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1591 Cultura + Espectáculos ENTREVISTA

Cuando las comidas cuentan la historia de La Rioja

A 26 años de su estreno, “Cantar de las comidas riojanas” volvió a escena para rescatar una obra que convirtió a la gastronomía popular en poesía, música e identidad. Sus creadores, César Torres y Julio Olivera Chazarreta, reconstruyen la historia de una propuesta artística que sigue dialogando con la memoria cultural de los riojanos.
Agrandar imagen Julio Olivera Chazarreta y César Torres
Julio Olivera Chazarreta y César Torres Crédito: Luis Vilte
Fernando Viano

Por Fernando Viano

Hay expresiones culturales que nacen con la pretensión de perdurar y otras que simplemente responden a una necesidad del momento. Sin embargo, algunas terminan trascendiendo el tiempo por razones que ni siquiera sus propios autores pueden explicar del todo. Algo de eso ocurrió con “Cantar de las comidas riojanas”, una obra creada a fines de la década de 1990 por el dramaturgo César Torres y el compositor Julio Olivera Chazarreta, que volvió recientemente a presentarse en el Teatro de la Ciudad, recuperando una propuesta artística que forma parte del patrimonio cultural riojano.

La idea resulta tan sencilla como profunda: tomar algunas de las comidas más representativas de la tradición popular y convertirlas en canciones. Pero detrás de esa aparente sencillez se esconde una mirada mucho más amplia sobre la identidad, la memoria y las formas en que una comunidad transmite su cultura.Porque en esta obra el locro no es solamente locro. La tortilla no es solamente tortilla. La humita, la carbonada o la sopa de pan son mucho más que recetas heredadas de generación en generación. Son historias, símbolos, personajes, modos de vida y formas de entender el mundo.

“Lo que buscábamos era que no fuera una simple descripción de las comidas, sino que vaya más allá, que fueran una especie de símbolo de otras cosas, de la riojanidad”, explica Torres al recordar el origen del proyecto.

La historia comenzó cuando integraba la Dirección de Cultura de la Municipalidad de La Rioja y debía pensar una propuesta para la tradicional Noche de Gala por el aniversario de la Fundación de la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja. Fue entonces cuando llegó a sus manos un libro que encendería la chispa inicial: “Canto Popular de las Comidas”, del poeta mendocino Armando Tejada Gómez.

“Justo llega a mis manos ese libro. Se me ocurrió hacer esto, empecé a escribir algo y pensé en Julio Olivera Chazarreta. Le pasé las letras, él me las devolvía y así se fue armando”, recuerda.

César Torres y Julio Olivera Chazarreta
César Torres y Julio Olivera Chazarreta

Aquellos primeros textos estaban dedicados al locro, la tortilla y la chanfaina. Eran apenas el punto de partida de una construcción colectiva que muy pronto comenzó a crecer.

Del otro lado estaba Julio Olivera Chazarreta, uno de los nombres fundamentales del cancionero riojano. Su tarea consistía en encontrar la música capaz de sostener aquellas historias.

“César me presentó los primeros poemas sobre el locro, la tortilla y la chanfaina. Entonces empecé a ver cómo hacíamos, a ver la métrica que tenía cada poesía para adaptarla y ponerle música”, cuenta. La dinámica de trabajo fue tan natural como efectiva. “Él tiene oficio para escribir y yo tengo mi oficio para musicalizar cosas. Entonces no demoró mucho”, resume.

Con el avance del proyecto aparecieron nuevas composiciones. La humita, la cebolla con huevo, el ancua, la carbonada y otras comidas tradicionales se incorporaron hasta completar diez canciones que terminarían dando forma a una cantata profundamente ligada a la cultura popular.Pero cuanto más avanzaban, más evidente resultaba que el tema de la obra no era la gastronomía.

“Me di cuenta de que no solamente eran las comidas riojanas”, señala Torres. “El locro, la mazamorra, incluso ya se los nombra en el Martín Fierro. Es como si fueran de Latinoamérica prácticamente”.

Esa constatación terminó ampliando el horizonte creativo de la propuesta. Lo importante ya no era describir un plato sino descubrir qué historias habitaban detrás de él. “Eso se fue enriqueciendo, buscando el modo de que vaya más allá de la simple comida”, explica el dramaturgo.Y allí aparece uno de los grandes méritos de la obra: haber comprendido que las comidas populares constituyen una de las formas más vivas de transmisión cultural.

Las recetas cambian poco. Pasan de abuelos a padres y de padres a hijos. Se preparan en fechas especiales. Acompañan celebraciones, encuentros familiares y momentos comunitarios. Conservan palabras, costumbres y recuerdos.

“Esas comidas son uno de los pocos hechos folklóricos vivos. No están en los libros, se transmiten de generación en generación”, afirma Torres.

