La comparación no es sencilla. Aquella España dirigida por Vicente del Bosque no solo ganó la Copa del Mundo. También fue el punto culminante de un ciclo irrepetible que incluyó las Eurocopas de 2008 y 2012, un dominio que pocos seleccionados lograron sostener en la historia del fútbol. Casillas, Puyol, Piqué, Sergio Ramos, Xavi, Iniesta, Xabi Alonso, Busquets, David Villa, Pedro y Fernando Torres conformaron un equipo que cambió la manera de entender el juego y convirtió la posesión del balón en una forma de ejercer el poder dentro de la cancha.
Durante varios años, pareció imposible imaginar un recambio de semejante jerarquía.
Las eliminaciones prematuras en los Mundiales de Brasil 2014, Rusia 2018 y Qatar 2022 alimentaron esa sensación. España seguía produciendo buenos futbolistas, pero no encontraba un equipo capaz de recuperar la autoridad internacional que había construido en la década anterior.
Sin embargo, el panorama comenzó a cambiar.
La consagración en la Eurocopa marcó el nacimiento de un nuevo proyecto y el Mundial 2026 parece estar confirmando que aquella reconstrucción dio resultados. La victoria sobre Portugal fue mucho más que un pase a los cuartos de final: mostró a un equipo maduro, competitivo y con una identidad muy clara.
Las diferencias con la España de 2010 son evidentes.
El conjunto de Del Bosque construía los partidos desde una posesión casi obsesiva. Su objetivo era monopolizar la pelota hasta desgastar al rival. El ritmo era pausado, los ataques se elaboraban con paciencia y la circulación constante terminaba abriendo espacios.
La España actual mantiene el gusto por el control del balón, pero es mucho más vertical. Busca acelerar cuando encuentra espacios, aprovecha la velocidad de sus extremos y tiene una capacidad de transición que la hace más imprevisible que aquella versión campeona del mundo.
También cambiaron los protagonistas.
Si en 2010 el corazón del equipo pasaba por Xavi e Iniesta, hoy el liderazgo futbolístico se distribuye entre Rodri, Pedri y una generación de jóvenes que juega con una naturalidad sorprendente para su edad. Lamine Yamal aporta desequilibrio, Nico Williams rompe defensas con su velocidad y futbolistas como Pau Cubarsí representan el recambio de una escuela que nunca dejó de producir talento.
Las comparaciones individuales, naturalmente, resultan inevitables.
¿Puede Rodri ocupar el lugar histórico de Busquets? ¿Pedri alcanzar la influencia que tuvo Iniesta? ¿Lamine convertirse en un futbolista tan determinante como lo fue David Villa en los grandes torneos? Son preguntas que todavía no tienen respuesta y que probablemente solo el paso del tiempo pueda contestar.
Lo que sí parece indiscutible es que España volvió a transmitir sensaciones que hacía años no generaba.
Frente a Portugal no mostró únicamente talento. Exhibió personalidad, capacidad para manejar los momentos de presión y una convicción colectiva que suele distinguir a los equipos candidatos. En un partido de eliminación directa nunca perdió el control emocional y sostuvo su plan incluso cuando el encuentro exigía paciencia y precisión.
Ese aspecto es, quizás, el mayor punto de contacto con la generación campeona del mundo.
Los grandes equipos comparten una característica: saben exactamente a qué juegan. La España de Del Bosque la tenía. Esta selección dirigida por Luis de la Fuente también parece haber encontrado esa identidad.
Claro que todavía queda el desafío más importante.
La generación de 2010 no pasó a la historia por su estilo de juego, sino porque levantó la Copa del Mundo. Ese es el parámetro con el que inevitablemente será medida cualquier selección española que aspire a ocupar un lugar entre las mejores de todos los tiempos.
El camino todavía es largo. Quedan rivales de enorme jerarquía y el margen de error desaparece a medida que avanza el torneo. Pero la victoria sobre Portugal dejó una sensación difícil de ignorar: España volvió a parecer una potencia capaz de competir de igual a igual con cualquiera.
Quizás todavía sea prematuro afirmar que esta selección alcanzó el nivel de aquella inolvidable campeona de Sudáfrica. Sería injusto comparar a un equipo que recién comienza a escribir su historia con otro que conquistó tres títulos consecutivos y revolucionó el fútbol mundial.
Pero también sería un error minimizar lo que está construyendo esta generación.
Porque después de muchos años de búsqueda, España volvió a tener un equipo que ilusiona, que transmite confianza y que llega a las instancias decisivas de un Mundial con argumentos futbolísticos para soñar.
La respuesta definitiva llegará en las próximas semanas.
Si consigue levantar nuevamente la Copa del Mundo, el debate dejará de ser una hipótesis para convertirse en una certeza histórica. Mientras tanto, la pregunta ya está instalada: ¿estamos viendo a la mejor España desde la campeona del mundo de 2010?
¿Es la mejor España desde la campeona del mundo de 2010?
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