Por Esteban Dómina
El día de celebración, 25 de diciembre, no tiene constatación histórica: el Nuevo Testamento no menciona una fecha en particular del nacimiento de Jesús, aunque aporta algunas referencias que conducen a distintas interpretaciones. La conmemoración de la Natividad ese día del año, en coincidencia con una festividad pagana, fue fijada por el Papa Julio I en el siglo IV y adoptada oficialmente dos siglos después en el imperio romano. Hasta entonces, la celebración más importante del cristianismo era la Pascua de Resurrección.
Las primeras pistas asoman en el evangelio de Lucas, quien ubica a la familia del niño en Nazaret, una aldea de la antigua Galilea, cercana al mar del mismo nombre, y a su padre José como miembro de la casa de David. Enseguida, el relato bíblico se entremezcla con la crónica histórica, y da cuenta que el emperador César Augusto —la antigua Judea era parte del imperio romano— mandó a realizar un censo, como se solía hacer en las provincias para relevar mano de obra y potenciales contribuyentes de gabelas. Para cumplir con el trámite, María, embarazada, y José, su marido carpintero, se habrían trasladado entonces a Belén, vecina a Jerusalén, por ser el lugar de origen de él, donde se produjo el parto.
Según esta versión, el alumbramiento tuvo lugar en una gruta o cobertizo porque, al parecer, no había otro lugar disponible o los viajeros no contaban con recursos suficientes para rentarlo, de modo que Jesús nació en un pesebre austero, rodeado de pastores, bueyes y asnos, tal como se lo representa hasta hoy. Allí, siglos más tarde se erigió la Basílica de la Natividad, uno de los lugares consagrados de la cristiandad (imagen).
En cuanto a la fecha probable, la única pista que aporta la fuente aludida es que aquella noche los pastores vigilaban sus ovejas a cielo abierto. Sin embargo, en el hemisferio Norte, donde se hallaba la antigua Palestina, tal escenario era improbable en invierno, cuando los rebaños permanecían a resguardo en los establos. De ahí que algunos estudiosos ubican el nacimiento durante la primavera boreal.
Una de las primeras menciones de la fecha aparece en Roma recién en el año 336, en un calendario litúrgico llamado Cronógrafo Filocaliano, obra de Furio Dionisio Filocalo. Nueve años más tarde, Julio I —trigésimo quinto Papa después de Pedro, primer sumo pontífice de la Iglesia católica— fue quien estableció como fecha oficial de nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre. Se le reconoce influencia en esta resolución papal a San Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno
Una hipótesis bastante extendida sostiene que a la hora de decidir esa fecha y no otra se habría tomado como referencia la festividad romana que celebraba el Sol Invictus, el solsticio de invierno del hemisferio norte. Entre los romanos, esa festividad en honor al sol —adorado además por griegos, germanos y persas, entre otros pueblos— era el 19 de diciembre del calendario juliano. Quienes adhieren a esta interpretación se apoyan en la costumbre de la iglesia primitiva de hacer coincidir las celebraciones religiosas con antiguas fiestas paganas. Así fue que la Navidad quedó fijada el 25 de diciembre en lugar del 6 de enero, tal como se festejaba hasta ese momento como parte de la llamada Epifanía (manifestación del Señor). La Iglesia Ortodoxa, que se rige por el calendario juliano, sigue celebrando la Natividad en enero.
Lo cierto es que aquel nacimiento marcó, literalmente, un antes y un después en la historia de la Humanidad. En el año 525, a comienzos de la Edad Media, el papa Juan I encargó a Dionisio el Exiguo, un monje escita, establecer como año primero de la era cristiana el correspondiente al nacimiento de Jesús. Sin embargo, al calcular el que llamó anno dómini (Año del Señor), el erudito habría incurrido en un par de errores. El primero, no reparar en que el emperador César Augusto usó durante cuatro años el nombre de Octavio y, el segundo, que se habría equivocado al datar el reinado de Herodes I el Grande, por lo que dedujo que Jesús nació en el año 753 contado desde la fundación de Roma, cuando debió suceder cuatro años antes, y ese presunto error se mantuvo durante los veinte siglos subsiguientes. Como fuere, el 754 de la era romana pasó a ser el año I de la era cristiana, que fue uno y no cero, sencillamente porque en Occidente aún no se conocía el cero.
Con el paso de los siglos, la celebración navideña fue cambando de carácter y, sin perder su carácter religioso, viró hacia el formato de tono festivo y comercial que persiste hasta hoy. Lo cierto es que, más allá de cambios litúrgicos y de usos y costumbres, por encima de la diversidad religiosa, la fecha sigue invitando a recrear el espíritu del legendario villancico que comienza “Noche de paz, noche amor…”.
Que así sea…
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