Las montañas siempre guardan idilios para sus elegidos; son centinelas que juegan con las nubes, permitiendo que estas se posen en sus cumbres y proyecten formas sobre las diferentes alturas. Desde lejos, su follaje apenas perceptible es el pelaje que las cubre con la ilusión óptica de praderas, pero en la cercanía, son su tierra y sus rocas las que abrigan o expulsan.
Llegué cargando una vida a cuestas y una casa me abrió las puertas. La finca tenía sabor a marzo, cuando todo comienza; la cosecha se había ido con el verano y me recibió con un fuerte apretón de manos. Mirando a los ojos e irguiéndome, traté de estar a la altura de él. Julián me dio un amparo extra en ese saludo. Un hombre singular, pensé, confirmando su genuina expresión de excelencia profesional. Sin saberlo, él me abría las puertas de una tierra algo inhóspita, sin seducción citadina pero con un encanto sin igual.
La trayectoria de Julián Clusellas es, en sí misma, una metáfora de la vid, una planta que necesita del rigor y del suelo pedregoso para entregar su fruto más noble. Hace tres décadas, un joven ingeniero agrónomo leyó un anuncio en el diario que cambiaría su destino. Llegó a un Chilecito que era poco más que un lienzo de arena y viento, un desierto donde otros solo veían aridez. Julián, con esa estructura mental precisa, audaz y precavida, vio un oasis. Como quien diseña un puente sobre el abismo, se propuso construir Valle de la Puerta desde cero, en un momento donde la crisis hacía que no se consiguiera “ni un tornillo”, desafiando la lógica de lo imposible. Su carrera ha sido un ejercicio de resistencia, buscando el agua a 300 metros de profundidad, tal como él extrae potencial de los proyectos más ambiciosos. No es casual que hoy lidere una revolución verde; su mentalidad de ingeniero no se detiene en la cosecha, sino que busca la sostenibilidad absoluta, transformando residuos en biocombustible. Es el sello de un hombre que, como el buen vino de guarda, ha sabido convivir con la dificultad.
Julián tiene una mirada profunda, transparente y, a la vez, enigmática. Tajante, visceral y de tratos que algunos tildan de toscos, esconde tras esa rudeza necesaria al líder indiscutible. Posee un costado humano que deslumbra en los gestos más íntimos, con una mirada tierna que no le gusta exponer. Es un nexo entre el cerebro ilustrado que planifica mercados internacionales y el hombre que convive con la montaña, encontrando en las cumbres el reflejo de su propia ambición.
Julián es como el valle que preside, un sello de excelencia que requiere tiempo para ser descifrado, pero que una vez que abre sus puertas, ofrece la generosidad de los grandes. Un hombre que explora y produce trabajo con el arte del pensamiento claro, Hace tres décadas, legó a un Chilecito muy diferente al que es hoy. Y supo construir un camino que se transformó en legado, con el lenguaje del trabajo, y el sentimiento de familia. Llegue justo a tiempo para ese apretón de manos, un momento que me recordara siempre que, en esta geografía, solo permanecen aquellos que tienen el temple para navegar los mares más complejos. Sin perder el sabor esencial de contemplar y disfrutar la belleza de una naturaleza extraordinaria.
El arte de la persistencia
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