El pitazo final del árbitro decretó el cierre de una jornada que ya forma parte de las páginas doradas del fútbol internacional. Argentina venció a Austria en un Dallas Stadium que fue un auténtico volcán, pero la verdadera noticia, la que mañana recorrerá el planeta en todas las portadas, tiene un solo nombre y apellido: Lionel Andrés Messi.
Cuando el partido quemaba, cuando el orden táctico y la rigidez europea de los austríacos amenazaban con cerrar los caminos, apareció el de siempre. Con una genialidad que desafía al paso del tiempo, el capitán argentino frotó la lámpara, desató el delirio y quebró un récord que parecía imposible: con su golazo de hoy, se convirtió en el máximo goleador en la historia de los Mundiales, alcanzando la mítica cifra de 17 gritos sagrados.
Una obra de arte para la eternidad
El encuentro demandaba la presencia del Rey. Austria había planteado un cerrojo defensivo casi perfecto, pero la resistencia europea se desmoronó ante la pura jerarquía del '10'. Messi no solo condujo cada ataque con la claridad de un cirujano, sino que regaló una obra de arte para quebrar el cero: un control milimétrico, la gambeta indescifrable en una baldosa y una definición magistral que dejó sin respuestas al arquero rival.
A sus 38 años, el astro rosarino firmó una actuación descomunal, demostrando una vigencia que roza lo sobrenatural. Cada vez que tocó la pelota, el estadio contuvo la respiración. No fue solo el gol; fue el despliegue, el liderazgo y esa capacidad única de hacer que lo imposible parezca sencillo.
Dallas fue una sucursal del Monumental
Si lo de Messi en el campo fue una función de gala, lo de las tribunas fue un espectáculo aparte. Los más de 80.000 espectadores que colmaron el recinto tejano transformaron el gigante de cemento en una caldera puramente sudamericana. El fervor del público argentino se hizo sentir desde el primer minuto, eclipsando por completo la presencia europea.
El momento culmine de la tarde ocurrió cuando las pantallas gigantes confirmaron el récord histórico del capitán. El estadio entero se vino abajo en una ovación unánime que erizó la piel de los presentes. Miles de hinchas se rindieron a sus pies haciendo el ya clásico gesto de reverencia, mientras el "Meeessi, Meeessi" retumbaba con una fuerza que probablemente se escuchó hasta en Buenos Aires. En los palcos, celebridades de la talla de Manu Ginóbili y Shakira saltaban de sus asientos, contagiados por la marea de euforia colectiva.
La leyenda continúa
El triunfo ante Austria deja a la Selección en una posición inmejorable, pero la sensación flotando en el aire de Texas trasciende los tres puntos. El público que copó Dallas sabe que fue testigo directo de la historia grande del deporte. Lionel Messi volvió a demostrar que su romance con la pelota no tiene fecha de vencimiento y que, mientras él tenga la cinta de capitán, el pueblo argentino tiene licencia para seguir soñando en grande.
¡MessImpresionante!
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