Opinión
Voces. Escribe Fernando Viano - Redacción NUEVA RIOJA
Nuestro amo juega al esclavo

Escrito el 18 de Marzo del 2017 - 24/04/2017
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 La tragedia de Olavarría, puesta en perspectiva, no es más que la tragedia diaria de la Argentina.
Pasados ya varios días de la “misa ricotera”, van quedando al fin las esquirlas más visibles y reales, fuera ya de toda parafernalia mediática y de redes sociales, en donde todo mundo gusta de opinar con auras de verdades absolutas. Una modalidad muy peligrosa, por cierto, de practicar pequeños narcisistas autoritarismos. Así es como pasamos de los siete muertos en avalanchas informados irresponsablemente por la agencia oficial Télam, a los dos fallecidos como consecuencia del alto consumo de alcohol y drogas.
Pero al margen de las cuestiones que tendrá que develar la Justicia y sobre las que ya se habló demasiado, lo que vale decir es que pocos, muy pocos fenómenos en el mundo tienen la magnitud de lo que genera cada recital del Indio Solari, como secuelas de un amor incondicional hacia una de las bandas fundamentales de nuestro rock nacional: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Incondicional, digo, y lo que es más importante aún, genuino.
Pregunta obligada: ¿qué político en este país no desearía llenar un estadio, sin tener que recurrir a las viejas artimañas de acarrear gente como ganado, pagando voluntades con choripanes y gaseosa?

Cambiar, nada cambia
Volviendo al “fenómeno”, tal es su magnitud que encontrar una explicación medianamente lógica a semejante movimiento de masas que se reproducen cada vez, resulta definitivamente complejo, cuando no una tarea cercana a lo indescifrable.
En lo personal, y por esos guiños del destino, tuve la posibilidad de presenciar en vivo y directo el que nadie presagiaba sería el último recital de los Redonditos. Corría 2001, en el por entonces Estadio Chateau Carreras, en la ciudad de Córdoba. Aquel encuentro, con más de 55 mil almas en estado de éxtasis absoluto (que debían ser menos, claro), fue “el último bondi a finisterre”, como epílogo para los rumores que circulaban en cuanto a que los integrantes de la banda estaban cansados ya de lidiar, recital tras recital, con los inadaptados de siempre.
En aquella ocasión, recuerdo, Solari tuvo que detener un par de veces el espectáculo para evitar males mayores, y su estado de ánimo denotaba fastidio y cierta antipatía flotando en el aire. Abajo, en la marea humana, todo se vivió como una fiesta. Ambas cuestiones, tiempo después, son aún una constante. De aquel 2001 a este 2017 pasaron mucho más que 16 años. Y es que no se trata sólo de una cuestión cronológica. Con recordar aquel fatídico final para el gobierno de De la Rúa y el desfile de presidentes por la Casa Rosada en algunos pocos días, bastaría como para resumir lo que nos pasó desde allí, hasta ahora. Y también antes y durante. Esa asfixiante sensación que todo cambia para que, al fin, nada cambie.

Alarmas
Hechos como los ocurridos el pasado sábado 11 de marzo en el recital que Solari brindó en la ciudad de Olavarría vuelven a encender la alarma. Esa misma alarma tantas veces encendida en sucesos tan trágicos como evitables, si sólo por una vez prestáramos atención, justamente, a las alarmas que se encienden.
En ese contexto de indiferencia y olvidos, igual de alarmantes resultan algunos análisis que circulan por los medios y las redes sociales, y que exponen con crudeza uno de los más grandes males que atraviesa a este país de punta a punta: la trivialización de las problemáticas fundamentales, reducidas finalmente a frases de cotillón que, a su vez, ocultan la demagogia simplista, tendiente a quedar bien con el dueño del circo, mientras los monos se siguen muriendo ahí abajo.
“La música no mata” (el Fútbol tampoco, ya que estamos), o “la música no se mancha”, no son sólo cuestiones en principio obvias, sino que constituyen máximas maradonianas lanzadas al viento con la liviandad de una hoja seca, en el pretendido intento de querer tapar el sol con la mano.
El “y si nunca antes se controló, ¿por qué se iba a controlar ahora?”, se asemeja peligrosamente al “y si los de antes robaron, ¿por qué no van a robar los de ahora? Ese es el reduccionismo atroz al que asistimos a diario, en un debate que no entra jamás en las profundidades, sino que se recuesta cómodamente -una y otra vez- sobre las orillas de fanáticas argumentaciones que eximen de comprometer el pensamiento, y nos sumergen en la dulce tentación de lo banal, de lo superfluo.

Tragedia diaria
Lo ocurrido no debería, en realidad, sorprendernos. Ni deberían los moralistas de turno golpearse tan duramente el pecho. La tragedia de Olavarría -como a dado en calificarse-, puesta en perspectiva, no es más que la tragedia diaria de la Argentina. Es Cromañón y los 51 muertos de 11; la corrupción obscena, la desidia y la crisis de representatividad; la ignorancia, la improvisación y el caradurismo extremo; los pibes que se hunden en el paco y los niños que se mueren de hambre; los olvidados de siempre, los de los sueños mutilados; es la educación en caída libre y la salud desmantelada; los salarios por el piso y la inflación por las nubes; la mentira y el engaño; las mujeres asesinadas y la Justicia que sigue mirando para otro lado; los marginales, los marginados y los oportunistas; los que prefieren estar fuera de la ley y los que se inventan sus propias leyes; la discriminación, la indiferencia y los mil etc.
Es, sin más ni más, el “Héroe del whisky” que, como afirma la canción, “venderá algún milagro (nada de más...) de bebedores entrenados ¡no digo más! Y regresará a su ciudad en la caja de un camión, las estrellas ahí nomás, a su alcance, frías”. Y el creernos el ombligo del mundo, en medio del pogo más triste del universo: el del nosotros que se diluye, que se agrieta, que se desangra.
El Indio Solari, duramente cuestionado hoy por las hordas mediáticas que gustan hacer leña del árbol caído, al igual que por la responsabilidad social que le cabe y como tal deberá asumirla, no es Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, ni la “misa”. Tampoco lo es su ex ladero en la guitarra Skay Beilinson; mucho menos la Negra Poli, ni los músicos que conformaron a la ya mítica banda.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es la gente que le da vida y subsistencia a ese fenómeno extraordinario y complejo, que seduce por igual tanto a los que pretenden defenestrarlo al extremo, como a quienes lo ensalzan sin medida.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es un punto de reunión para una masa amorfa que encuentra en las canciones un espacio y un tiempo para poner pausa a las carencias, a esa necesidad básica de sentirse identificado con algo, con alguien, a ese imperioso deseo de pertenecer que, en definitiva, no es otra cosa más que sentirse existir.
Y en ese combo que se reproduce a diario con la voracidad de lo cotidiano y lo rutinario, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota no es más que -como supo quedar plasmado en otra de sus canciones- la encarnadura despiadada de ese “amo que juega al esclavo, de esta tierra que es una herida que se abre todos los días, a pura muerte, a todo gramo”.

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