El 11 de abril de 1870, el silencio del Palacio San José fue quebrado por el grito que sellaría el destino de una época: “¡Muera el traidor vendido a los porteños!”. En su propia residencia de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, el hombre que había logrado derrocar a Rosas y dar forma a la Constitución Nacional, caía abatido ante una turba enfurecida. Su muerte no fue un hecho aislado, sino el clímax de una tensión política que el caudillo no pudo —o no quiso— desactivar.
Una vida entre la espada y los negocios
Urquiza fue un hombre de dualidades. Desde su temprana incursión política en 1826, demostró una habilidad excepcional tanto para la gestión pública como para el incremento de su patrimonio personal. Durante dos décadas operó bajo el sistema federal liderado por Juan Manuel de Rosas, mientras consolidaba a Entre Ríos como una provincia con economía autosuficiente y un ejército capaz de desafiar el monopolio portuario de Buenos Aires.
Como gobernador (1842-1854), Urquiza mostró una faceta progresista: impulsó la educación con la fundación del Colegio del Uruguay y fomentó la producción con la colonia San José. Sin embargo, sus ambiciones de poder y las fisuras del bloque federal lo llevaron al histórico "Pronunciamiento" de 1851, donde rompió vínculos con Rosas para liderar el Ejército Grande que triunfaría en Caseros en 1852.
La herida abierta de Pavón
A pesar de sus esfuerzos por organizar la Confederación Argentina, de la cual fue presidente por seis años, Urquiza nunca logró el reconocimiento pleno de la élite porteña. El punto de inflexión definitivo ocurrió en 1861, en la Batalla de Pavón. Allí, en un movimiento que aún hoy genera lecturas disímiles, Urquiza retiró sus tropas cuando la victoria parecía estar al alcance de su mano, dejando el país en manos del mitrismo.
Para figuras como Juan Bautista Alberdi o José Hernández, aquel gesto no fue un acto de pacificación, sino una defección rayana en la traición. Su posterior apoyo a Mitre en la Guerra contra el Paraguay y su acercamiento final a Domingo Faustino Sarmiento, a quien recibió con honores en febrero de 1870, fueron "la gota que colmó el vaso" para los sectores federales más recalcitrantes.
Sangre en el Palacio San José
La autoría intelectual del crimen recayó en Ricardo López Jordán, uno de los últimos caudillos que buscaba recuperar el protagonismo federal. La tarde del 11 de abril, los atacantes irrumpieron en el Palacio. Urquiza recibió un disparo en el rostro y, al caer, dejó grabada la huella de su mano ensangrentada en un postigo, una marca que el tiempo no ha podido borrar de la memoria entrerriana. Esa misma noche, la tragedia se extendió a Concordia, donde fueron asesinados sus hijos Justo Carmelo y Waldino.
Un debate que no cesa
¿Fue Urquiza un caudillo pragmático que sacrificó sus ideales por la unificación nacional, o un estanciero ambicioso que entregó la causa federal a Buenos Aires?
A más de un siglo y medio de su partida, el juicio histórico permanece abierto. Para algunos, es el arquitecto indispensable que permitió el nacimiento de la Argentina moderna; para otros, el líder que abandonó a sus hombres en el momento más crítico. Lo único certero es que, con su muerte, se cerró uno de los capítulos más intensos y contradictorios de la organización nacional.
Urquiza: El caudillo que sobrevivió a mil batallas pero no a la traición
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