo de prácticas.
La respuesta exige una mirada amplia sobre un campo complejo de conductas y representaciones; no es única ni lineal. Podríamos decir que estos comportamientos pueden comprenderse como expresión de procesos propios de la adolescencia, en los que la necesidad de pertenecer y de ser parte de algo compartido cobra una especial relevancia, más aún en un escenario donde lo grupal también se construye en lo digital.

A esto se suma la búsqueda de reconocimiento por parte de los pares, en una etapa de la vida en la que ser visto y validado adquiere un valor central. Quienes trabajamos con adolescentes vemos con frecuencia cómo esa necesidad aparece, a veces de modos creativos y otras veces a través de acciones no admitidas socialmente o que no dimensionan del todo su alcance. Al mismo tiempo, los trabajos psíquicos propios de este momento vital pueden implicar desajustes en la conducta, lo que hace que, en ocasiones, no logren regular sus emociones o anticipar el impacto de sus decisiones. En ese marco, la impulsividad puede ganar terreno frente a la reflexión.

Un aspecto clave para comprender este fenómeno es el modo en que hoy se construye la identidad. En gran medida, ese proceso se despliega en el plano digital, donde lo que se muestra adquiere un lugar protagónico. El reconocimiento ya no se juega únicamente en los vínculos cercanos, sino que se mide en reacciones, visualizaciones y niveles de circulación, instalando una lógica en la que la visibilidad se vuelve casi condición de existencia.

En este contexto, no resulta casual que ciertos contenidos —especialmente aquellos que generan miedo, sorpresa o conmoción— tengan mayores posibilidades de difundirse. Bajo esta lógica, algunos adolescentes pueden quedar entrampados en la necesidad de producir ese impacto, sin dimensionar plenamente las implicancias de lo que comparten.

Lejos de habilitar miradas simplificadoras, este escenario interpela directamente a los adultos y a las instituciones. La pregunta por la responsabilidad no puede eludirse.
Más que responder únicamente desde la sanción, se vuelve imprescindible recuperar la función adulta como sostén, como marco de lectura y como orientación. La escuela y la familia no pueden —ni necesitan— competir con las redes, pero sí pueden ofrecer algo diferente: espacios donde la palabra circule, donde lo que ocurre pueda ser pensado, puesto en contexto y acompañado sin ser minimizado ni sobredimensionado. En la experiencia institucional, cuando estos espacios existen, muchas situaciones que en apariencia escalan, logran tramitarse de otro modo.

Cada fenómeno de este tipo irrumpe, pero también revela. Detrás de estas conductas no hay únicamente transgresión: hay, muchas veces, un intento —a veces torpe, a veces riesgoso— de inscribirse en un mundo que exige mostrarse, destacarse y existir frente a otros de manera constante y el riesgo se convierte en un claro mensaje dirigido al mundo adulto.

Leer este mensaje en profundidad implica animarse a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué lugar estamos ofreciendo a nuestros adolescentes para que puedan ser, sin tener que volverse virales para existir?

Tal vez el desafío más urgente, nuestro “reto” no sea solamente frenar la circulación de estos mensajes, sino reconstruir ámbitos donde lo que se siente no tenga que transformarse en espectáculo para ser escuchado.

Autor: María de los Angeles Britos|
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