Este año el Servicio de Adolescencia del Hospital Dr. Enrique Vera Barros cumple treintaicinco años de trayectoria. Más de tres décadas acompañando a adolescentes y sus familias desde una perspectiva integral de la salud. En mi caso, dieciocho de esos años transcurrieron formando parte de este espacio, tiempo suficiente para confirmar algo que la práctica cotidiana enseña una y otra vez: detrás de cada consulta existe una historia que merece ser escuchada.
Cuando se habla de Psicopedagogía, todavía es frecuente que las personas la asocien exclusivamente con la escuela o con las dificultades de aprendizaje. Sin embargo, trabajar en un Servicio de Adolescencia dentro de un hospital público implica encontrarse diariamente con situaciones que exceden ampliamente lo escolar.
Muchas veces las consultas llegan formuladas como bajo rendimiento académico, dificultades para sostener la escolaridad, problemas de adaptación o interrupciones en las trayectorias educativas. Pero, al profundizar la escucha, aparecen historias atravesadas por situaciones de violencia, vulneración de derechos, institucionalizaciones, consumos problemáticos, sufrimiento subjetivo, conflictos familiares o profundas desigualdades sociales.
La formación Psicopedagógica nos enseña que las trayectorias educativas no pueden pensarse separadas de las condiciones de vida de quienes las transitan. La práctica cotidiana en un servicio de Adolescencia no ha hecho más que confirmar esta premisa. Las posibilidades de aprender, sostener un proyecto educativo o encontrar un horizonte de futuro se encuentran profundamente ligadas a los vínculos, a las oportunidades, a los contextos de pertenencia y, muchas veces, a las experiencias de cuidado o de vulneración que marcan la historia de cada adolescente. Por eso, las dificultades que inicialmente parecen expresarse en el ámbito escolar suelen invitarnos a comprender realidades mucho más complejas.
Esta mirada encuentra sustento en el pensamiento de Edgar Morín, quien propone comprender los fenómenos humanos desde la complejidad. Lejos de las explicaciones lineales, nos invita a reconocer que cada situación forma parte de una trama donde se entrelazan dimensiones subjetivas, familiares, educativas, sanitarias, sociales e institucionales. En la adolescencia, esta perspectiva resulta especialmente necesaria, ya que aquello que se manifiesta en la escuela muchas veces tiene raíces que la trascienden.
Desde este lugar, la Psicopedagogía en un Servicio de Adolescencia trasciende ampliamente la evaluación de las dificultades de aprendizaje. Se convierte en un espacio de escucha, acompañamiento y construcción de oportunidades. Un espacio donde muchas veces es posible visibilizar situaciones que permanecían ocultas detrás de una consulta escolar y donde los adolescentes encuentran la posibilidad de reconstruir proyectos, recuperar confianza en sus capacidades y resignificar sus experiencias.
A lo largo de estos años he tenido la oportunidad de acompañar adolescentes con trayectorias educativas interrumpidas, jóvenes atravesados por medidas de protección, situaciones de violencia o contextos de gran vulnerabilidad social. En muchos de esos casos, volver a aprender no significó solamente regresar a la escuela. Significó volver a confiar, recuperar la posibilidad de proyectarse y reencontrarse con espacios de pertenencia desde los cuales construir nuevas oportunidades. Por eso considero que existe un aspecto que merece ser especialmente visibilizado: aprender también es un derecho.
Cuando se interviene frente a situaciones de vulneración de derechos, es lógico que las acciones se orienten prioritariamente a garantizar la protección física, la alimentación, el alojamiento o la atención sanitaria. Sin embargo, las trayectorias educativas suelen ser una de las primeras dimensiones afectadas cuando aparecen situaciones de violencia, exclusión, institucionalización o sufrimiento subjetivo. La restitución de derechos no puede limitarse únicamente a disminuir riesgos. También implica generar las condiciones necesarias para que nuestros adolescentes puedan sostener su escolaridad, desarrollar autonomía, participar de la vida comunitaria y reconocerse como sujetos de derecho.
En este sentido, la Psicopedagogía dentro del ámbito hospitalario y en un Servicio de Adolescencia, puede constituirse en un verdadero dispositivo de cuidado, detección y restitución de derechos. De cuidado, porque ofrece espacios de escucha y acompañamiento. De detección, porque muchas veces permite identificar situaciones que inicialmente se presentan bajo la forma de dificultades escolares. Y de restitución, porque contribuye a reconstruir trayectorias educativas y fortalecer posibilidades de inclusión.
