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Por la Fundación Barceló (*)
Violencia contra el adulto mayor: contexto y proyecto vital

Escrito el 19 de Junio del 2017 - 23/06/2017
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  “Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir mucho tiempo”, Charles Augustin Sainte-Beuve (1804-1869) Escritor y crítico literario francés
En la actualidad la población de personas mayores de 60 años ha crecido exponencialmente, mientras se observa que en paralelo crece cierta actitud de miedo o desprecio hacia la misma. En líneas generales se pueden mencionar cuatro formas de violencia contra el adulto mayor. La primera de ellas se puede denominar violencia social, se relaciona con actitudes de rechazo precisamente hacia una imagen que es totalmente contraria a los imperativos estéticos contemporáneos, según los cuales la juventud eterna parece alzarse como una promesa que pronto se cumplirá, acompañado esto por un descrédito de las potencialidades que aún pueden conservar nuestros mayores. La segunda modalidad es la violencia física, caracterizada por el ejercicio de la fuerza con el consecuente riesgo de lesión, daño o dolor. En tercer lugar se puede hablar de la negligencia y el abandono como conductas violentas hacia los gerontes; si bien en la primera de ellas no está la intención de producir algún tipo de daño, no se tomaron los recaudos pertinentes; por otro lado el abandono si implica conciencia por parte de quien lo ejecuta, y se nos presenta como grave debido en primer lugar a la intención consciente de causar ese daño y en segundo a la pérdida de referencias emocionales y espaciales para la persona que, al ser arrancada de su lugar de residencia para ser trasladada por ejemplo a un geriátrico, pierde parte de si, de su historia, de su lugar. Y en este punto se puede mencionar como otra manera de ejercer violencia la psicológica, cuya forma privilegiada se da en la desvalorización de los recursos personales con que cuentan las personas mayores; muchas veces habremos escuchado: “Deja, vos no sabes” o “¿Pero sos tonto?”, y otras frases típicas que se dan en los intercambios familiares.
Todas estas manifestaciones no obstante tienen su origen, en algún momento histórico particular cuando valores como la transmisión de la experiencia se fueron disipando. En el camino del devenir histórico cada vez se hizo menos importante tratar de trascender de alguna manera, dejando algo para quienes continúen. Y he aquí donde se podría considerar, está uno de los problemas principales de la temática planteada: la falta de proyectos. ¿Qué significa esto? Volvamos a un punto ya planteado, el relativo al imperativo actual de belleza y juventud eterna. Esta perspectiva perjudica a la sociedad en general en un punto importante: como se niega a la vejez, ya no es necesario formarse planes de vida a largo plazo, y por tanto un proyecto. Si lo pensamos con detenimiento en el pasado lo que hacía valiosos a nuestros viejos era el hecho de poder transmitir algo. Sin mandamientos estéticos predominantes uno podía prepararse para la vejez, pensando en que le gustaría hacer en aquella época de la vida. ¿Cuál es el problema contemporáneo? La vejez como etapa de la vida debe ser negada a toda costa, entonces no se planea un mañana, todo transcurre en una especie de presente absoluto, con la consecuencia de la caída de los proyectos vitales. Ahora bien, cabe preguntarse cómo se vincula esto con el maltrato. Si bien se intenta anular toda representación vinculada con la vejez, esto no se torna del todo fácil, ya que en la cotidianeidad seguimos observando el deterioro físico y cognitivo en nuestros mayores, ante lo cual se encienden en nuestras mentes ciertas alarmas, que indican que algún día llegaremos a esa etapa. Cuando ocurre esto muchas personas experimentan una vivencia de amenaza que, al ser interna es muy difícil de sobrellevar. ¿Qué opción queda entonces? Hacerla externa. Como consecuencia, comenzamos a ver la violencia que, en cierto modo, se ejerce contra ese futuro de nosotros mismos, teniendo en cuenta que ya no hay proyectos que nos permitan trascender y tolerar así la idea de la muerte. Si creemos a toda costa que debemos ser jóvenes y eso contribuye a que no planeemos un mañana, parece no quedar otra que tratar de destruir aquello que representa un futuro incierto. Es por tal razón que la violencia hacia los gerontes sigue existiendo. Por eso también es probable que debamos pensar, tal vez como modalidad preventiva: ¿Y si comenzamos por construir nuestro mañana? De esa forma quienes lo representan dejarán de ser una amenaza y ya no será necesario “defenderse” de ellos.

(*) Lic. Gómez Morales Julio Emanuel. Licenciado en Psicología. M.P. N° 155. Profesor adjunto de la cátedra: Clínica de Adultos y Adultos Mayores, Carrera de Lic. en Psicología de la Facultad de Medicina Fundación Héctor A. Barceló.

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