Sociedad

Mientras en Tucumán nacía la Argentina, así era la vida en La Rioja en 1816

El 9 de julio de 1816, mientras en una casona de San Miguel de Tucumán los diputados declaraban la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en La Rioja la vida transcurría muy lejos del bullicio político. No había teléfonos, ferrocarriles ni caminos como los conocemos hoy. La provincia era un territorio de extensas distancias, pequeñas poblaciones y una economía basada en la producción regional, donde las noticias demoraban días, e incluso semanas, en llegar.
A comienzos del siglo XIX, La Rioja contaba con apenas unos pocos miles de habitantes distribuidos entre la ciudad capital, pequeños pueblos y parajes rurales. La mayor parte de la población vivía de la agricultura, la ganadería y el comercio de productos como vinos, aguardientes, frutos secos, cuero, tejidos y mulas, un recurso indispensable para el transporte y las campañas militares de la época.
La ciudad de La Rioja era muy distinta a la actual. Sus calles eran de tierra, las viviendas se construían con adobe, techos de caña y barro, y las plazas funcionaban como punto de encuentro para el comercio, las celebraciones religiosas y las decisiones comunitarias. El ritmo cotidiano estaba marcado por las campanas de las iglesias, que convocaban tanto a las ceremonias religiosas como a los principales acontecimientos públicos.
Moverse de un lugar a otro requería paciencia y resistencia. Los viajes se realizaban a caballo, en mula o en carretas tiradas por bueyes. Llegar desde La Rioja hasta Tucumán demandaba varios días de travesía por caminos difíciles, cruzando montañas, ríos y zonas casi despobladas. Ese fue el recorrido que debieron afrontar los representantes provinciales para asistir al Congreso que cambiaría la historia.
Las comunicaciones también eran lentas. Las noticias viajaban en manos de mensajeros o correos a caballo. Por eso, cuando en Tucumán se firmó el Acta de la Independencia, los habitantes riojanos no se enteraron de inmediato. La noticia tardó varios días en llegar y recién entonces comenzaron las celebraciones y los actos religiosos de agradecimiento.
La educación era limitada y estaba reservada a una parte reducida de la población. Las escuelas eran escasas y la Iglesia cumplía un papel fundamental en la formación de niños y jóvenes. Los libros eran un bien muy valioso y la transmisión del conocimiento dependía en gran medida de sacerdotes y maestros.
En materia de salud, la realidad era muy diferente a la actual. No existían hospitales modernos ni medicamentos como los de hoy. Las epidemias representaban una amenaza constante y muchos tratamientos se realizaban con preparados naturales o conocimientos transmitidos de generación en generación.
A pesar de esas dificultades, La Rioja ocupaba un lugar importante dentro del entramado económico y político de las Provincias Unidas. Sus producciones abastecían a otras regiones y numerosos riojanos participaron de la lucha por la emancipación aportando recursos, animales, alimentos y hombres para los ejércitos patriotas.
La declaración de la Independencia no modificó de inmediato la vida cotidiana de los vecinos. Las tareas rurales continuaron, el comercio siguió dependiendo de las caravanas y la incertidumbre sobre el futuro permaneció durante varios años. La guerra contra los realistas estaba lejos de terminar y aún quedaban enormes desafíos para consolidar el nuevo país.
Sin embargo, aquel 9 de julio marcó un antes y un después. Aunque las noticias llegaron lentamente, los habitantes de La Rioja comenzaron a sentirse parte de una nación que buscaba construir su propio destino, libre de la dominación española.
Más de dos siglos después, recorrer las calles históricas de la capital, visitar los antiguos templos o contemplar los paisajes que vieron pasar a los primeros patriotas permite imaginar cómo era aquella provincia austera, profundamente religiosa y llena de desafíos, que acompañó el nacimiento de la Argentina desde el corazón del oeste argentino.

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