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Opinión

Argentina, nueva potencia musical latinoamericana: streaming, artistas globales y el desafío de la IA

Un encuentro en Londres sobre el auge global de la música argentina, el streaming y los desafíos de la IA.

Por Gabriela Albernaz

El país ya no aparece solo como parte del boom latino: sus artistas circulan por el mundo, su mercado crece a doble dígito y su escena empieza a ser leída como una identidad propia dentro de la industria global.

Londres.- Argentina está viviendo uno de esos momentos en los que una escena local deja de ser solamente local. Sus artistas ya no viajan como excepciones aisladas, sino como parte de un movimiento más amplio: productores, raperos, cantantes pop, proyectos urbanos, sellos independientes y comunidades digitales que empujan desde abajo una música reconocible, exportable y cada vez más presente fuera del país.

El dato ayuda a ponerle escala a esa intuición: Argentina ocupa el puesto 25 entre los mercados globales de música grabada, creció 13 % en el último año y alcanzó un valor estimado de 138 millones de dólares, según cifras presentadas por IFPI. No es todavía Brasil ni México, los dos grandes motores latinoamericanos que ya están entre los diez principales mercados del mundo, pero sí es un país que empieza a ocupar un lugar más claro en la conversación internacional.

Ese fue el punto de partida del panel “A Bright Future for the Argentine and Latin American Music Industry”, organizado por IFPI y la Embajada Argentina en el Reino Unido en la Residencia Oficial del Embajador argentino, en Belgrave Square, Londres. La conversación reunió a Adriana Restrepo, directora regional para América Latina de IFPI; Tom Randall, Deputy Director of Global Market Reporting at IFPI; Dusko Justic, Senior Vice President of International Artist Strategy and Development at Sony Music; Juli Consiglio, Owner of Virtuoso Records; y Abbas Lightwalla, Director of Global Legal Policy at IFPI. La moderación estuvo a cargo de Estefanía Arias, asesora de IFPI.

La tesis que atravesó el encuentro fue clara: la música argentina ya tiene artistas, escenas y mercado para crecer globalmente. La pregunta ahora es cómo convertir esa visibilidad en una industria más sólida, capaz de sostener carreras, proteger derechos, atraer inversión y adaptarse a los cambios tecnológicos, incluida la inteligencia artificial.

Un mercado que crece y una región que empuja

Adriana Restrepo abrió el panel con una mirada global. Recordó que IFPI, la Federación Internacional de la Industria Fonográfica, “representa a más de 8.000 compañías discográficas” y trabaja para promover el valor de la música grabada y defender los derechos de la industria.

El contexto mundial es favorable: la industria de la música grabada superó en 2025 los 30.000 millones de dólares y creció 6,4 %. El motor principal volvió a ser el streaming. “A nivel global, ya hay 837 millones de cuentas de suscripción”, señaló Restrepo.

Pero la parte más interesante para América Latina es que la región no está simplemente acompañando la expansión: la está protagonizando. Según explicó, América Latina lleva 16 años consecutivos de crecimiento y más de una década con tasas de doble dígito. Brasil y México ya figuran entre los diez principales mercados de música grabada del mundo, y México ingresó nuevamente a ese grupo impulsado por un consumo de streaming muy fuerte.

En ese mapa aparece Argentina con una particularidad. Mientras en buena parte de América Latina el streaming se acerca al 90 % de los ingresos, en Argentina representa alrededor del 73 %. En cambio, la comunicación pública -la música que suena en bares, restaurantes, festivales, comercios y otros espacios- conserva un peso significativo, cercano al 21,6 %.

Ese dato puede parecer técnico, pero dice mucho sobre el tipo de industria que Argentina necesita cuidar. Si una parte relevante del valor viene del uso público de música grabada, la conversación sobre licencias, derechos, sociedades de gestión y cumplimiento no es secundaria. Es una parte central de cómo se financian artistas, productores y compañías fonográficas.

Restrepo lo sintetizó al describir el ecosistema musical: “En el centro está el artista, pero la magia y el momento los hacen los fans”. Alrededor de ese vínculo trabajan compositores, productores, estudios de grabación, sellos, plataformas, distribuidores, equipos de marketing, diseñadores, medios, influencers, promotores y técnicos.

