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Miércoles 25 de Noviembre de 2020

Letras en conexión

La imposibilidad del pasado y la narración del caos

Una reseña para el libro "Teoría general de la indecisión", del periodista y escritor Nerio Tello. La novela fue presentada en la Feria del Libro La Rioja 2020.

19-11-2020 0:00
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por FLORENCIA GUITELMAN

"Teoría general de la indecisión", segunda novela de Nerio Tello (La Rioja, 1951) se construye sobre  la idea de que es imposible narrar el caos, porque al enunciar el caos se encuentra un orden y  deja de ser lo que era. El caos, fondo omnipresente de la historia, es, según el autor, una libertad desatada, desquiciada, sin significado. Pero el arte de la escritura de Tello juega con esa imposibilidad y la convierte en relato y en sentido.

Rodolfo, abogado de un bufet capitalino, regresa durante el 2001 al pueblo de su adolescencia para ocuparse de un encargo legal. El sobre con el expediente demora en llegar y los días, la incertidumbre y los rostros del pasado comienzan a ahogarlo. La novela se va tejiendo desde las orillas de la historia  (y las orillas del territorio, y las orillas del tiempo vital de los personajes) hacia dentro, como una espiral que se cierra sobre el punto álgido de la crisis económica y social que a fines de ese año sacudió al país. Aunque insiste, al comienzo y al final, en que "narrar el caos es imposible", es en sí misma una demostración de que la maestría narrativa permite que los hilos de la trama converjan en un centro y presenten, acabado, el tapiz de un momento histórico inconfundible. Para eso, las voces de los hermanos (el narrador y el protagonista, dueños  ambos de la historia) se entrelazan desde lugares y momentos diferentes hasta encontrarse en el final –el centro del tapiz-prestándose los hechos y las palabras –uno escribe, el otro corrige; uno relata y el otro escribe¬– compartiendo la redención en el caos. 

Esa redención viene de la mano del halo de tragedia griega que se yergue sobre la novela, porque conocemos de sobra la índole de la tormenta que se cernirá sobre esos personajes: es parte de nuestra historia personal, de nuestra historia colectiva y de nuestra mitología. Conocemos –intuimos con toda certeza– el destino de ese pueblo y esperamos, con una especie de culposo placer, esa resolución terrible, que traerá la expiación de todas las culpas. 

La culpa es una mancha que viene medrando desde el pasado –en el caso de Rodolfo, de la sombra de su padre–, y que lo mantiene inerme, insatisfecho, vacilante entre la indolencia y el asco. Rodolfo es incapaz de actuar porque es incapaz de decidir. Su vuelta desganada a la "Teoría de la decisión" cada vez que el pasado se agolpa ante sus ojos es una búsqueda inconsciente y sospechadamente inútil de refugio. Es la culpa del padre, que mancha el nombre de los Ramírez en Loma Verde; es la culpa adolescente de no rebelarse, es la culpa de no haber amado a tiempo, es la contenida repugnancia ante la especie carroñera de abogados a la que él mismo pertenece; todos crímenes "por defecto" de los que no logra desprenderse tampoco en ese  presente y de los que es "rescatado" por unos místicos pueblerinos… y, extrañamente, por un infierno generalizado.

En ese infierno "no existe relación entre lo que en un punto pasa y lo que ocurre en otro. No hay atrás ni adelante, ni arriba ni abajo, ni causa ni efecto, ni pasado ni futuro: solo acción pura y ciega en el presente sin pausa". La cita de Berger que elige el narrador para el epílogo habla del Infierno de El Bosco como profecía del mundo globalizado, un revoltijo de interrupciones, un frenesí sin solución de continuidad ni lógica, en la que no importan tanto los símbolos individuales como el espacio delirante que representa. Esta imagen particular del infierno es evocada también por la animalización de los personajes; el Topo, La Garza, el niño con ojitos de golondrina, el abogado carancho, los perros de las pesadillas, la mujer alacrán entrevista en la intimidad, las ratas que antes de ser devoradas carcomen la materia de los recuerdos… Pero la cita de Berger nos sirve para reflexionar sobre un eje central de la narrativa de Tello: la imposibilidad del pasado.

El viaje a la ciudad de la infancia es, en toda literatura, un intento de viaje al pasado, es decir a ese país del que en algún momento fuimos exiliados y en el que creemos haber dejado, perdida, una verdad o un sentido. El protagonista reflexiona: "Había pasado la mitad justa de su vida en esa casa; la otra mitad, extraviado". Pero la voz concedida a Pabla, a esa contraparte que no termina de equilibrarlo, hace explícita una de las principales insistencias de la novela: "Por qué viniste a la Verde, qué esperabas encontrar, no se vuelve al pasado, se vuelve a un presente, el pasado no puede ser cambiado". 

El pasado es inalcanzable, irredimible, fatalmente inexistente; pero a la vez resulta siempre insoslayable. Es un relato constituido por recuerdos; pero un relato con fuerza de verdad que configura nuestro presente. Esta figuración del tiempo se esboza a lo largo de la novela: Rodolfo aventura que la vida es "un eterno presente atado al pasado. Un presente donde perviven las cosas, quietas e inasibles; porfiadas casi". Intercambiada la voz con la de Horacio  ante el cadáver del riguroso padre, leemos: "Me construyo, como todos –y por infortunio–, de recuerdos: mi padre no es ese cuerpo encogido en un cajón de manijas doradas; mi padre es otro, un desconocido, y lo llevo conmigo". Esta imagen perentoria, como todo lo que pone la muerte ante nuestros ojos, tensa el nudo definitivo de los hilos del texto: siempre seremos extranjeros en nuestro pasado; como nos advierte el epígrafe de Wolfe que abre el libro: "¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no será siempre un extraño y un solitario?"


