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El día que Harry Kane jugó de defensor

Hay derrotas que llegan por falta de fútbol. Otras, por falta de valentía. La de Inglaterra frente a Argentina tuvo mucho de ambas.
El dato más llamativo de la semifinal no fue que Harry Kane no pateara al arco. Fue que, por largos pasajes del partido, el máximo goleador inglés parecía un zaguero central más. Se lo vio despejando centros, cerrando espacios dentro del área, marcando en los córners y retrocediendo hasta su propio arco para contener una presión argentina que nunca dejó de crecer.
El delantero que construyó su carrera viviendo en el área rival pasó buena parte de los 90 minutos defendiendo la propia.
Fue la imagen más clara del planteo inglés.
Después del gol de Anthony Gordon, el equipo británico decidió que todavía faltaba demasiado para jugar. Eligió esconder la pelota, resignar el ataque y convertir el partido en un ejercicio permanente de resistencia. Cada recuperación terminaba en un pelotazo largo sin destino. Cada avance argentino era respondido con más hombres detrás de la línea de la pelota.
El mensaje desde el banco era evidente: aguantar.
Y aguantar no siempre alcanza.
Mientras Inglaterra retrocedía diez metros cada cinco minutos, Argentina hacía exactamente lo contrario. Empujaba con paciencia, movía la pelota de un lado al otro, ensanchaba la cancha y acumulaba situaciones de peligro. El empate de Enzo Fernández no fue un accidente. Fue la consecuencia lógica de un partido que se jugó casi por completo en territorio inglés.
Lo llamativo es que Inglaterra contaba con futbolistas capaces de disputar el balón. Jude Bellingham, Phil Foden, Bukayo Saka y el propio Kane integran una generación considerada entre las mejores de la historia reciente del fútbol inglés. Sin embargo, esa riqueza ofensiva quedó anulada por un planteo excesivamente conservador.
Cuando el reloj avanzaba y Argentina seguía atacando, la sensación era que el segundo gol podía demorarse, pero difícilmente no llegaría.
Y llegó.
El tanto de Lautaro Martínez en los minutos finales no fue un golpe de suerte. Fue el castigo a un equipo que decidió dejar de jugar demasiado temprano. Inglaterra confundió administrar una ventaja con renunciar al partido.
En el fútbol moderno, defender bien es una virtud. Defender únicamente suele convertirse en un problema.
Paradójicamente, el símbolo de esa estrategia terminó siendo Harry Kane. El goleador histórico inglés, el hombre llamado a definir partidos, pasó la semifinal despejando pelotas, persiguiendo volantes argentinos y ocupando espacios dentro de su propia área.
El día que Inglaterra más necesitaba a su capitán cerca del arco rival, lo convirtió en defensor.
Y cuando un equipo obliga a su mejor delantero a vivir durante casi todo el partido a setenta metros del arco contrario, probablemente el problema no sea el futbolista, sino el plan.
Argentina entendió que las semifinales no se sobreviven: se juegan. Inglaterra creyó que podía defender una ventaja mínima durante más de una hora.
La historia terminó dándole la razón al equipo que nunca dejó de atacar. Y dejando una imagen difícil de olvidar: Harry Kane defendiendo centros en su propia área mientras la final se le escapaba entre las manos.

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