El lunes 15 de junio es feriado nacional por el Paso a la Inmortalidad del general Martín Miguel de Güemes. La fecha original de la efeméride es el 17 de junio -día en que el prócer salteño murió en 1821-, pero la normativa vigente la traslada al lunes más cercano cuando cae entre semana. Sin embargo, detrás del asueto hay una historia que suele quedar opacada por las figuras de San Martín y Belgrano: la de un hombre que defendió el norte del país con gauchos, sin ejército regular, usando el territorio como arma, y que sostuvo esa resistencia durante una década entera.
Cuando el proceso de independencia comenzó en 1810, el norte del actual territorio argentino era uno de los principales escenarios de combate. El Ejército del Norte intentó avanzar repetidamente hacia el Alto Perú -hoy Bolivia- para golpear el corazón de las fuerzas realistas, pero fue derrotado en cada expedición. Cada vez que los patriotas retrocedían, los realistas bajaban desde el norte y amenazaban con avanzar hacia el interior del país. En ese esquema, Salta se convirtió en la última línea de defensa. Si Salta caía, el camino hacia Tucumán, Córdoba y Buenos Aires quedaba abierto.
Fue en ese contexto donde Güemes encontró su lugar. Nacido el 8 de febrero de 1785 en Salta, se había formado militarmente durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 y participó en las primeras campañas del Ejército del Norte. Pero comprendió rápidamente que la guerra regular -grandes ejércitos, batallas campales, líneas de frente- no era viable en ese territorio. El norte argentino era quebrado, extenso y conocido palmo a palmo por sus habitantes. Eso era una ventaja que ningún ejército profesional podía igualar. La respuesta fue la guerra de guerrillas: una táctica que no se desarrolló con grandes ejércitos ni batallas épicas, sino con hostigamiento permanente, movilidad y conocimiento del terreno.
Los Infernales
Sus milicias de gauchos salteños conocían cada cerro, cada quebrada y cada paso del territorio. Su método no era el enfrentamiento directo sino el hostigamiento permanente: cortar líneas de abastecimiento, atacar por sorpresa, retirarse antes de que el enemigo pudiera reorganizarse y volver a golpear. Los realistas nunca podían consolidar posiciones ni avanzar con seguridad porque el terreno mismo parecía combatir contra ellos. A esa tropa se la conoció como Los Infernales, y frenaron en el norte múltiples invasiones realistas usando esa táctica de guerra irregular.
El propio San Martín reconoció la eficacia de esa estrategia. "Los gauchos de Salta, solos, están haciendo al enemigo una guerra de recursos terrible", escribió el Libertador. No era un elogio menor. San Martín, formado en la guerra regular europea, entendió que ese frente no podía ganarse con sus métodos y que Güemes era el único capaz de sostenerlo. Fue esa comprensión la que llevó a San Martín a dejar la defensa de la frontera norte en manos del salteño mientras él preparaba el cruce de los Andes para liberar Chile y Perú. Sin el norte sostenido, esa campaña era inviable: los realistas habrían avanzado por la espalda antes de que el Libertador llegara a Santiago.
La muerte que no frenó la causa
Güemes murió el 17 de junio de 1821 en la Cañada de la Horqueta, Salta, tras agonizar diez días por una grave herida de bala recibida durante una emboscada realista. Rechazó rendirse y continuó dirigiendo la resistencia desde su lecho hasta sus últimos momentos. Tenía 36 años. Antes de morir pronunció sus últimas palabras: "Voy a dejarlos, pero me voy tranquilo porque sé que tras de mí quedan ustedes, que sabrán defender la Patria con el valor del que han dado pruebas."
Apenas un mes después de su muerte, sus gauchos vencieron definitivamente a las fuerzas realistas y las expulsaron para siempre de Salta. La guerra que nadie contó había cumplido su objetivo: detener a los realistas el tiempo suficiente para que la independencia se consolidara en el resto del país. Una década de resistencia anónima, silenciosa y decisiva.