Por Fernando Viano
Hay periodistas de radio, televisión, medios gráficos y plataformas digitales. Hay trabajadores de medios públicos, privados y autogestionados. Hay quienes comenzaron cuando las noticias se escribían en máquinas de escribir y quienes construyeron su carrera en tiempos de redes sociales. Hay voces identificadas con el periodismo deportivo, cultural, político o de actualidad general. Sin embargo, cuando se les pidió reflexionar sobre el presente del oficio, todos terminaron hablando de las mismas preocupaciones.
La primera de ellas es la relación entre el periodismo y el poder.
En rigor, nadie sostiene que alguna vez haya existido una convivencia armónica entre ambas partes. Por el contrario, muchos de los entrevistados recuerdan que la tensión forma parte de la propia naturaleza de la profesión. El periodismo controla, pregunta, interpela. La política administra poder. Es lógico que exista conflicto.
Pero lo que aparece como novedad en buena parte de los testimonios es la percepción de que esa tensión histórica se transformó en confrontación abierta.
Algunos entrevistados lo atribuyen directamente al gobierno de Javier Milei. Otros prefieren inscribir el fenómeno en una tendencia más amplia, que atraviesa distintos gobiernos y distintos signos políticos. Lo cierto es que la mayoría coincide en que el deterioro del vínculo impacta directamente en el trabajo cotidiano, restringe el acceso a las fuentes y contribuye a consolidar un clima de hostilidad que termina trasladándose a la sociedad.
No resulta casual que conceptos como agresión, descalificación, hostigamiento o descrédito aparezcan una y otra vez en las respuestas.
Sin embargo, sería un error interpretar este fenómeno únicamente como un conflicto entre políticos y periodistas.
Lo que emerge detrás de esas respuestas es una preocupación más profunda: la fragilidad de la confianza pública.
Probablemente ese sea el hallazgo más significativo del relevamiento.
Los periodistas consultados no parecen temer únicamente a los ataques del poder político. Lo que verdaderamente les preocupa es el deterioro del vínculo con la ciudadanía.
Por primera vez en mucho tiempo, buena parte de los entrevistados percibe que el periodismo dejó de gozar de aquella legitimidad casi automática que tuvo durante décadas. Hoy la información ya no circula en un ecosistema donde los medios son los únicos intermediarios posibles. La irrupción de las redes sociales, los creadores de contenido, los influencers y las plataformas digitales modificó radicalmente el escenario.
Antes los medios competían entre sí. Ahora compiten contra todo. Contra algoritmos. Contra cadenas de WhatsApp. Contra videos virales. Contra publicaciones anónimas. Contra rumores. Contra operaciones. Contra inteligencias artificiales.
En ese contexto, la pregunta sobre qué diferencia al periodismo profesional del resto de los discursos se convirtió en una de las más reveladoras del cuestionario.
Las respuestas muestran matices, pero existe un acuerdo notable: la diferencia no está en la tecnología. Nadie defiende ya la idea romántica de que el periodismo depende de una rotativa, una radio o una cámara profesional. Por el contrario, muchos reconocen que hoy se puede hacer periodismo con un teléfono celular.
La diferencia aparece en otra parte. En la verificación. En el chequeo de fuentes. En el contexto. En la ética. En la responsabilidad. En la capacidad de distinguir información de propaganda. En la decisión de no publicar primero sino publicar mejor.
Es interesante observar cómo periodistas de generaciones muy distintas terminan llegando a la misma conclusión. Quienes comenzaron con teletipos y quienes crecieron con Instagram coinciden en que la esencia del oficio no está en las herramientas sino en los criterios.
Y es precisamente allí donde aparece otro de los grandes ejes de este trabajo: la crisis económica.
Si algo muestran estas entrevistas es que el periodismo riojano atraviesa una situación de enorme vulnerabilidad.
Muchos de los testimonios hablan abiertamente de precarización, salarios insuficientes, dependencia de la pauta oficial, reducción de ingresos publicitarios y dificultades para sostener proyectos periodísticos independientes.
Algunos incluso plantean que la supervivencia económica se convirtió en el principal desafío de la profesión.
La afirmación no es menor. Durante décadas el debate sobre el periodismo estuvo asociado a cuestiones éticas, políticas o tecnológicas. Hoy la discusión también pasa por una pregunta mucho más elemental: cómo seguir ejerciendo el oficio.
Y quizás sea allí donde aparece una de las mayores paradojas de este relevamiento.
Porque cuando se pregunta por los problemas, los periodistas hablan de crisis. Pero cuando se les pregunta por qué siguen haciendo periodismo, hablan de amor.
No hablan de salarios. No hablan de contratos. No hablan de prestigio. Hablan de pasión. Hablan de vocación. Hablan de servicio. Hablan de la satisfacción de ayudar a una persona, de acompañar una causa social, de amplificar una voz que de otro modo no sería escuchada.
Esa insistencia no parece casual.
Después de leer las treinta y una entrevistas queda la sensación de que el periodismo riojano atraviesa un momento de incertidumbre, pero no de resignación.
Hay preocupación. Hay crítica. Hay autocrítica. Hay diferencias. Pero también hay una defensa muy fuerte de la profesión.
Quizás porque todos comprenden que el problema ya no consiste solamente en defender al periodismo de los ataques externos. El verdadero desafío parece ser otro: reconstruir la confianza. Recuperar la credibilidad. Demostrar que el periodismo sigue siendo necesario en una época en la que cualquiera puede comunicar. Y volver a convencer a la sociedad de que, en medio del ruido, la información verificada sigue teniendo valor.
Leídas en conjunto, las treinta y una voces que integran este trabajo terminan construyendo algo más importante que una suma de testimonios. Construyen un diagnóstico. Un estado de situación. Una fotografía colectiva del periodismo riojano contemporáneo.
Y aunque los entrevistados no siempre coincidan en las causas ni en las soluciones, todos parecen compartir una misma certeza: el oficio atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. También uno de los más decisivos.
Porque lo que está en discusión no es solamente el futuro de los medios. Lo que está en discusión es quién contará las historias de la comunidad, cómo se contarán y bajo qué principios se construirá la verdad pública en los años por venir.
Esa pregunta, más que cualquier otra, atraviesa cada una de las páginas de este especial.
Y probablemente también explique por qué, a pesar de todo, siguen estando. Porque detrás de las diferencias, de las discusiones y de las dificultades, hay una convicción que aparece una y otra vez en las respuestas: el periodismo sigue siendo una herramienta indispensable para comprender la realidad y fortalecer la democracia.
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