Extranjera Federada es una columna muy personal sobre identidad, territorio, cultura y pertenencia. En esta edición quiero destacar la palabra más profunda de este cordón montañoso, Famatina.
Hay mujeres que nacen mirando hacia arriba.
No porque esperen nada del cielo, hay algo en la arquitectura de nuestros huesos que entiende antes que la mente, que la altura es una forma de verdad. Famatina impacta en primera instancia como telón de fondo. Sin embargo cuando me acerqué, el Famatina hizo mil preguntas.
Lo supe la primera vez que la vi de frente, a esa hora inexacta en que la tarde esta dudando de su retirada y la noche no se atreve a invadir. Esa montaña estaba encendida, con el rojo imposible que tiene el cerro cuando el sol abandona. Y yo me quedé quieta. No por admiración turística, no por el instinto de buscar el teléfono para fotografiarla. Me quedé quieta porque sentí en lo profundo del momento, que me estaba mirando. Que algo ahí adentro, detrás de esas paredes de roca y silencio acumulado por millones de años, me estaba evaluando con una paciencia que yo no voy a alcanzar en ninguna de mis vidas posibles.
Las montañas no tienen urgencia. Eso es lo primero que nos enseñan y lo último que aprendemos.
Existe una relación entre las mujeres y las cumbres que la filosofía ha rondado sin terminar de nombrarlo bien. Frente al Famatina, eso se vuelve urgente. Casi obligatorio. Porque la montaña no admite proyecciones. No acepta que vengas a depositar en ella lo que traés roto. Te lo devuelve. Te lo devuelve con intereses y con viento.
Las mujeres, digo, sabemos algo de eso.
Sabemos de contener. De ser superficie donde otros apoyan su peso, su miedo, su hambre de ser vistos. Y quizás por eso la montaña nos resulta tan extrañamente familiar, porque también ella carga. Carga nieve que no pidió. Carga nubes que la atraviesan sin pedirle permiso. Carga el nombre que los hombres le pusieron y que ella usa sin haberlo elegido. El Famatina —dicen que en quechua significa lugar donde se va a aprender— lleva su pedagogía incrustada en la etimología. Como muchas de nosotras, enseña sin proponérselo. Con solo estar.
Las cornisas son otro enorme atractivo que me sujeta cuál magnetismo de metal.
Quien no las haya visto al amanecer desde adentro del frío, desde adentro del propio miedo, no puede entender del todo de qué hablo. Hay algo en el filo de una cornisa, como lengua de nieve que sobresale al vacío, suspendida sobre la nada con una elegancia indecente— que desafía cualquier discurso sobre el control. Ahí el cuerpo humano sabe. Ahí el cuerpo femenino, acostumbrado a ser legislado, medido, opinado, recupera de golpe una sabiduría que nadie le enseñó, la del límite real. No el límite social. No el límite impuesto. El límite que existe porque más allá hay caída y la caída es irrevocable.
Y sin embargo, sin embargo hay mujeres que se asoman. Que miran hacia abajo desde esa lengua de nieve imposible y no retroceden del todo. Nos quedamos en el borde, exactamente en el borde, sabiendo que ahí viven las cosas que valen la pena. Que la belleza verdadera siempre tiene algo de vértigo.
Famatina tiene un espacio de encuentro espiritual sin argumentos. Eso me resulta Fascinante!!!
No hay metáfora suficiente para el cielo riojano a cuatro mil metros, así que no seré yo quien intente algunos. Solo voy a decir que el silencio allá arriba tiene textura, hasta aromas y visiones. No hay ausencia de ruido, el viento existe, la roca cruje, tu propio corazón late con una honestidad que en la ciudad se puede disimular. Famatina habita con una presencia densa, antigua, que te envuelve con la misma indiferencia afectuosa con que una abuela envuelve a alguien en una manta sin preguntar si tiene frío. Ya sabe que tiene frío. Lo sabe desde antes.
Su noche, esa intemperie que es similar a un cobijo raro, me provocó algo particular como mujer. Es capaz de descomprimir. Nos devuelve a un tamaño más honesto, ni más grandes ni más pequeñas de lo que somos. Justo del tamaño de un ser humano parado bajo un cielo que lleva funcionando desde antes de que existiera la palabra funcionando.
Hay algo liberador en ser tan pequeña frente a algo tan enorme que no te necesita. El Famatina no me necesita, a mi ni a nadie. No necesita mi interpretación, mi presencia, ni mis letras. Sigue siendo el Famatina igual. Y desde ahí, desde esa indiferencia colosal, me devuelve algo que la ciudad me saca sistemáticamente, el permiso de no ser imprescindible.
Dicen que hay quienes suben a la cumbre y bajan distintos.
Yo no voy a romantizar el ascenso. No tengo nada contra quienes lo hacen, pero la montaña no exige cima para dar lo que tiene para dar. A veces alcanza con quedarse abajo, con la cabeza levantada, con el cuello en el ángulo incómodo por mirar algo que no cabe en el campo visual normal. Con dejarse mirar, que es lo más difícil.
El Famatina tiene nieves adentro. Tiene historia tectónica. Tiene minerales que todavía están siendo disputados por fuerzas que ella desconoce y que de todos modos no la van a mover un centímetro.
Algo de eso, también me resulta familiar en el interior femenil.
Que belleza suntuosa Famatina, que benevolencia magnánima, que flamantes paisajes. Quiero todos los tintes del mundo para seguir explorándote en mis letras de filosofía y fantasía.
Por si acaso se te olvida mi nombre, voy a dejarte grabada bajo el lema de mi alma… Extranjera Federada.
La montaña se nombra en femenino: Famatina
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