Cuando el verano maduraba los algarrobos y el monte se llenaba del perfume dulce de sus frutos, las familias partían temprano hacia los bosques. Los hombres y las mujeres caminaban durante horas bajo la sombra espesa de los árboles. Llevaban costales vacíos y regresaban con ellos cargados de algarroba, el alimento que aseguraría pan, bebida y sustento para los meses por venir. Pero no todos podían acompañar la cosecha. Los más pequeños quedaban en el campamento, acostados sobre cueros extendidos bajo los árboles, protegidos apenas por la sombra y por una confianza antigua que se transmitía de generación en generación. Las madres no temían. Sabían que alguien cuidaba de ellos. Cuando el último canto de los cosecheros se perdía entre los troncos y el monte quedaba en silencio, comenzaba a escucharse un sonido lejano, profundo y acompasado.
- ¡Zapam-Zucum!... ¡Zapam-Zucum!... ¡Zapam-Zucum!...
El ruido avanzaba entre los algarrobales como un anuncio.
Entonces aparecía ella.
Dicen los antiguos que era una mujer joven y fuerte, de piel morena curtida por el sol de los llanos. Sus ojos eran negros como la noche del monte y su cabello caía sobre los hombros como una sombra brillante. Caminaba descalza entre las hojas secas y el movimiento de su cuerpo producía aquel sonido que le daba nombre. La Zapam-Zucum se acercaba a los niños dormidos. Con manos suaves limpiaba sus rostros cubiertos de tierra y polvo. Ordenaba los improvisados lechos donde descansaban y los protegía de insectos, espinas y peligros invisibles. Y cuando alguno despertaba llorando de hambre, la diosa lo tomaba entre sus brazos y lo alimentaba como una madre. Así los pequeños volvían a dormir tranquilos mientras el sol recorría lentamente el cielo sobre los algarrobales.
Por eso los viejos la llamaban la amiga de los niños. Pero también era mucho más que eso.
La Zapam-Zucum era la protectora de los árboles. Cada algarrobo le pertenecía. Cada flor, cada fruto y cada rama crecían bajo su vigilancia. Ella cuidaba los montes que daban alimento a los hombres y permitían la vida en aquellas tierras secas donde el agua escaseaba y la sombra era un tesoro.
Y por esa razón también sabía castigar. Porque si alguien dañaba los árboles sin necesidad, si derribaba un algarrobo por capricho o destruía los frutos antes de tiempo, despertaba su ira.
Entonces el monte se volvía extraño. Los senderos desaparecían. Las noches parecían más largas.
Y la Zapam-Zucum hacía sentir su dolor allí donde más dolía: en el corazón de quienes habían olvidado el respeto por la naturaleza.
Todavía hoy, cuando el viento mueve las ramas de los viejos algarrobales riojanos, algunos creen escuchar un eco lejano que viaja entre los troncos.
Un sonido antiguo.
Un llamado que viene desde tiempos remotos.
- ¡Zapam-Zucum!... ¡Zapam-Zucum!... ¡Zapam-Zucum!...
Y entonces recuerdan que hay árboles que son mucho más que árboles, porque guardan la memoria de quienes los protegieron desde el comienzo de los tiempos.
Zapam-Zucum, la madre de los algarrobales
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