Cuando el árbitro dé la orden para comenzar el partido entre Estados Unidos y Bélgica, habrá mucho más en juego que un lugar en los cuartos de final del Mundial. Para el seleccionado norteamericano, el encuentro representa una oportunidad histórica para consolidar el crecimiento que el fútbol experimentó en el país durante las últimas tres décadas y confirmar que ya puede competir de igual a igual con las grandes potencias.
El llamado "soccer" hace tiempo dejó de ser un deporte de nicho en Estados Unidos. Lo que durante años ocupó un lugar secundario detrás del fútbol americano, el béisbol, el básquetbol y el hockey sobre hielo comenzó una transformación silenciosa que hoy encuentra en el Mundial organizado en casa su mayor vidriera.
La creación y consolidación de la Major League Soccer, el crecimiento de las academias juveniles, la llegada de figuras internacionales y el desarrollo de infraestructura deportiva permitieron que el país construyera una base mucho más sólida que la que tenía a comienzos del siglo XXI.
La llegada de Lionel Messi al Inter Miami aceleró todavía más ese proceso. El desembarco del campeón del mundo multiplicó el interés por la MLS, disparó la venta de entradas, camisetas y derechos televisivos, y acercó a millones de nuevos aficionados a un deporte que ya mostraba una curva ascendente. Aunque Messi no integra el seleccionado estadounidense, su presencia en la liga ayudó a consolidar un fenómeno cultural que hoy se refleja en el entusiasmo que genera la Copa del Mundo.
Pero el crecimiento no depende únicamente de una estrella extranjera. Estados Unidos comenzó a exportar futbolistas a las principales ligas de Europa con una frecuencia impensada hace apenas dos décadas. Cada vez son más los jugadores formados en academias estadounidenses que llegan a clubes de Inglaterra, Alemania, Italia, España y Francia, alimentando una selección con mayor experiencia internacional.
Con esa idea fue contratado Mauricio Pochettino. La federación estadounidense no buscó solamente un entrenador de prestigio. Apostó por un técnico acostumbrado a desarrollar jóvenes talentos y a competir en la élite europea, convencida de que este Mundial debía marcar un antes y un después para el fútbol del país.
El desafío no es menor. Jugar como anfitrión siempre implica una presión adicional. La expectativa del público, la atención de los medios y el deseo de aprovechar la localía convierten cada partido en una prueba de carácter. Una eliminación prematura sería un golpe duro para un proyecto que lleva años de inversión. En cambio, alcanzar los cuartos de final significaría igualar la mejor actuación del país en la era moderna y enviar un mensaje claro al resto del mundo.
El rival tampoco podría ser más exigente. Bélgica acumula años entre las selecciones más competitivas del planeta y cuenta con futbolistas acostumbrados a disputar las principales competencias europeas. Superar a un adversario de ese nivel tendría un valor simbólico enorme para una selección que históricamente fue mirada con cierto escepticismo por las grandes escuelas futbolísticas.
Además, este Mundial se desarrolla en un contexto ideal para el crecimiento del deporte. Los estadios presentan una gran convocatoria, la cobertura mediática alcanza niveles inéditos y el interés del público estadounidense supera ampliamente al registrado en anteriores ediciones. La organización del torneo junto a México y Canadá también contribuyó a instalar el fútbol en el centro de la conversación deportiva del continente.
No se trata solamente de un resultado. Una clasificación puede acelerar inversiones, fortalecer las divisiones juveniles, aumentar la participación de niños y niñas en los clubes y consolidar un mercado que ya figura entre los más atractivos del planeta para patrocinadores y cadenas televisivas.
Hace treinta años, pensar en Estados Unidos como protagonista de un Mundial parecía una utopía. Hoy nadie se sorprende al verlo disputar los octavos de final ni al encontrar jugadores estadounidenses brillando en las principales ligas europeas. El crecimiento es evidente. Lo que falta es dar ese salto competitivo que transforme el progreso en resultados.
Por eso el partido ante Bélgica tiene un significado especial. No será únicamente un examen futbolístico. También será una medida del camino recorrido por un país que decidió apostar fuerte por el deporte más popular del planeta.
Si Estados Unidos consigue avanzar, el triunfo tendrá un valor que irá mucho más allá de una clasificación. Será la confirmación de que el proyecto comenzó a dar los frutos esperados y de que el fútbol estadounidense ya no quiere conformarse con participar. Quiere competir. Quiere ganar. Y, algún día, quiere pelear seriamente por la Copa del Mundo.
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