La nueva generación tomó la posta de los campeones de 2010 y volvió a colocar a "La Roja" en la cima del escenario internacional.
Hubo un tiempo en el que España parecía imbatible. Entre 2008 y 2012 conquistó dos Eurocopas y un Mundial con un estilo de juego que revolucionó el fútbol moderno. Aquella generación encabezada por Iker Casillas, Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Xabi Alonso, Sergio Ramos y David Villa dejó una huella imborrable.
Pero después llegaron los años de transición. Las eliminaciones prematuras en los grandes torneos, el retiro de varias de sus figuras históricas y la necesidad de reconstruir un plantel hicieron pensar que el ciclo dorado había quedado definitivamente atrás.
Lejos de apresurarse, la Real Federación Española de Fútbol apostó por un proceso de renovación basado en una idea que históricamente le dio resultados: la formación de futbolistas. Las canteras de clubes como Barcelona, Athletic Club, Real Sociedad y Villarreal continuaron produciendo jugadores de alto nivel, mientras otros equipos consolidaron estructuras de desarrollo que alimentaron a las selecciones juveniles.
Ese trabajo silencioso comenzó a dar frutos. Una camada de futbolistas jóvenes, talentosos y con experiencia en las principales ligas europeas fue tomando protagonismo hasta construir un equipo competitivo, equilibrado y con una identidad clara.
La victoria sobre Francia en semifinales confirmó que el proyecto alcanzó su madurez. España volvió a mostrar un fútbol dinámico, con circulación de pelota, presión alta y una notable capacidad para controlar los momentos decisivos del encuentro. Más allá del resultado, transmitió la sensación de ser un equipo preparado para disputar el máximo objetivo.
El acceso a la final también representa una reivindicación para un país que nunca renunció a su estilo. Mientras otras selecciones modificaban permanentemente sus modelos futbolísticos, España mantuvo una línea de trabajo sostenida, apostando por la técnica, la inteligencia táctica y el desarrollo de jugadores desde edades tempranas.
Ahora solo resta un paso más. El rival saldrá de la otra semifinal entre Argentina e Inglaterra, dos campeones del mundo que buscarán impedir que España vuelva a levantar la Copa. Pero, independientemente de quién esté enfrente, la selección española ya consiguió algo trascendente: demostrar que su éxito no fue una casualidad ni patrimonio exclusivo de una generación irrepetible.
Dieciséis años después de su único título mundial, España vuelve a disputar una final con nuevos nombres, nuevas ilusiones y la convicción de que el camino elegido sigue siendo capaz de producir equipos campeones.
España vuelve a una final del Mundial: el regreso de una potencia que reinventó su historia
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