La música, en esa mirada, no es solo una canción que llega al celular de alguien. Es una cadena económica y creativa. Y si Argentina quiere crecer como mercado global, esa cadena necesita reglas, inversión y protección.

La Argentina que ya circula afuera

El panel mencionó a Ca7riel y Paco Amoroso, Bizarrap, Trueno y Emilia Mernes como ejemplos de una escena argentina que ya logró cruzar fronteras. Cada uno representa una vía distinta de internacionalización.

Bizarrap convirtió un formato de estudio en una plataforma global. Trueno pasó de las batallas de freestyle al hip hop latinoamericano de gran escala. Emilia Mernes consolidó una ruta pop con colaboraciones regionales. Ca7riel y Paco Amoroso llevaron una propuesta difícil de clasificar -entre música, performance, humor, teatralidad y estética digital- a escenarios de Europa, Asia y América.

Lo interesante es que no se trata de un solo sonido. Argentina no está exportando únicamente trap, pop o hip hop. Está exportando escenas, códigos y formas de construir comunidad. Hay freestyle, cultura de internet, producción digital, teatralidad, moda, humor, performance y una manera muy argentina de mezclar referencias.

Ahí aparece una diferencia con otros mercados latinoamericanos. Mientras algunos países se consolidaron globalmente a través de sonidos más identificados con el reguetón o las músicas caribeñas, Argentina desarrolló una identidad urbana propia, más ligada al hip hop, el freestyle, el trap, el pop digital y distintas fusiones.

Esa singularidad puede ser una ventaja. En un mercado global saturado, sonar distinto importa. Tener una estética reconocible también. Y, sobre todo, tener comunidades capaces de sostener a los artistas antes de que lleguen los grandes números.

Muchas carreras argentinas recientes no nacieron como productos masivos desde el primer día. Nacieron en escenas: plazas, batallas, estudios caseros, circuitos independientes, colaboraciones, redes sociales, videos compartidos y audiencias que acompañaron antes de que existiera la validación global.

Internacionalizar no es subir una canción

Una de las intervenciones más importantes fue la de Dusko Justic, de Sony Music, quien puso una advertencia simple: estar en plataformas no equivale a tener una carrera internacional.

“No alcanza con subir una canción a las plataformas. Hay que entender quién es el artista, cuál es su historia y cómo contarla en otros territorios”, dijo.

Esa frase sirve para pensar el momento argentino. El streaming derribó barreras de entrada: una canción hecha en Buenos Aires puede escucharse en México, España, Japón o Reino Unido. Pero la disponibilidad no garantiza conexión. Para que un artista realmente crezca fuera de su país, hace falta estrategia, narrativa, socios locales, campañas específicas y una comprensión fina de cada mercado.

Justic explicó que el rol de los sellos también cambió. Antes, la relación entre un artista y una compañía solía girar alrededor de un contrato, un adelanto, una grabación y una campaña. Hoy los artistas tienen más autonomía, más herramientas de producción y más contacto directo con sus audiencias.

Por eso, según planteó, la pregunta ya no es simplemente si un artista necesita un sello. La pregunta es otra: “qué puede aportar una compañía que el artista no pueda construir por sí solo”.

Ese aporte puede ser financiero, creativo, promocional o estratégico. Puede incluir estudios de grabación, análisis de datos, colaboraciones, acceso a mercados, equipos de marketing, contactos con socios locales o la capacidad de diseñar una historia para territorios donde el artista todavía no es conocido.

Al hablar de Ca7riel y Paco Amoroso, Justic dejó una de las ideas más potentes del panel: “No se trata solo de traducir una canción; se trata de traducir una cultura, una estética, una energía y una historia”.

Esa frase es clave para cualquier intento de internacionalización argentina. No alcanza con que una letra tenga subtítulos. Lo que hay que traducir es un universo: de dónde viene el artista, qué códigos usa, por qué su propuesta es relevante, qué comunidad lo sostiene y qué tiene de distinto frente a otras músicas del mundo.

