Escrito por Esteban Dómina.
CORDOBAZO
El 29 de mayo de 1969, en la ciudad de Córdoba, se desató el Cordobazo, un acontecimiento enmarcado en el clima de época de entonces. Era un mundo bipolar en ebullición, en medio de la llamada guerra fría donde se sucedían eventos disruptivos como el Mayo francés, la Primavera de Praga o la Plaza de Tatlelolco en México.
Argentina no quedaría al margen. La llamada Revolución Argentina, la dictadura instaurada en 1966, extinguida la expectativa inicial, había levantado en el país una fuerte resistencia contra la política económica y el autoritarismo exacerbado del régimen bajo la presidencia de facto de Juan Carlos Onganía.
En el contexto aludido, Córdoba se erigía como un baluarte del gremialismo combativo y de la unidad obrero estudiantil, una consigna de nuevo cuño. En septiembre de 1966, Santiago Pampillón fue una víctima temprana de la represión a manifestaciones antidictatoriales en la capital cordobesa. En mayo de 1969, con seis días de diferencia, cayeron bajo las balas policiales los estudiantes Juan José Cabral, en Corrientes, y Adolfo Ramón Bello y Luis Norberto Blanco, en Rosario.
En medio del descontento social reinante, la CGT nacional decretó un paro general para el viernes 30 de mayo. En Córdoba, la medida se adelantó al jueves 29; la jornada de protesta comenzaría a media mañana, con abandono de los lugares de trabajo y concentración frente a la sede de la CGT Regional de avenida Vélez Sarsfield. La modalidad adoptada —paro activo— era diferente a los llamados “paros materos” de antaño, durante los cuales los trabajadores permanecían en sus casas.
Aunque pertenecían a distintos esquemas sindicales, el dispositivo de la movilización se acordó entre los principales referentes del movimiento obrero cordobés: Elpidio Torres, titular del SMATA —sindicato de mecánicos—, Agustín Tosco —secretario general de Luz y Fuerza—, y Atilio López, secretario general de la Unión Tranviarios Automotor, el gremio de los choferes de colectivos urbanos. En los días previos el ambiente estaba caldeado. Los obreros industriales resistían en las calles la derogación del llamado “sábado inglés”, que consistía en la regla de pagar ocho horas, aun cuando ese día de la semana se trabajasen cuatro. El 14 de mayo, una asamblea multitudinaria que había desbordado el local del Córdoba Sport de calle Alvear terminó en refriegas, corridas, palos y gases.
El Cordobazo tuvo tres momentos cambiantes con el transcurso de las horas. Por la mañana, la columna más numerosa arrancó desde la planta de IKA Renault de barrio Santa Isabel y avanzó por la avenida Vélez Sarsfield hacia el centro de la ciudad. El primer choque con la Guardia de Infantería, que dispersó con granadas de gas a los manifestantes, se produjo frente al Hogar Escuela, más conocido como Pablo Pizzurno, ocupado en la actualidad por dependencias del Ministerio de Desarrollo Social. A la misma hora, otros gremios se concentraban en distintos puntos de la ciudad, junto a militantes de agrupaciones estudiantiles de distintas corrientes que se plegaron a la movida. Al llegar los primeros grupos al bulevar San Juan, se produjeron nuevos enfrentamientos con la policía y en la esquina de dicha arteria con calle Arturo M. Bas fue abatido Máximo Mena, operario de IKA Renault.
La noticia corrió como reguero de pólvora, y lo que hasta allí era una vasta movilización gremial, se convirtió en una pueblada. Comenzaba el segundo momento: barricadas, corridas, reagrupamientos y nuevos enfrentamientos. Vidrieras rotas, vehículos incendiados, ataque a la filial de la firma Xerox, a la confitería Oriental y a la concesionaria Citroën, en las inmediaciones de plaza Colón. Desde los edificios se arrojaban materiales y objetos en desuso para levantar barricadas y encender fogatas.
La policía, rebasada, recibió órdenes de retroceder, cediendo el control del terreno a los manifestantes. El ejército recién entró a la ciudad cuando caía la tarde, una demora que despertaría suspicacias políticas en las filas castrenses. Las tropas dirigidas por el general Jorge Carcagno se desplazaron por avenida Colón, tomando el control operacional de la situación en las horas siguientes. Comenzaba el tercer momento del Cordobazo. En barrio Clínicas, estudiantes, atrincherados en los techos, mantuvieron la vigilia nocturna impidiendo hasta el día siguiente el ingreso de las fuerzas de seguridad a ese bastión del movimiento estudiantil. A la vez, francotiradores apostados en lo alto de los edificios hostigaron durante esa noche a los efectivos militares, mientras un apagón operado por el gremio de Luz y Fuerza dejaba a oscuras la ciudad.
En los días que siguieron se produjeron allanamientos de sedes gremiales, detención de dirigentes y un endurecimiento generalizado de la represión, pero la movida tuvo un fuerte efecto simbólico y provocó la caída del gobernador Carlos Caballero y, aunque demorada, la del presidente Onganía, quien no logró recomponerse del desgaste sufrido y fue relevado al año siguiente.
Si bien el Cordobazo se planteó como una jornada de lucha por reivindicaciones laborales, su desarrollo ulterior lo convirtió en un símbolo de rebeldía popular dentro y fuera de aquella Argentina de fines de la década de 1960. Desde entonces se lo recuerda junto a otros eventos emblemáticos de la misma época.
El Cordobazo
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