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1591 Cultura + Espectáculos EN EL INTERIOR PROFUNDO

Huaco, altar donde nació la estirpe literaria de Joaquín V. González

Hoy, en un nuevo aniversario de su natalicio, desandamos el camino hacia la casona de sus abuelos maternos, la familia Dávila.
Sara González Cañete

Por Sara González Cañete

El sol de la tarde cae con una lentitud de siglos sobre el Valle de Huaco, tiñendo de un ocre encendido en las formaciones que custodian este rincón del mundo.

Es un silencio melancólico el que impera, el mismo que, hace más de ciento sesenta años, fue testigo de los pasos breves y la mirada asombrada de un niño llamado Joaquín.

Hoy, en un nuevo aniversario de su natalicio, desandamos el camino hacia la casona de sus abuelos maternos, la familia Dávila.

Estoy transitando una peregrinación al kilómetro cero del pensamiento del prócer. Fue aquí, bajo el amparo de este cielo diáfano, donde el Dr. Joaquín V. González —aquel que sería jurista, ministro y fundador de la Universidad de La Plata— encontró su verdadera voz antes de conocer las leyes de los hombres.

A los ocho años, González fue trasplantado de su Nonogasta natal a este valle. Para cualquier otro, el aislamiento de Huaco habría sido un confinamiento; para Joaquín, fue una revelación. En los corredores de la casa de sus abuelos, la infancia se dilató entre el rumor del agua de riego y la sombra de los algarrobos.

La crítica literaria e histórica coincide, en este punto, Huaco fue un escenario, un personaje viviente de montañas. En este suelo, el joven Joaquín desarrolló una sensibilidad casi mística por el paisaje riojano. Sus biógrafos señalan que su pluma no se nutrió de bibliotecas europeas, sino de la observación directa de la “Montaña”, esa entidad viva que domina el horizonte y que él aprendería a traducir como nadie.

“MIS MONTAÑAS”

Si existe un libro que define la identidad del noroeste argentino, es, sin duda, Mis Montañas. Redactada con la precisión de un naturalista y el alma de un poeta, la obra cumbre de González vio la luz bajo la influencia directa de estos valles. “La montaña es el templo de la libertad, el asilo de los perseguidos, el hogar de los fuertes”, escribiría más tarde, recordando aquellos años en Huaco. En las páginas de esta obra, el autor logra lo que pocos: convertir la orografía en ética. El Valle de Huaco le entregó la materia prima —los arrieros, las leyendas de la Salamanca, el viento Zonda y la soledad de las cumbres— y él les otorgó la inmortalidad a través de una prosa que aún hoy se siente fresca, vibrante y necesaria.

UN LEGADO QUE RESPIRA EN EL ADOBE

Caminar hoy por los restos de lo que fue su refugio infantil, para mí es un acto solemne. Intento entender la magnitud de su obra.

El patrimonio histórico de La Rioja encuentra en Huaco su punto más alto de espiritualidad. No tengo dudas de mi análisis, observo con una tristeza nostálgica, como no se ha podido conservar una estructura de adobe y madera de algarrobo. El eco de su infancia todavía persiste, Joaquín V. González regresó a Huaco para recordar; y recordarnos quiénes somos. A través de su mirada, el valle dejó de ser un punto perdido en el mapa para convertirse en una cuna de la intelectualidad argentina. Su pluma, forjada en la humildad de la vida rural, terminó siendo la herramienta con la que diseñó instituciones modernas, pero siempre con su alma tallada en la solidez de sus cerros.

Al caer la noche sobre el valle, las sombras de las montañas parecen escribir de nuevo aquellos párrafos memorables. El Dr. González ha vuelto a casa, y Huaco, su eterno guardián, lo recibe con el mismo respeto con el que se trata a los hijos que nunca olvidaron el nombre de su tierra.

Gracias por inmortalizar un fragmento de este glorioso suelo.

HUACO MIS MONTAÑAS JOAQUIN V GONZALEZ
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