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Miércoles 21 de Abril de 2021

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El fútbol, el 10 y yo

..."La impresión que me lleve de Diego aquella tarde, fue que ya lo sabía todo, que no tenía nada más que aprender. Ya se le notaba ese fuego sagrado de los elegidos. Había aparecido "el" 10 en la Argentina de los "10"..."

03-12-2020 21:12
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Por RANULFO EDUARDO BAZÁN


Desde mi más tierna infancia el fútbol fue una de mis pasiones. De chico leía todo lo que pasaba en el mundo del fútbol nacional e internacional en la sección Deportes del Diario La Nación que llegaba a mi casa todos lo días (dos días después). Más adelante me hice coleccionista de El Gráfico, la extraordinaria revista de Editorial Atlántida que reflejaba como ninguna el deporte en general y el fútbol en particular. 

Devoraba las editoriales de Osvaldo Ardizzone, un filósofo del fútbol, casi a la altura del cáustico Dante Panzeri. En la década del 60 cuando me pasaban estas cosas no había televisión en La Rioja. A si que, para nutrirme de fútbol, además de la gráfica, escuchaba los partidos de Buenos Aires que se jugaban los domingos, o  por ahí iba a la Cancha Oficial donde alguna vez vi jugar al gran Benito Calderón en la posición de "Centro Jack" como se decía antes al "5". 

En 1964 tuve una de las grandes emociones de mi vida futbolera: mi padre me llevó a ver a Boca Juniors al Estadio de Vargas. Yo tenía 10 años. Boca hacía esas visitas al interior, para deleite de su enorme legión de simpatizantes. Eso sí ponía a muy pocas de sus grandes figuras. Ese día integraron aquel equipo, Errea, Marzolini, Magdalena, el Yaya Rodríguez, Ayres Moraes, Callá, Ferreira, Abeledo y Alas, entre los que recuerdo. Ni Roma, ni Orlando, ni Rattin, ni Rojitas. Por La Rioja, si la memoria no me falla, Pedro Rivero, Lídoro Mercado, Cecilio Fuentes, el "Muña" Tejada, "Cafiro" Torres y Germán Oliva que jugaba de "wing derecho" y que no hacía mucho había sido campeón argentino en los 100 metros llanos. 

Los recuerdos de aquella majestuosa tarde: el tremendo temblor ocurrido en La Rioja, el que sacudió temerariamente, sobre todo, a la tribuna central donde estábamos nosotros, los "piques" de Germán Oliva, problema insoluble para el enorme Silvio Marzolini y la exquisita pegada de "Cafiro" Torres, sin duda el mejor "10" que haya dado La Rioja. 

Los futboleros sabemos que un equipo no es un equipo si no tiene un "10" zurdo, goleador, asistidor y que patee los tiros libres. Así fue Enrique Omar Sivori, uno de los "cara sucias" del Sudamericano de Lima que Argentina ganó punta a punta en el '57  y que heredó la 10 de Angelito Labruna. Allá por mediados de los '50 apareció otro "10": José Francisco Sanfilipo, un monstruo que jugó 20 años y fue unos de los mayores goleadores del fútbol argentino. Por él me hice hincha de San Lorenzo, cuando los chicos de La Rioja eran de Boca, de River, de Independiente o de Racing. 

En 1967 jugaron en La Rioja, por la Copa Argentina, San Lorenzo y Argentinos Juniors. Los pude ver a los jugadores del Ciclón en una casa de La Quebrada donde comieron un asado y se metieron a la pileta para mitigar el impiadoso clima riojano. Estaban el Bambino Veira (el 10) Doval, Telch, Albretch, Rendo, Irusta, Sconfianza. Y después de verlos en la cancha, al otro día,  no tuve dudas, me hice azulgrana para siempre. 

Llegué al éxtasis de mi romance con San Lorenzo cuando en 1970, invitado por mi tío Nito a Buenos Aires, pude ir al mítico Gasómetro en la Av. La Plata y ver a parte de los jugadores de aquel legendario equipo de los Matadores campeón del '68, Buticce; Villar, Calis, Albretch y Rols; Rendo, Telch y Cocco (el 10);  Pedro González, Fisher y el Toti Veglio un crack que jugaba de "11" pero era "10". 

