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El latido del barro y el misterio de la caja

Hay encuentros que no se rigen por el tiempo ni el espacio, sino en estratos de tiempo geológico, de historias sentidas. Conocer a Mirta fue, de alguna manera, asistir al nacimiento de un cerro o al silencio que precede al zonda. Ambas metáforas pueden definir nuestro primer instante.
La vi por primera vez allí donde la geografía riojana deja de ser mapa para volverse plegaria. O el grito seco de un desierto donde el viento y el polvo se abrazan con el fragor de los amantes antiguos.
Mirta parece emerger de la tierra. Su piel morena tiene la pátina de la jarilla al sol, y su pelo, largo y negro como una noche de luna nueva, guarda una mirada que no te observa, sino que te atraviesa. Es una mirada habitada por un misticismo ancestral, esa profundidad que solo poseen quienes han aprendido a descifrar el alfabeto de las piedras y el significado de la sed.
Lo primero que impacta de ella no es la forma de su cuerpo, es la quietud. Una paz que gravita, una presencia tan sólida que parece alinear los átomos del aire a su alrededor.
En sus manos, curtidas por el rigor del clima y la ternura del oficio, sostiene una caja chayera. Este instrumento, es una extensión de su caja torácica, ensamblada a sus manos. Una caja que guarda el eco de todos los que ya no están.
Mirta es una mujer que escucha más de lo que habla. En un mundo aturdido por el ruido de la ciudad y las urgencias de lo efímero, ella practica el sagrado arte del silencio. Sin embargo, su mutismo es elocuente. Expresa sentimientos más rotundos que el grito quebrado de una vidalera en el medio de la chaya; hay en su sobriedad una fuerza que despoja al interlocutor de cualquier artificio. Ella desarma sin contiendas.
Cuando finalmente rompe el aire, y canta, lo hace con una voz de contralto intenso, un registro que vibra en las sienes. Es una voz que no sale de la garganta, viene del centro profundo de la Pachamama. Al verla con su sombrero firme, desafiando el horizonte, uno comprende que ella posee las claves que escapan a la comprensión citadina.
Mirta no analiza la realidad; no se agobia por los planes perfectos, no presagia el futuro con la ansiedad actual. Ella siente la vida, sostiene los ritos, las tradiciones, los ideales de un pueblo que no se rinde. Padece y la celebra como todos los mortales, las notoriedades del saber. Mirta me tranquiliza y transmite a todos mis sentidos la paz del estanque de agua.
Algunas veces encuentro en los lugares más remotos de esta hermosa tierra federal, mejor explicación humana que en la filosofía de los grandes eruditos.
Mirta me enseñó a sentir la caricia ancestral femenina, en el abrazo de alma antigua.
Que tu voz nunca se apague, que tu caja no calle lo que dicen tantos pueblos que construyen tu linaje.

Autor: Sara González Cañete|
EXTRANJERA FEDERADA NARRACION

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