Cultura
Chris Cornell. Final del recorrido para uno de los padres del Grunge
El tipo que podía desgarrar el cielo

Escrito el 19 de Mayo del 2017 - 23/05/2017
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 La sorpresiva muerte de quien fuera cantante de bandas como Soundgarden o Audioslave abre un vacío irreparable en la escena del rock internacional, pero deja también un legado musical indiscutible.
Escribe: Fernando Viano
Redacción NUEVA RIOJA

Sentís, íntimamente, que estas cosas no deberían pasar. Pero sabés que pasan y hasta podés llegar a aceptarlo. Y sin embargo, insistís en repetirte: no debería ser así. Y vaya uno a saber, pensás, por qué alguien que aparece en lo físico tan distante, tan lejano, de pronto te entristece como si se tratara de un amigo, de alguien próximo. Y de pronto salís a la calle y caés en la cuenta, mientras caminás bajó el pesado techo de una mañana oscura, que alguien te puso, sin previo aviso y sin consultarte siquiera, un nudo en la garganta.
Tenés cosas que hacer, alguien a quien entrevistar, pero ahora más que nunca sabés que sólo quisieras calzarte los auriculares, poner el volumen al taco y llorar para adentro. Como una piedra.
Desde ese lugar de incomprensión, cuesta hacerle un buen amague al asombro. Deseas que la noticia sea falsa, como tantas otras noticias falsas que circulan por las redes. Abrís y cerrás en el celu el Face. Tal vez el posteo de “Tata” se borre al fin; “Como me embola que mueran los músicos”, dice “Tata”. Y a mí. Es verdad. Pasó, aunque, insistís, no debería pasar. Seguramente que debe tener que ver, pensás, este fenómeno de pena repentina e incontrolable, con todo lo que puede generar la música, la voz de un cantante, sin importar el género de que se trate. Y, también, con quienes saben interpretarla mejor que nadie. O igual que unos pocos. O similar a los que fueron tocados con el don. Ese don que, por fortuna, te estremece a menudo, te emociona, te dibuja sonrisas o lágrimas con la misma intensidad, te lleva a espacios únicos en interminables vuelos de imaginación. Como un buen libro.
Entre acordes y páginas. Entre melodías y palabras. Entre sonidos e imágenes. Todo va y vuelve en una canción inolvidable. Todo va y vuelve en una metáfora imposible de comparar. La vida y la muerte, también. Pero a veces, preferirías que la muerte no.
Porque esa melodía que suena ahora en tu mente como un martilleo incesante te recuerda, irreverente, que no hay un instante en que el mundo se detenga, y que poner a rodar la memoria es un ejercicio de perpetuidad similar a las canciones que nos quedan, como pequeños y precisos consuelos para el alma. Es entonces cuando intentás consolarte pensando y afirmándote que sí, que las canciones quedan, que son una herencia eterna, imborrable. Pero te angustia, en simultáneo, saber que irremediablemente no habrá ya nada nuevo por escuchar.
Como cuando allá por el 2002 llegó Sebastián -ese amigo musical del alma- en el 205 rojo, te invitó a subir, desenvainó un CD (lejos aún de la utopía del MP3) y puso a sonar “a todo lo que da” Audioslave, esa conjunción perfecta entre el ya mítico cantante de Soundgarden y tres de los ex miembros de Rage Against de Machine.
Y ni siquiera haría falta decir que no hizo falta mucho más para poner a volar la cabeza, de principio a fin. Una trompada de puro rock sobre la mejilla de la pasión que se desborda de felicidades compartidas entre acordes.
Desde “Cochice” hasta “The Last Remaining Light”, nada ni nadie te va a poder hacer olvidar -tampoco a Sebastián- esa sensación de estar frente a una verdadera explosión de sonido que no sólo hacía vibrar los cristales del auto, sino que también ponía a latir a mil el corazón, suavemente acariciado luego con la dulce melodía de “Like a Stone” y la voz de un tal Chris Cornell rasguñándote todos los sentidos, como un torrente sanguíneo, metiéndose por tus venas. Y es que lo supiste al fin: ese flaco casi desgarbado, de pelo largo y ojos profundos de celeste, era el mismo tipo que, con su voz, si se lo proponía -y se lo proponía seguido-, podía desgarrar el cielo.
Reprodujiste ese CD unas 13.456 veces. Redescubriste, a partir de allí, canciones de las viejas. Y te viste siendo parte de un movimiento musical que comenzó cuando recién despuntaba el ‘90. Tenías, apenas, 13 años y el Grunge, desde Seattle, pegaba sus primeros gritos sagrados de rebeldía para pelearle piña por piña el protagonismo a tremendas bandas de rock como Guns And Roses, en pleno reinado.
Nirvana ganaba abruptamente la calle a fuerza de golpes de efecto traumáticos de su líder Kurt Cobain, oliendo a espíritu adolescente, rabia y putrefacción contenida por años. Pearl Jam se hacía un espacio en base a la intelectualidad de un insuperable y conceptual Eddie Vedder, en resumidas cuentas, el único sobreviviente de aquella generación irrepetible. Y Cornell, el gran Cornell, mientras tanto, depuraba su sensibilidad para dar vida a una carrera plena de voracidad musical e inquietudes artísticas.
Esa sensibilidad, esa voracidad y esas inquietudes que serían parte insoslayable de toda su trayectoria, parte de toda su vida. Y, en definitiva, parte de la tuya. De la nuestra. De allí, pensás, viene esa familiaridad que hoy te saca a pasear por las calles agrietadas de una memoria vocal intempestiva, asociada a tantos momentos en que esta o aquella melodía te acompañaron y marcaron para siempre.
Como el día del 205. Como Sebastián. Como los viajes interminables de aquí hacia allá, de allá hacia aquí, con Euge, y la garganta llena de canciones y los ojos enjugados en lágrimas de una armonía que se tornó emoción. De eso se trata, pensás, en definitiva. De marcas. De señales. De vivencias. De canciones. Y más canciones. Allí radica la cercanía en la distancia. Y esta plomiza tristeza que, de otra manera, sería definitivamente inexplicable.
Y es que la muerte de Chris Cornell, como la de tantos otros seres que deben ser considerados indispensables, no te parece un bajón. Te parece, más bien, un golpe bajo. Un escupitajo del destino en medio de la frente. Duele. Pero también da bronca, impotencia e indignación.
Las crónicas que vas a leer por cientos a partir de ahora, hablarán de decisiones inexplicables en momentos inoportunos, cuando nada parecía indicar que nada podía pasar. Y es que nadie puede saber, en definitiva, cómo, cuando, dónde y por qué muere un pájaro. El morbo mediático, sin embargo, lo sabés, hará lo suyo (nada nuevo bajo el poco sol de un 18 mayo).
Y vos, que por esas cuestiones del caprichoso destino te quedaste con las ganas de verlo en vivo en el Teatro Colón (nada más y nada menos, pensabas), vas a hacer lo mismo de siempre: te vas a aferrar a lo que queda. A esa lista de inolvidables canciones. A ese legado musical indiscutible de aquel tipo que podía, con su voz, desgarrar el cielo.

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