Desde chico, como todo zurdo quería jugar de 10. Casi nunca lo pude hacer, por ahí de "11" pero sí lo hice de "3", puesto reservado para los zurdos menos dotados. Cuando fui a estudiar a Tucumán en 1971 comencé a ver "fútbol grande" siguiéndolo a San Martín. Mi gran compañero de cancha fue el "Pelado" Basso tan futbolero como yo y que ese año llegó a Tucumán para continuar sus estudios. 

Vimos grandes equipos como el Chacarita que fuera campeón en el '69 con Puntorero de 10, el NOB campeón del '71 con Marito Zanabria, zurdo neto de 10 y a mi ídolo Sanfilipo, ya veterano, cuando ingresó en el segundo tiempo en el partido San Martín vs. San Lorenzo en octubre de 1972. 

En el '74 pasé a estudiar a Córdoba donde me nació otro gran amor futbolístico: Belgrano. A fines de noviembre del 1977 llegó a Córdoba, para jugar con Belgrano por el Nacional, Argentinos Juniors. El mundo del fútbol hablaba de la joya que había en el plantel de La Paternal. Un niño de 17 años recién cumplidos, Diego Armado Maradona, que en partidos anteriores ya había deslumbrado a todos. 

Fui a la cancha con dos amigos riojanos, grandes hinchas de Belgrano: "Bato" Martínez y "Pico" Testori. Ahí lo vi por primera vez a Maradona. Un verdadero fenómeno. Al principio todo el repertorio junto. Gambetas, caños, sombreros. Belgrano había armado un buen equipo para ese campeonato, inclusive se veían algunos sobrevivientes del recordado equipo del 69/70, el de Tito Cuellar, la Milonga Heredia y la Pepona Reinaldi. Estaban el Gringo Coletti y Laciar (10) bien acompañados por una delantera temible: Comisso, Víctor Sosa y Bonet. 

El desparpajo y atrevimiento del "pibe de oro" fue respondido con dureza por los centrales celestes. Promediando el primer tiempo, cuando Dieguito recibía la pelota, volaba por los aires. Coletti terminó expulsado y Beccerica amonestado. En el segundo tiempo Viberti, técnico de la B, para resolver la pesadilla maradoniana, puso a un flaco, morocho, piernas largas, Cantarutti de apellido, quien no lo dejó tocar más la pelota a Maradona. Faltando 5 minutos, el niño prodigio, algo fastidiado por la marca personal, hizo un ingenuo foul descalificador y fue expulsado. 

La impresión que me lleve de Diego aquella tarde, fue que ya lo sabía todo, que no tenía nada más que aprender. Ya se le notaba ese fuego sagrado de los elegidos. Había aparecido "el" 10 en la Argentina de los "10": Ermindo Onega, Daniel Willington, el Beto Menéndez, Carlos Babington, el Beto Alonso, Julio Ricardo Villa, el Rana Valencia, Mario Zanabria, el Pato Pastoriza, el Bocha Flores, Della Savia, Bochini, Sabella, el propio Kempes al que en el '78 el Flaco Menotti lo hizo jugar de 10, para nombrar solo algunos de la décadas del 60/70. 

De vuelta en La Rioja a principios de 1980, empecé a trabajar en la Dirección de Rentas. Apenas pude me sumé al notable equipo que esa repartición tenía: el gran Nicho Torres y Pancho Villafañe de San Francisco atrás, en el medio Quinterito, Wamba el petiso de Andino y mi amigo Jorge Primo de 10, y una delantera mortífera: el Perro Casas, Alamiro Vaporaki y Chalala Morales. 

Luego en el IPSAS, José Carrizo, Tanquia, Ogas, Cucharón, Chorro Luna, tremendo cuadro y por fin en el equipo de los Contadores "B", para el Campeonato de los Profesionales, cuando logramos armar un 11 muy competitivo: Caglianone; Hugo Vega, el eterno Pedro Silos, el grandote Nuñez y Chano Bazán; Manassero, Cecchetto y Jorgito Vega (el de los Babby junto al Mono Zárate); el Gringo De Gaetano, el Colorado Chumbita y Roly Vega. 

