Por Marcelo Guillermo Piazza
El castillo estaba construido sobre la roca al borde del barranco. Debajo el mar con sus olas rompiendo contra la piedra. Como marco, un bosque frondoso ocultando gran parte de su fachada. No muy lejos se encontraba la ciudad.
Su interior mostraba soledad y abandono. Atrás quedó el esplendor de tiempos mejores.
En el cuarto con ventanales cerrados, cubiertos de pesados y descoloridos cortinados, pisos de alfombras gastadas, paredes con altas bibliotecas conteniendo libros ganados por el polvo, sobresalía un gran escritorio de madera maciza. Dos velas en un candelabro iluminaban con tenue luz el ambiente.
Un cuerpo de espalda encorvada apenas se apoyaba en el respaldo de un sillón de estilo.
Presentaba un aspecto descuidado, con cabellera y barba blanca, larga; enmarañada. Cubierto de un sucio y viejo abrigo, inclinado sobre el escritorio, movía afanosamente su mano, que empuñaba una pluma que mojaba en tinta, y apoyaba en un papel. Era una acción repetida en forma mecánica. Escribía sin pausa hasta terminar la página. Momento cuando se detenía a leer llevando la hoja muy cerca de los ojos a causa de la dificultad para ver. Sin embargo, no le impedía continuar su tarea.
Ensimismado en la escritura descuidaba mantener encendido el fuego del hogar, donde los restos de los leños convertidos en brasas no alcanzaban a dar calor.
Veinte pilas de hojas estaban distribuidos prolijamente sobre el escritorio, contrastando con el desorden de otros montones de papeles entremezclados con libros abiertos -algunos con hojas desgarradas- que cubrían el amplio piso del cuarto y los sillones desvencijados.
- Pronto terminaré esta obra que acallará las voces críticas de todos esos incapaces -murmuraba para sí- mientras no dejaba de escribir afiebradamente.
Los pabilos de las velas titilaban y se inclinaban con la respiración acelerada por la excitación de saber que faltaba poco para culminar lo que presentía como su gran obra maestra. La que había buscado durante toda su vida. Tenía publicado una treintena de libros, pero nunca fueron reconocidos. Siempre rechazados por ser catalogados de menor categoría.
“No están a la altura de un gran escritor” -recordaba con amargura la opinión que despertaban sus escritos. Me han conducido no sólo a la ruina si no también a la marginación -continuaba con sus cavilaciones.
Su mente se desdoblaba. Mientras no desatendía su trabajo, seguía con sus propios pensamientos. He sido desplazado de los círculos literarios. Ni aún aquellos que yo consideraba mis amigos de confianza han sido capaces de interpretar mis libros -se lamentaba sin poder resignarse.
- Son pobres ignorantes imbuidos de una arrogancia que no les permite discernir aquello que es único y perfecto en su creación -afirmaba con una contagiosa convicción.
Sin decaer en su labor y con el afán de darle término, redobló sus esfuerzos a pesar que el agotamiento hacía estragos en su cuerpo y mente. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que escribió la primera línea ni la última noche que durmió.
Tantos años consagrados a la escritura consumían su vida.
Largó un profundo suspiro cuando puso el punto final, y depositó por última vez la pluma en el tintero.
Con la tinta aún húmeda dejó la hoja en la pila que daba por terminado el libro.
- Mañana lo llevaré a la imprenta como lo prometí -sentenció satisfecho.
Levantó la primera pila dispuesto a leer todo de corrido acercando el candelabro para tener mejor luz para su cortedad de vista.
Al alba se veía desde la ciudad cómo ardían las llamas en el castillo.
EL AUTOR
Periodista y escritor de La Plata
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