La otra exportación: sellos independientes y repertorios de nicho

El panel no se quedó solo en la música urbana, el pop o los artistas que entran en rankings. Juli Consiglio, de Virtuoso Records, llevó la conversación hacia los sellos independientes y la música clásica latinoamericana.

Su intervención fue importante porque amplió la idea de exportación musical argentina. No todo lo que viaja tiene que ser masivo. No todo lo relevante se mide por millones de reproducciones o estadios llenos.

“Desde un sello independiente también se pueden asumir riesgos artísticos y abrir espacios para repertorios que no siempre encuentran lugar en el mercado más comercial”, afirmó.

Consiglio habló desde la experiencia de un sello que trabaja con repertorios menos visibles, proyectos de identidad regional y música clásica latinoamericana. En ese tipo de trabajo, la lógica no siempre es la del hit, sino la del catálogo, la preservación, la circulación especializada y la construcción de audiencias a largo plazo.

El streaming también puede servir para eso. Aunque muchas veces se asocia a canciones virales y consumos masivos, las plataformas permiten que proyectos de nicho encuentren públicos que antes eran mucho más difíciles de alcanzar. Un músico argentino o latinoamericano puede llegar a oyentes específicos en otros países sin depender únicamente de la distribución física o de circuitos tradicionales.

Esa mirada recuerda algo importante: la industria musical argentina no es solo lo que se ve en los charts. También son sus sellos independientes, sus repertorios académicos, sus productores, sus intérpretes, sus técnicos, sus catálogos y sus escenas menos visibles.

La inteligencia artificial entra en la discusión

La inteligencia artificial apareció primero en la intervención de Abbas Lightwalla, de IFPI, y volvió después durante las preguntas del público, cuando Ezequiel Santa María consultó por su impacto en el descubrimiento y desarrollo de nuevos talentos.

Lightwalla fue claro: el problema no es la tecnología en sí, sino bajo qué reglas se usa. La música siempre convivió con transformaciones tecnológicas, desde los formatos físicos hasta el streaming. Pero la inteligencia artificial generativa plantea desafíos específicos porque puede usar obras protegidas para entrenar modelos, producir grabaciones sintéticas, imitar voces o estilos y generar contenidos que luego compiten en las mismas plataformas.

“La innovación tecnológica debe desarrollarse respetando los derechos de artistas, productores, compositores y sellos discográficos”, sostuvo.

La preocupación principal es el entrenamiento de modelos de IA con música protegida sin autorización. También preocupa la imitación de voces, la reproducción de estilos reconocibles, la creación de canciones artificiales y la entrada masiva de contenidos sintéticos al ecosistema digital.

Para Lightwalla, la respuesta debe apoyarse en cuatro principios: “transparencia, consentimiento, autorización y remuneración”.

También resumió la posición de la industria con otra frase directa: “La industria musical no se opone a la tecnología, pero reclama que la tecnología respete el valor de la creatividad humana”.

Para Argentina, este debate importa especialmente. Si sus artistas están creando valor global, ese valor necesita protección. La IA no es una discusión lejana ni abstracta: toca la voz, la identidad, el catálogo, el derecho de autor y la economía de la música.

En un país que busca consolidar su presencia internacional, la inteligencia artificial puede ser una herramienta creativa, pero también una amenaza si se desarrolla sin licencias ni reglas claras. La pregunta no es si la tecnología va a formar parte del futuro musical, sino quién va a beneficiarse de ese futuro y bajo qué condiciones.

¿Y si el mainstream ya cambió?

La pregunta de uno de los participantes del público abrió otro tema: cómo se descubren y desarrollan artistas hoy. El panel coincidió en que un artista ya no necesita empezar con una audiencia masiva para construir una carrera relevante.

“Hoy un artista puede empezar con una comunidad pequeña, pero muy fiel, y desde ahí construir una carrera sostenible”, resumieron los panelistas.

Esta idea dialoga directamente con Argentina. Muchas carreras recientes crecieron desde comunidades específicas antes de llegar a públicos más amplios. El freestyle, el trap, el hip hop, el pop digital y los circuitos independientes funcionaron como laboratorios donde los artistas probaron identidad, lenguaje y conexión con sus audiencias.

