Por Alejandro Hugas
En casa de mis padres hay un antiguo piano. De esos que ya no se fabrican. Es de color marrón con finas terminaciones del estilo barroco. Ya nadie practica en él y su sonido perdió la afinación. Es lógico. Dejamos a mitad de camino la enseñanza en el Conversatorio Fracassi y mi vieja (profesora de música) se jubiló. Por ende, es un inerte adorno que acompaña el living de una casa.
Tener un instrumento así, parecería la cuestión más ilógica que puede existir. Pero a veces lo ilógico puede convertirse en lo más real, si se lo mira con los ojos del desprecio o el corazón (dependiendo el caso).
La historia que voy a relatar tiene esencia de pueblo, de aquellos que no necesitan poner seguros en la puerta y todos se conocen. La inseguridad es una palabra que se lee en la placa de noticiero de los canales de televisión.
Hasta ese momento la casa paterna tenía una profunda mirada católica. Creo que con el paso del tiempo y quizás el escepticismo que luego empecé a militar, alejó a todos de la Iglesia. Pero por ese entonces, todo se podía mirar con “ojos de buen cristiano”. Y como las casas vivían sin llave, era común que llegara el sacerdote del pueblo (amigo de la casa paterna).
Él era además un experimentado músico. Recuerdo haberme acercado a la Casa Parroquial luego de las clases de Comunión, y en esa modesta mesa que tenía el cura, entre Biblias y Testamentos, había un sinfín de partituras de piano. Era lo más parecido que yo podía estar de lo que podía imaginar a un Beethoven de entrecasa. El instrumento que tenía era un humilde teclado, que no podía hacerle competencia a las terminaciones laboriosas del instrumento que ostentaba el living de casa.
Por ende, para este cura tocar cualquier melodía en ese piano de lujo era similar al hincha de Independiente que de pronto juegue en el Estadio Libertadores de América (el sueño del pibe).
Había tardes en que la familia estaba en el patio y de pronto se comenzaban a escuchar los estridentes acordes desde adentro. Entonces sabíamos que este cura había ingresado al hogar y comenzaba su deleite entre octavas, escalas y pedales.
Yo rondaba los 6, 7, 8 años y como todo niño, vivía entre cuentos, fantasías e inocencia en su estado más puro. En esas tardes yo podía ver que el piano cobraba vida. Por un lado no es para nada errado el concepto. Uno apenas podía ejercitar una escala del Sistema Cesi en ese increíble piano, mientras que por ahí sabía escuchar Love Story que alguna que otra vez ejecutó mamá. Pero más allá de eso, ese piano no cumplía otra función. Es decir era como tener un Ferrari para sacarlo a dar una vueltita los domingos y luego volver a estacionarlo en la cochera.
Ver que alguien mucho más experimentado, practicara entre esas teclas era no solo una novedad, era la magia hecha realidad.
Mis ojos veían mucho más. Era Schumacher conduciendo ese Ferrari. El piano por fin cobraba vida y hasta se podía deleitar la sincronicidad entre sus propios movimientos con la ejecución de la música que ese cura hacía. Así de mágicas fueron esas tardes de pueblo.
Después, siguió la vida como siempre sucede. El cura se trasladó a otra diócesis y la familia buscó otros rumbos, mejorando la calidad escolar de sus hijos. El piano también se embarcó en ese objetivo citadino pero su vida comenzó a apagarse. Ya nadie podía darle vida y la mediocridad con la que yo seguía practicando esas para nada pasionales escalas tuvo su carta de defunción cuando decidí abandonar una insulsa carrera de estudiante de piano.
El instrumento ocupó entonces el espacio de un mueble en el living de una casa. Con el paso del tiempo, sus notas empezaron a desafinar y ya nadie quería practicar en él.
Hace poco, y con motivo de la llegada histórica del Papa León XIV a Argentina me enteré que uno de los temas que tendrá el cancionero oficial de la misa que se celebrará en Córdoba es de autoría de este cura. “Yo soy el camino firme” es de Lorenzo González, el párroco de esta historia. Fue tanta la felicidad de este agnóstico e incrédulo de las religiones, que corrí hasta la casa de mis viejos. Y antes de compartir la buena nueva, expuse el informe oficial ante el mismísimo piano. Volví a tener los mismos ojos de los 6, 7, 8 años cuando en él las manos de ese cura ejecutaban las más increíbles melodías (que hasta la fecha no sé qué temas eran, pero tan hermosos que no vale la pena ni siquiera describirlos porque se rompería toda la atmósfera que allí se creaba).
Y estoy muy seguro que este martes, cuando en el momento de la comunión, junto al Sumo Pontífice comience “Yo soy el camino firme”, el viejo piano que hay en la casa paterna volverá a cobrar vida, porque tiene esa conexión mágica, como un Ferrari con Schumacher ¿vio?
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