Por Sara González Cañete
En los pliegues resecos de la geografía riojana, donde el viento zonda parece tallar la piedra con la paciencia de los siglos, nació un hombre que fue, ante todo, un constructor de horizontes. Hoy, al cumplirse un nuevo aniversario de su natalicio, la figura de Joaquín V. González se agiganta no solo por los anaqueles que llenó con su saber jurídico y literario, sino por las historias desconocidas de su biografía.
Nacido en la quietud de Nonogasta, la infancia de González fue sacudida prematuramente por las tempestades políticas que obligaron a la familia a un exilio interno hacia Huaco, el refugio de sus abuelos. Allí, donde la montaña deja de ser paisaje para convertirse en presencia, el pequeño Joaquín descubrió que la verdad no solo habitaba en los libros que más tarde devoraría con voracidad.
En aquel Huaco de finales del siglo XIX, la alfabetización era un imposible para los hombres de campo. Sin embargo, esta historia rescata un vínculo fundamental: la relación del niño con dos hermanos vaqueanos, hombres de piel curtida y mirada larga, que lo adoptaron como su pupilo más dilecto.
Mientras el mundo lo preparaba para ser abogado, periodista y estadista, estos hombres lo iniciaron en una logia distinta de la naturaleza. En la exploración del detalle, el respeto al silencio, la comprensión de que la montaña tiene latidos que solo se escuchan cuando el ego calla. La sabiduría de la llanura, un conocimiento empírico, casi místico, que luego González volcaría en sus prosas más profundas.
Hay historias que nacen en el polvo mineral de La Rioja, donde el tiempo se detiene a beber en los arroyos de Huaco. Esta es la crónica de un pacto de caballeros.
Benigno Castro era un vaqueano que descifraba el vuelo de los cóndores como si fueran señales sagradas. En un intercambio de saberes que solo la nobleza rural permite, se selló un contrato invisible, el niño Joaquín le entregó a Benigno el misterio de las letras, enseñándole a leer y escribir. A cambio, el hombre le entregó al niño el alfabeto del viento y el ritmo de los cerros.
De ese momento nació la semilla de Mis montañas, la obra que años más tarde perfumaría la literatura argentina con el aroma de la jarilla. Joaquín describió la geografía; la sintió en los dedos gracias a las manos callosas de su maestro.
Pasaron las décadas. El niño se convirtió en una eminencia. Pero el Dr. González, sentado en los estrados del senado, nunca olvidó el olor del azufre y la nieve. Cuando el ferrocarril, ese monstruo de hierro y humo, llegó finalmente a Chilecito, el doctor prometió a Benigno Castro que sería el primer pasajero, el invitado de honor hacia la mítica Buenos Aires.
El vaqueano, envuelto en su poncho y cargando la dignidad de quien sabe leer el cielo, llegó a las puertas del Senado de la Nación. Buscaba a su alumno, a su amigo. Sin embargo, la burocracia porteña -esa hidra de mil cabezas que ignora los tiempos de la siesta- se interpuso. El Dr. González estaba sumergido en las responsabilidades de su trabajo. Esto le impidió acudir al abrazo.
Al segundo día de espera, Benigno comprendió que las ciudades tienen una altura diferente a la de las montañas. La secretaria, con una amabilidad protocolar, le sugirió dejar un mensaje en el libro de registros.
Fue entonces cuando aquel hombre, que décadas atrás había aprendido a escribir bajo la sombra de un algarrobo de la mano de un niño prodigio, tomó la pluma. No redactó una queja ni una súplica. Con el pulso firme de quien no teme al abismo, dejó grabada una verdad absoluta, una filosofía de cumbre que aún hoy se encuentra en los folios del Senado: “LA MULA ES EL UNICO ANIMAL QUE NO SE MAREA EN LAS ALTURAS”. Firmó: Benigno Castro.
Aquel mensaje no fue un reproche, si no que llevaba una lección final. El poder y la gloria son cimas peligrosas donde la vanidad suele provocar vértigo. Benigno regresó a sus cerros con la promesa cumplida.
Esta historia, rescatada del olvido, desnuda al Joaquín V. González humano, al hombre que fue capaz de elevar a un vaqueano a la categoría de par, y al prócer que, a pesar de sus títulos, siempre llevó en su interior la mirada de aquel niño, que aprendió de un hombre rudo que la sabiduría esta en el equilibrio de quien camina por el filo de la montaña sin perder el suelo.
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