Tras los terremotos que azotaron a Venezuela y dejaron cientos de muertos, María Miguela, una docente universitaria jubilada que vive en la capital del país y que, junto a sus vecinos, contrató de manera particular a dos ingenieros para inspeccionar el edificio donde reside, relató: "No sabíamos si podíamos volver a entrar a nuestra casa".
La mujer contó que, luego del sismo, junto a sus vecinos decidió contratar de manera particular a dos ingenieros para inspeccionar el edificio donde vive, ante el temor de que hubiera sufrido daños estructurales.
Miguela aseguró que percibe una jubilación inferior a cuatro dólares mensuales y que en los últimos años perdió 38 kilos por las dificultades para alimentarse; sostuvo que el terremoto agravó una situación social que ya era extremadamente delicada.
"Llamamos a dos ingenieros porque no sabíamos si era seguro volver. Revisaron todo el edificio y nos dijeron que, por suerte, las grietas eran superficiales y que, de todos los que habían inspeccionado en la zona, este era el que mejor había resistido el terremoto", relató.
Según explicó, el inmueble de cuatro pisos presentó fisuras en algunos departamentos de la planta baja y del primer piso, mientras que los niveles superiores no registraron daños de gravedad.
Aun así, consideró que el miedo persiste por las réplicas: "Hay muchos edificios desalojados porque el temor es que, si vuelve a temblar, los que quedaron en pie puedan derrumbarse. Vivimos con esa angustia", expresó.
La jubilada sostuvo que la solidaridad entre vecinos se convirtió en el principal sostén de quienes lograron sobrevivir al desastre: "Nos ayudamos entre nosotros mismos con ropa, comida y agua. Yo doné zapatos nuevos que nunca había usado y algunas prendas para que las llevaran a la gente que perdió todo".
Entre las escenas que más le impactaron, recordó la de uno de sus vecinos, quien participó durante horas en la remoción de escombros: "Un hombre de casi 50 años lloraba como un niño porque había logrado rescatar con vida a un chico después de varias horas entre los escombros".
La mujer describió que numerosos jóvenes de su barrio se organizaron espontáneamente para colaborar en tareas de rescate y distribuir donaciones en las zonas más afectadas.
Respecto de la situación en La Guaira, uno de los puntos más golpeados por el desastre, aseguró que "la población intenta ayudarse entre sí con lo poco que tiene" y denunció que la asistencia oficial resulta insuficiente frente a la magnitud de la tragedia.
Miguela destacó que el terremoto profundizó una situación social que ya era extremadamente delicada: "Lo único que le pido a Dios es que me dé fuerzas para seguir adelante". "Necesitamos mucha oración. Es lo que nos da vida y fortaleza para poder continuar".
“Un hombre rescató a un niño con vida y lloraba”: el dramático relato de una jubilada venezolana
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