Nada de esto ocurre de manera aislada. En el Servicio de Adolescencia, la interdisciplina no constituye una estrategia complementaria sino una forma de trabajo. Forma parte de nuestra identidad como equipo y de la manera en que entendemos el cuidado de las adolescencias.
Con frecuencia, los adolescentes llegan al espacio psicopedagógico a partir de interconsultas realizadas por profesionales de otras áreas del propio servicio, construyendo espacios de intercambio que permiten pensar cada situación desde múltiples perspectivas y evitar respuestas fragmentadas frente a problemáticas complejas.
Como señala Alicia Stolkiner, la interdisciplina no consiste simplemente en reunir distintas profesiones, sino en construir problemas comunes que puedan ser pensados colectivamente. Esta concepción atraviesa el trabajo cotidiano del servicio y constituye una de sus principales fortalezas.
Asimismo, la tarea Psicopedagógica no se agota en la atención clínica. La articulación con instituciones educativas de nivel medio y con espacios comunitarios forma parte de las estrategias de promoción y prevención que históricamente se desarrollan desde el Servicio de Adolescencia. Los talleres, encuentros y actividades realizadas con los adolescentes permiten ampliar la mirada más allá de la consulta individual y fortalecer entornos que favorezcan el cuidado, la participación y el ejercicio de derechos.
Muchas de las situaciones que acompañamos trasciende los límites del ámbito sanitario y requieren procesos de articulación con instituciones educativas, organismos de protección de derechos, dispositivos comunitarios y, cuando corresponde, con actores del sistema judicial. Allí la interdisciplina encuentra continuidad en el trabajo intersectorial, imprescindible para construir respuestas integrales frente a situaciones que involucran múltiples dimensiones de la vida de los adolescentes.
Al cumplirse treintaicinco años de este Servicio de Adolescencia, considero importante visibilizar una tarea que muchas veces permanece silenciosa, pero que forma parte de la vida cotidiana de numerosos adolescentes y familias. Una tarea que nos recuerda, día tras día, que detrás de cada dificultad para aprender existe una historia que merece ser escuchada.
Después de dieciocho años de trabajo en este espacio sigo convencida de que uno de los mayores aportes de la Psicopedagogía en la salud pública consiste precisamente en acompañar a los adolescentes allí donde sus trayectorias educativas, vinculares o subjetivas han sido interrumpidas por experiencias de sufrimiento y vulneración. Acompañar implica escuchar, sostener, generar oportunidades y ayudar a reconstruir aquello que, en algún momento de sus historias, quedó fracturado.
Porque aprender también es un derecho. Y acompañar ese derecho es, quizás, una de las formas más profundas de cuidar.
LA AUTORA
Licenciada en Psicopedagogía, Especialista en Adolescencia con mención en Psicología del Desarrollo (UNC) y Especialista en Salud Social y Comunitaria (UNLaR). Cuenta con formación de posgrado en Psicopedagogía Hospitalaria, Evaluación y Tratamiento Neurocognitivo y Neuropedagogía Aplicada.
Desde hace dieciocho años integra el Servicio de Adolescencia del Hospital Dr. Enrique Vera Barros, donde desarrolla actividades asistenciales, preventivas y comunitarias en el campo de la salud pública. Se desempeña además como docente universitaria y ha participado en la formación de profesionales de la salud como Instructora de la Residencia Interdisciplinaria de Salud Mental Comunitaria (RISaMC). Actualmente acompaña y supervisa el proceso formativo de residentes que realizan su rotación por el Servicio de Adolescencia, en el marco de la RISaMC.
BIBLIOGRAFÍA
Bleichmar, S. (2005). La subjetividad en riesgo. Topía Editorial.
Fernández, A. (1987). La inteligencia atrapada. Nueva Visión.
Morín, E. (2001). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa.
Stolkiner, A. (2005). Interdisciplina y salud mental. En E. Galende (Comp.), Salud mental y comunidad. Lugar Editorial.
Ley N.° 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes.
Reflexiones desde la Psicopedagogía en un Servicio de Adolescencia
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