Perdimos la final contra la constelación de estrellas que tenían los Abogados: Angelito Giménez, "Carozo" Herrera, "Mashico" Bazán, "Maní Herrera", Eduardo "Foreman" Foresi, Juan Artico, Carlos Grimaux al arco. 

Fue en el '85. Inolvidable. A mediados de 1985 tuve la suerte de ser invitado por Luis Russo Basile, el concesionario de la  Lotería de La Rioja en Buenos Aires, al último partido de Argentina para la clasificación al Mundial '86. Fue en el Monumental de Nuñez contra Perú. 

Por supuesto, todos fuimos a ver a Maradona, pero apareció muy poco. Apenas chispazos. El ignoto marcador Reyna lo anuló casi por completo. Anecdótico, pero no menos importante: Argentina clasificó angustiosamente empatando 2 a 2 sobre el final, con el milagroso gol entre Passarella y Gareca. No me olvido el grito de la gente al final: Bilardooo, andateee!!! 

Fue la segunda vez que lo vi a Maradona en una cancha. Y fue gusto a poco. Pero Diego recuperaría su estado físico y futbolístico llegando a la cúspide en el '86 para darnos la mayor alegría que un pueblo futbolero pueda tener en la vida: ganar una Copa del Mundo. (De paso lo salvó a Bilardo). La tercera y última vez que lo vi al Diego fue en octubre de 1997 en aquel partido que Boca jugó con River en el Monumental y en el que el Bambino Veira lo sacó al finalizar el primer tiempo. Esa tarde/noche el "10" no la vio "ni cuadrada". Yo trabajaba en Buenos Aires y viajaron para ver el partido mis hijos José y Federico, hinchas venenos de Boca, hoy socios con platea en la Bombonera y todo. Fue una odisea conseguir las entradas. Pero pudimos ir. 

Mis hijos, que iban a ver al "mas grande de todos" por primera vez, nunca se imaginaron ver el partido en que Maradona se despidiera para siempre del fútbol oficial. Quedó, como consuelo, el ingreso en el segundo tiempo de otro ídolo de Boca: Juan Román Riquelme y el gran triunfo de Boca 2 a 1.  Y yo particularmente me despedí del Diego. 

Nunca me interesó su vida posterior, cuando ya no jugaba más al fútbol. Tampoco voy escribir sobre su triste final o de la burda utilización de su velatorio. Me quedo con el Diego malabarista, el prestidigitador de la pelota, el gambeteador de arqueros, el que dibujaba en la cancha, el guerrero, el patriota, el que las pedía a todas, el que se ponía el equipo al hombro, el de los pases mágicos, el de los goles decisivos, el que nos arrancó tantas sonrisas, el que nos hizo derramar más de una lágrima de felicidad futbolera, el que honró y puso en la cima, como  nadie, al glorioso fútbol argentino. Con ese Diego me quedo. 

Adiós Diego. Haya paz en tu tumba. Chau "10", chau.  


EL AUTOR. RANULFO EDUARDO BAZÁN. en La Rioja. Egresó de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba con el título de Contador Público. Ocupó diversos cargos en la Administración Pública de La Rioja. Fue profesor titular de las cátedras de Finanzas Públicas y Práctica Profesional de la Universidad de La Rioja, donde se desempeñó además como Secretario Administrativo y Académico. En Buenos Aires cumplió tareas como Auditor, Síndico y Director General en organismos y dependencias del Poder Ejecutivo Nacional. Cumplió funciones a nivel gerencian en OSPRERA y fue Director General del RENATEA. En 2017 finalizó sus estudios de Maestría en Historia Económica y de las Políticas Económicas en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Publicó diversos trabajos para la Cátedra de Finanzas Públicas de la UNLaR, como así también su Tesis de Maestría bajo el título Cuatro siglos de mineria en La Rioja, Argentina. Su contribución al desarrollo económico provincial. Recientemente presentó su último libro Planes económicos para La Rioja productiva, de Ramírez de Velasco a Carlos Menem.


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