Ante el Rey de un lejano territorio, fue llevada una anciana vestida con harapos, cuya edad era muy difícil de calcular. Se decía que sobrevivía a varias generaciones.
El monarca preguntó al Consejo de notables porqué la habían llevado ante su presencia.
- Está acusada de practicar ritos de hechicería -respondieron sus integrantes-, y por tal motivo debe ser quemada.
El Rey desde su trono la interrogó:
- Mujer, es verdad lo que dicen: ¿que eres una bruja?
La anciana arrodillada, con los brazos atados a la espalda y la cabeza gacha, no contestó.
- ¡Responde a tu soberano! -le gritaron los notables. Tu vida está en sus manos.
La anciana, sin levantar la cabeza, dijo con voz firme:
- No soy una bruja mi Señor. Me acusan falsamente -agregó.
- Sin embargo, aseguran haberte visto hacer rituales por las noches -expresó el monarca.
- No lo soy -repitió la mujer-. Si me condenas a la hoguera y me quemas, se cumplirá el designio que maldice mi existencia, y liberarás la peste que vive encerrada en mi cuerpo. Entonces, morirás mi Señor junto a todo tu pueblo.
El Rey consultó una vez más al Consejo, y éstos al unísono gritaron exaltados:
- ¡Es una embustera! ¡En verdad es una bruja! Tiene que condenarla a la hoguera -insistieron.
El Rey firmó la sentencia, y la mandó a quemar a medianoche.
Al amanecer, el Rey y el pueblo despertaron infectados por la peste.
EL AUTOR
Periodista y Escritor de La Plata
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