El streaming permitió medir esas señales: dónde se escucha una canción, qué público la adopta, qué territorio responde, qué comunidad comparte, qué colaboración abre una puerta nueva. La industria puede leer esos datos y decidir dónde invertir, qué mercados trabajar y cómo acompañar el crecimiento.

Pero también hay una pregunta cultural detrás. Si el mainstream ya no es un único centro, sino una suma de comunidades conectadas, Argentina tiene una oportunidad interesante. Sus escenas no necesitan parecerse a otras para viajar. Pueden crecer precisamente porque son específicas.

El vivo como confirmación de comunidad

Otro tramo de la conversación se enfocó en la música en vivo. Después de años de consumo intensivo en dispositivos, los panelistas señalaron que el público busca cada vez más experiencias presenciales.

Tom Randall lo expresó así: “La gente pasó mucho tiempo conectada a sus dispositivos y ahora busca salir, encontrarse con otros y vivir experiencias reales”.

El streaming permite descubrir artistas, pero los conciertos consolidan el vínculo. Un show es una prueba de comunidad: confirma si una audiencia está dispuesta a moverse, pagar una entrada, cantar, compartir una experiencia y sostener una carrera más allá de la reproducción digital.

Para los artistas argentinos, el vivo es una parte central de la internacionalización. No alcanza con estar en playlists o entrar en rankings. Para construir una carrera duradera fuera del país, hace falta tocar, producir espectáculos, adaptarse a escenarios distintos, trabajar con promotores y construir presencia territorial.

Los conciertos, además, ya no son solo canciones en un escenario. Son experiencias visuales, emocionales y culturales. En ese terreno, la escena argentina tiene mucho para ofrecer porque muchos de sus artistas ya piensan sus proyectos como universos completos: música, estética, puesta en escena, humor, moda, imágenes y relato.

La música como economía y marca país

Uno de los puntos más interesantes del panel fue la idea de que la música debe leerse también como motor económico. Restrepo mencionó ejemplos regionales como la residencia de Bad Bunny en Puerto Rico y los conciertos de Shakira en El Salvador para mostrar cómo la actividad musical mueve hotelería, transporte, gastronomía, turismo y empleo.

La música no viaja sola. Cuando un artista crece internacionalmente, también viajan productores, compositores, técnicos, diseñadores, fotógrafos, realizadores audiovisuales, managers, sellos, promotores y equipos completos. Viaja una estética. Viaja una forma de hablar. Viaja una idea de país.

Para Argentina, esa dimensión es clave. La música puede ser exportación cultural, pero también actividad económica, generación de empleo, propiedad intelectual y marca país. Puede abrir puertas para otros sectores creativos y reforzar la presencia argentina en circuitos internacionales.

Pero para eso hace falta pensarla como industria. No solo como talento espontáneo o como una sucesión de fenómenos individuales.

Lo que dejó Londres

El panel dejó una conclusión clara: Argentina tiene una oportunidad real en el mapa musical global. Tiene artistas visibles, escenas con identidad, productores reconocidos, sellos independientes, un mercado en crecimiento y comunidades digitales capaces de convertir proyectos locales en fenómenos internacionales.

Pero esa oportunidad necesita estructura. Hacen falta estrategias de internacionalización, inversión, profesionalización, protección de derechos, políticas públicas, formación de equipos y reglas claras frente a la inteligencia artificial.

El streaming abrió una puerta. Los artistas argentinos ya empezaron a cruzarla. El siguiente paso es construir una industria capaz de acompañarlos, protegerlos y convertir esa visibilidad global en desarrollo sostenido.

Porque el futuro de la música argentina no depende solo de tener más hits internacionales. Depende de que el país pueda sostener el ecosistema que hace posibles esos hits: artistas, fans, sellos, productores, técnicos, compositores, gestores, plataformas, promotores y derechos.

Ese es el verdadero salto: pasar del momento de atención global a una industria argentina con peso propio.

Argentina no solo está exportando canciones: está exportando escenas, comunidades y una identidad musical propia.

GABRIELA ALBERNAZ IA ARGENTINA STREAMING LATINOAMERICA
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