Tengo encuentros en la vida que no se anuncian. Que llegan sin protocolo, sin agenda, sin el menor indicio de que algo está por cambiar.
Hace cuatro años, en el ingreso a la capital riojana, una escultura me detuvo en seco.
Era Joaquín V. González. Sentado en su sillón con la autoridad silenciosa característica del prócer para imponerse. Sus facciones en piedra desprendían algo que pocas obras logran, la densidad de una vida que moldeó a un país. Me quedé inmóvil frente a él, absolutamente rendida a mi propia interpretación de su historia, sintiendo ese respeto profundo que solo provoca el arte cuando toca algo verdadero en el interior de quien lo mira. Y en particular, el arte en mi interior atraviesa mi alma. Desde aquel primer encuentro, cada visita a La Rioja renové esa reverencia. Y también, con la misma intensidad, una pregunta fue creciendo con intriga: ¿quién talló esa obra?
Una mañana fría de junio de este año, cruzaba apresurada la calle Buenos Aires rumbo al diario, cuando algo me detuvo. Un busto femenino en la vidriera de un salón. Una figura de mujer que captó mi atención, desde la vereda de enfrente con el magnetismo que el arte ejerce sobre mí sin que yo pueda -ni siquiera- resistirme. Crucé. Entré con curiosidad. El salón albergaba una exposición de cerámicas, piezas hermosas y diversas que poblaban el espacio con una elegancia sin estridencias.
Al fondo, bajo la luz natural que caía sobre el recinto como una bendición, había un hombre sentado. Quieto. Transmitiendo calma, me evidenció que estaba acostumbrado a observar el mundo antes de tocarlo. Al advertir mi curiosidad, se acercó a la puerta y me invitó a pasar con una cordialidad sin aspavientos. El reloj, mi apuro, la agenda de mi día, todo perdió sentido en ese instante.
Empecé, como siempre, con una sonrisa y mi catarata particular de preguntas. Y él respondió. Pausadamente, con el ritmo que el trabajo del cincel tiene sobre la piedra, abriendo en cada respuesta un fragmento de su historia. Hablamos del arte, del espíritu creativo, de esa urgencia interior que empuja al artista a transformar la materia en lenguaje. Me ofreció un café y en ese gesto sencillo ocurrió algo extraño y maravilloso, sentí que lo conocía de siempre. Aunque ni siquiera le había dicho mi nombre.
Una hora después, Mauricio y yo hablábamos del gran Doctor Joaquín V. González.
Y entonces, como no podía ser de otra manera, le hablé de esa escultura. Le conté del impacto que me había causado cuatro años atrás, de cómo me había perseguido la pregunta sobre su autor, de la admiración que renovaba en mí cada vez que la contemplaba. Hablé con mi ímpetu cargado de ansias, por tener demasiado tiempo una pregunta sin respuesta.
Él me miró directamente a los ojos.
- ¿Sabés quién hizo esa obra?
- ¡No! -respondí- ¡Me encantaría saberlo!
-Es una obra mía.
Pocas palabras. Tres palabras que desataron en mi interior algo que no tengo mejor manera de describir que como una inundación: emoción, alegría, asombro, todo desbordando al mismo tiempo.
La Rioja, una vez más, me recordó que guarda sus secretos para unos pocos. Me sentí privilegiada. Estas montañas antiguas y sabias seducen y amparan a espíritus seleccionados, y el hilo rojo de mi amor por la cultura me había conducido, sin que yo lo supiera, directamente hasta el autor. No existen las casualidades. Las causalidades tienen sus propios protagonistas.
Hay un lado B tras cada artista, una historia que la obra no cuenta pero que late debajo de ella. Mauricio prevalecerá en este mundo a través de sus esculturas en piedra. Ellas no se evaporan, no claudican ante el tiempo, no sufren la erosión del olvido. Son la huella indeleble de un hombre que aprendió a eternizarse en la materia más duradera que existe, la piedra. Además, su material favorito para crear y esculpir. Una vez más, me sentí sumergida en la magia del hilo rojo, impresionada ante mi descubrimiento. Era ese el momento indicado, estaba lista para ese encuentro. Mi alegría fue infinita por haber cruzado esa calle. A pesar de mi afán del día, fue ese, un guiño del destino que me detuvo para regalarle a mi pregunta recurrente, una respuesta en forma de historia.
Como es mi forma predilecta de transitar la vida, narrando y escribiendo. Cómo las crónicas que encuentran mi pluma, como arte trazando a través de letras.