Este domingo es el dia del Periodista y me recuerda que hay una premisa fundamental: no se debe personalizar la información. Las apreciaciones personales del comunicador deben pasar a otro plano.
Pero aquí es inevitable. Aquí se hablará desde las vivencias propias y colectivas que se tienen en toda “misa ricotera”. No hay forma de escapar a ese mar de recuerdos que quedan alojados en la memoria y en el corazón cuando uno está presente en uno de esos momentos que vale la pena estar vivo.
Y eso precisamente fue lo que volvió a la mente de este trabajador de prensa cuando el viernes por la mañana, una información nos sacudía a lo largo y ancho del país. El fallecimiento de Carlos “El Indio” Solari ocupó la agenda de los medios y también cubrió de tristeza a los fanáticos.
Junto a un colega periodista de este diario, David Herrera Altamirano, estuvimos presentes en el último recital que ofreció el Indio. Fue el 11 de marzo del 2017 en Olavaría, provincia de Buenos Aires. Y ese recuerdo fue el que me invadió durante todo este viernes.
Tengo que admitir que mis gustos por el rock van hacia otro estilo. De modo tal que no soy para nada afín a la cultura ricotera. Sin embargo, el Indio trasciende cualquier tipo de estilo dentro del rock nacional.
De modo tal que aquí no nos detendremos a repasar su paso por Los Redonditos, ni su extensa discografía. Aquí se tratará de plasmar en un puñado de letras las vivencias de alguien que quería estar una “misa” y vivir intensamente ese folklore propio de una pasión que colma ciudades enteras.
Viajar hacia Olavarría, en un colectivo repleto de jóvenes apasionados por el Indio y Los Redonditos tiene un gustito especial. Allí se colectiviza el sentimiento, las bebidas, la pasión. No hay distinción de clases sociales. Es la utopía hecha realidad. Y por lo que dura ese festín, todos son iguales.
Tras un larguísimo viaje, se llegó a la ciudad bonaerense de Olavarría, para lo que sería - efectivamente - el último recital del “Indio” Solari.
Ver llegar tres generaciones en un motor home fue lo más llamativo. Abuelos, hijos y nietos, todos dispuestos a colgar una gran bandera en una de las plazas de una ciudad que se vio colmada, superada y al final, angustiada, por ese maremoto de gentío que estuvo presente ese mítico 11 de marzo.
El solo hecho de sentarse en algún banco de plaza (si es que se encontraba alguno disponible) o simplemente en el cordón de la vereda y ver el aguante de toda esa gente ya era más que suficiente. El viaje estaba pagado. Así pasaron las horas. Entre cervezas, Los Redondos de fondo, la voz del Indio y esa poesía elevada, exquisita, digna de un filósofo, el último quizás del rock nacional.
Aún conservo, guardada bajo siete llaves, esa preciada entrada. Es que dada la cantidad de gente que entraba a la Colmena, el predio donde se realizó este show, el personal de seguridad no pudo cortar mi ticket. De ese modo, está intacta y guarda mucho más que un documento histórico del rock nacional. Allí está la memoria de lo que fue ese recital, el último de mi único héroe en este lío.
Lo que fue la salida es otro periplo digno de contar. Fallaron en la logística de despeje y esas más de 200 mil personas dentro del predio comenzaron a ver de qué manera podían salir. Un titular sensacionalista y bien politizado en ese momento hablaba de decenas de muertos y centenares de heridos. Las cifras no fueron esas y la jugada política fue más que evidente. Eso será analizado con posteridad, cuando se hable sobre el perfil político de Carlos Solari.
No fue fácil dar señales de vida a las familias, quienes en la madrugada del 12 de marzo se pusieron de zozobra ante semejantes titulares que algunos medios difundieron minutos después que terminó el show del Indio. Se comprobó la intencionalidad maliciosa para perjudicar al Indio, por su pensamiento político.
Nadie escapa a la falta de infraestructura y conectividad de un lugar que se vio abatido por ese gentío que fue al último recital de este astro del rock nacional. Pero también hubo una intención manifiesta de querer perjudicarlo al Indio por su pensamiento político. Y aquí hay que deternerse. El Indio no solo cantaba, también opinaba. Esos días antes, encabezaba una solicitada de artistas en contra de las políticas del entonces presidente Mauricio Macri. No escatimó en posicionarse en la vereda contraria de toda política que vaya en contra de los intereses de la mayoría, en contra del pueblo argentino. Lo había hecho antes, también lo hizo ahora contra el gobierno de Milei.
Por eso es que su figura se engrandece aún más. Por eso es que en alguna oficina, algún profesional, sorpresivamente el viernes comenzó a llorar al enterarse de su deceso. Por eso es que este trabajador de medios hizo lo que pocas veces hace (y lo confieso). Cuando apareció la noticia de su muerte, comencé a hacer el chequeo de las fuentes de información, el contraste de fuentes. Todo para que en algún lado aparezca que era una fake news. Pero no fue así. El tiempo en una enfermedad como el Parkinson, es inexorable. Y debía llegar este momento. Muy doloroso.
Después de esa gran aventura que fue el Indio en Olavarría, emprendí el regreso. A las pocas horas, mi madre me preguntó: “¿Después de todo qué significa el Indio?” Y simplemente atiné con darle un beso muy fuerte en su mejilla. “Esto es mami”. Ella sonrió.
¿Cómo se sigue ahora en el mundo del rock nacional y en la vida misma, con la muerte del Indio? Quizás, una de sus letras tenga la respuesta: “Con los puños en alto deseando al final hacer la revolución, con una canción de amor”.