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Sociedad

Rumbo a la gloria

Esteban Dómina

Por Esteban Dómina

El 18 de enero de 1817 comenzaba la partida del grueso del Ejército de los Andes. Una semana después, José de San Martín reportaba a Tomás Godoy Cruz el histórico momento que se vivía: "Mi amigo muy querido: el 18 empezó a salir el ejército y hoy concluye el todo de verificarlo. Para el 6 estaremos en el valle del Aconcagua Dios mediante y para el 15 ya Chile es de vida o muerte. Esta tarde salgo a alcanzar las primeras divisiones del Ejército. Todo ha salido bien y hasta ahora no ha ocurrido novedad de consideración. Dios nos de acierto mi amigo para salir bien de tamaña empresa". La epopeya estaba en marcha: 5.200 hombres, 10.000 mulas, 1.600 caballos y 600 reses en pie transitarán la alta cordillera por seis pasos distintos. La travesía será ardua, pero la profecía del Libertador se cumpliría al pie de la letra. “Para el 6 de febrero estaremos en el valle de Aconcagua, Dios mediante, y para el 15, ya Chile es de vida o muerte”, pronosticó en la carta citada. Unas semanas antes había puesto en palabras sus sensaciones íntimas en carta a Guido: “si salimos bien, como espero, la cosa puede tomar otro semblante, si no, todo se lo lleva el diablo”.La epopeya está en marcha, el espectáculo es imponente. La expedición se dirige al paso de los Patos dividida en tres secciones, a una jornada de distancia entre una y otra para facilitar el avance por angosturas y cornisas serpenteantes; enfila hacia la cuesta del Espinacito, a 4.500 metros sobre el nivel del mar, una altura jamás alcanzada en travesías anteriores. Baqueanos y guías van adelante para reconocer el terreno y advertir la presencia de obstáculos que los zapadores removerán para despejar el camino. Más atrás, los milicianos, provistos de barretas, se encargan de la conducción de bagajes y convoyes, custodiar los depósitos de víveres y hospitales de campaña, de cuidar las caballadas y recoger a rezagados y enfermos. Las mulas marchan en fila india por los estrechos senderos, a la manera de los arreos, en piaras de a veinte. Siguiendo el consejo de los experimentados arrieros, San Martín mandó a forrar los aparejos de las mulas de carga con pieles de carnero en lugar de paja, para proteger mejor el cargamento y en previsión de que pudieran comérsela durante la travesía. Lo más complicado es el traslado del parque de artillería, cuyas piezas van montadas en pequeñas zorras tiradas por mulas o, con frecuencia, a brazo partido por los milicianos. Para izar los pesados cañones se utilizan cabrestantes con cables o maromas capaces de elevar esas moles de hierro por las empinadas laderas. Fray Luis Beltrán dirige esas operaciones y, entre otras complicaciones, en Las Cortaderas deberá lidiar para rescatar del fondo de un precipicio una pieza que se había desbarrancado.Otro obstáculo a salvar son los numerosos cursos de agua, torrentosos y gélidos, que bajan desde las cimas. Incluso, a menudo se cruzará más de una vez el mismo río. Para la emergencia, se lleva un puente portátil de cuerdas de esparto, de 60 varas —alrededor de 50 metros— que se recoge luego de que pasen las tropas.Se partía apenas despuntaba el sol y se marchaba hasta el ocaso, cuando el astro rey desaparecía detrás de los picos nevados. No resulta difícil imaginar el cansancio acumulado por hombres sometidos a marcha forzada durante horas, soportando altas temperaturas en el día y hasta 20º bajo cero durante las noches, portando mochilas, armas y pertrechos. Y los efectos del soroche: la falta de oxígeno que solía causar estragos en las tropas, incluso bajas. En la alta cordillera no hay con qué hacer fuego, de modo que se portaba una carga de leña con ese fin. Para iniciar las fogatas se juntaba bosta seca acumulada en los senderos andinos utilizados por los arrieros. Tampoco había gramilla ni nada que pudiera servir para alimentar a los animales, que se suplía con el forraje acarreado —maíz y cebada—, aunque se sabía de antemano que sería insuficiente y muchos morirían de hambre y fatiga. El agua era otro recurso escaso, pese a que en la alta montaña corren ríos caudalosos. Tántalo, se suele llamar a este curioso fenómeno, por cuanto esa abundancia de agua suele discurrir al fondo de precipicios y barrancos inaccesibles. Cuando es posible, se la recolecta en chifles confeccionados con cuernos de vacunos que debía alcanzar hasta reaprovisionarse en la siguiente aguada.Antes de que cayera la noche andina, se encendía el fuego para calentar agua y preparar el charquicán o guiso valdiviano, de buen contenido calórico; corría la módica provisión de vino y aguardiente permitida, se armaba y pitaba un cigarrillo y, enseguida, rendidos por el cansancio, oficiales y soldados se echaban a dormir. Con frecuencia, a la intemperie, de cara a las estrellas, usando la montura para apoyar la cabeza y ponchos y jergones para taparse, que amanecían cubiertos de escarcha. Así de penosa y heroica fue aquella travesía hace más de dos siglos, una verdadera epopeya que hasta hoy causa admiración. Y no es para menos…la Patria estaba primero.

SAN MARTIN CRUCE DE LOS ANDES
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