UN DISPARO CERTERO, UNA BALA EN EL CENTRO DEL BLANCO, CON PRECISIÓN DE FRANCOTIRADOR

Conocí a Nerio Tello en un viaje. Un viaje hacia la mítica y legendaria Villa Nidia, tan al sur de La Rioja, que ya se nos cae del mapa. Si hubiera que ponerle un punto al fin del mundo para ubicarlo geográficamente, creo que Villa Nidia sería un lugar bastante exacto para ello. Pero volviendo al viaje, con parada en Ámbil y luego en Ulapes (a Ulapes no la conocía, pero ya la conocía por otro libro de Nerio, "Brasas de Ulapes") ese viaje, creo, o mejor dicho el concepto que engloba a la palabra viaje, es el mejor plan para sumergirse en la literatura de Nerio Tello, en el calibre de su escritura que, en términos de cacería, es siempre un disparo certero, una bala en el centro del blanco, con precisión de francotirador, o de observador impiadoso.

Ya había demostrado Nerio su destreza a la hora de emprender un viaje en su anterior novela, "Por qué es tan triste despertar", donde quedaba expresada la maestría y el oficio a la hora de dar vida a un relato, pero también al momento de pergeñar a unos personajes perfectamente diseñados, tal como ocurre en "Teoría General de la Indecisión", donde hace pie en una narración que fluye como si la estuviéramos viendo desde la ventanilla de un colectivo. Con esos ojos que se sorprenden ante todo y más que, ante todo, ante lo nuevo, incluso estando en frente de una escena que remita al pasado. Y es aquí, justamente, donde Nerio nos invita a otro viaje. A un viaje a través del tiempo, en un ida y vuelta constante que sumerge al lector en sus propias certezas y dudas respecto de las visiones particulares que, por otra parte, es inevitable que surjan desde las experiencias individuales en el viaje de cada uno, tal la identificación que logra el escritor con los anclajes de una memoria que puede resultar laxa, pero no por ello menos movilizadora. 

Esa es, en definitiva, una de las características que define a la obra de Tello: la creación de un universo literario que se instala con fuerza sobre una realidad que se torna absolutamente palpable, tangible, cercana. Podría, a partir de allí, hacer referencia a cuestiones puntuales que tienen que ver con lo particular del andamiaje de la escritura, con el relato que discurre en una estructura que define el arte de un Tello que viene, definitivamente, a iluminar al género, pero quiero hablar aquí, en cambio, del Nerio viajante que pude conocer personalmente hace dos años atrás, en septiembre de 2018, pero que había conocido tiempo antes, con "Brasas de Ulapes", libro en el que las memorias cobran la esencial existencia de lo que respira, de lo que late, de lo que vive y de lo que se mueve como un monstruo por nuestros mundos internos. En aquel libro, Tello se sumergía en lo más profundo de sus aguas y comenzaba a desplegar un nado en estilo libre que lo llevaba de costa a costa, atravesando océanos de evocaciones que van desde lo simple hacia lo complejo y viceversa. Un ir y venir que trasunta paisajes típicos e igualmente típicos personajes, pero que en la maestría del arte descriptivo del escritor cobran una integridad que hace que cada relato se sienta como una historia compartida.

Es, ni más no menos, lo que ocurre también con "Teoría general de la Indecisión", en donde el viaje es central, al igual que en "Por qué es tan triste despertar". Pero no el viaje hacia una localidad en particular, no el destino geográfico. Y es que, como dicen por allí, la vida no es un destino, sino un viaje. Y viajar es siempre volver, aunque se esté yendo, y aunque nunca se vuelva al pasado. Sin embargo, hay un pasado que nos sostiene, un pasado desde el que partimos. Un pasado que, al final de cuentas, es siempre un punto de partida.

¿Y cuánto hay del propio Tello en esos puntos de partida de sus personajes, en especial de los personajes centrales o que dan eje a una historia que atrapa, que intriga y se torna irresistible? ¿Cuánto hay de sus propias vivencias, no ya como protagonista, sino como certero observador y como preciso constructor de diálogos que hacen hablar a esos personajes, al tiempo que contextualizarlos en un escenario que, aunque no se explicita, es perfectamente identificable y también le pertenece?

A veces los recuerdos nos empujan, nos expulsan de las zonas de confort, nos incomodan, nos ponen a prueba. Y Tello se vale de eso, con precisión quirúrgica, para hacernos ser parte de una trama casi cinematográfica. Pero por sobre todas las cosas, para hacernos parte de un viaje a través de los detalles que nacen desde sus ojos y se afincan en los nuestros. Y lo hace, como afirma Enzo Maqueira en el prólogo de "Teoría general de la indecisión" como "artesano en la confección de un lenguaje que acompaña la trama en una simbiosis perfecta, raramente hallada en buena parte de lo que se escribe por estos días". Y es que Tello escribe viajando. O viaja como si escribiera. Y nos hace viajar, al mismo tiempo. 


Fernando Viano

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