La observación parece sencilla, pero encierra una idea poderosa. Mientras muchas expresiones culturales quedan registradas en documentos, archivos o museos, estas preparaciones siguen habitando la vida cotidiana. Por eso la obra no habla solamente de comida. Habla de quienes la cocinan. Habla de quienes la comparten. Habla de quienes encontraron en esos platos una forma de atravesar tiempos difíciles y sostener la vida comunitaria.

“Hay que ver un poco más allá, el trasfondo que tiene lograr hacer este tipo de comidas”, reflexiona Olivera Chazarreta.Uno de los ejemplos más interesantes aparece en la canción dedicada al locro, donde los autores recuperan una historia vinculada a Ángel Vicente Peñaloza y Victoria Romero.

“Al Chacho le gustaba el locro con huevo; en aquellos tiempos la que le hacía el locro era la Victoria. Resulta que un buen día no tenían huevos porque ellos no criaban gallinas y dejó de echarle huevo. Desde ese momento dejó de ser macho el locro y se convirtió en locro común”, relata entre sonrisas el compositor.

Historias como esa permiten comprender cómo la obra enlaza tradición popular, memoria histórica y poesía.

Algo similar ocurre con “La Carbonada”, una de las canciones preferidas de Torres. “Para mí es lo mejor”, confiesa. “Tiene mucha ternura y hace una descripción de la mesa del pobre, que te invita con tanta generosidad lo poco que tiene”. Esa capacidad de encontrar humanidad y belleza en los gestos cotidianos atraviesa toda la propuesta artística.

La música, por supuesto, cumple un papel central. Sin embargo, Olivera Chazarreta insiste en que su función nunca fue imponerse sobre las palabras. “La música es un complemento de lo que se dice. Yo pongo música a algo, pero no es lo más importante. Lo más importante es lo que a través de esa música yo digo”.

La afirmación ayuda a entender por qué cada una de las composiciones fue concebida como una unidad narrativa, donde letra y melodía trabajan juntas para contar una historia.

“Musicalmente los temas están hechos con diferentes ritmos, una apertura con otras provincias. Eso nos ha permitido ganar en adhesión de la gente al no encasillarnos”, explica. Y agrega una idea que sintetiza el espíritu de la obra: “En realidad, este cantar de las comidas ha sido hecho para todo el país, porque en todos lados se reproducen estas comidas”.

UNA OBRA QUE SOBREVIVIÓ EL PASO DE LOS AÑOS

El estreno tuvo lugar el 19 de mayo de 2000 en el Teatro Provincial Víctor María Cáceres. La puesta contó con la dirección de Manuel Chiesa, la participación de la Orquesta Municipal de Música Popular, bailarines y un importante elenco de intérpretes. “Cantaron la Bruja Salguero, Natalia Barrionuevo, Carlos Ferreyra y Quique Álamo. El teatro estuvo lleno y fue una noche realmente de gala para nosotros”, recuerda Olivera Chazarreta.

Aquella presentación reunió a buena parte de la comunidad artística riojana y quedó grabada en la memoria de sus protagonistas como uno de los momentos culturales más significativos de aquel tiempo.

Por eso la reciente reposición tuvo una carga emocional especial. No se trató solamente de volver a escuchar canciones conocidas. Fue reencontrarse con una obra que sobrevivió al paso de los años.

“Fue algo muy emotivo porque vi que habíamos hecho algo que trascendió. Algo que tomó trascendencia y que se mantiene viva la obra que hicimos en su momento”, dice Olivera Chazarreta.

Quizás allí radique el valor más profundo de “Cantar de las comidas riojanas”. En haber comprendido que la identidad cultural no siempre se encuentra en los grandes relatos ni en los acontecimientos extraordinarios. A veces habita en una olla de locro compartida entre vecinos. En una tortilla recién salida del rescoldo. En una humita preparada como la hacían los abuelos. En esos gestos cotidianos donde una comunidad conserva, casi sin darse cuenta, la memoria de lo que es. Y donde la cultura, lejos de los discursos, sigue encontrando la manera de permanecer viva.

DOS REFERENTES INDISPENSABLES DE LA CULTURA RIOJANA

La historia de “Cantar de las comidas riojanas” también es la historia del encuentro entre dos creadores fundamentales de la cultura provincial.

Desde el teatro, César Torres construyó una extensa trayectoria como dramaturgo, actor, director y gestor cultural. Su obra estuvo siempre ligada a la exploración de temas vinculados con la identidad riojana, las tradiciones populares y la memoria colectiva. A lo largo de décadas impulsó proyectos artísticos y culturales que contribuyeron a fortalecer la producción escénica local y a formar nuevas generaciones de actores y creadores.

César Torres
César Torres

Julio Olivera Chazarreta, por su parte, es una de las figuras más representativas de la música popular riojana. Cantor, compositor, investigador y recopilador, dedicó gran parte de su vida a rescatar y difundir el patrimonio musical de la provincia. Su obra reúne cientos de composiciones y constituye un aporte fundamental para la preservación y proyección del cancionero riojano dentro y fuera de la provincia.

Julio Olivera Chazarreta
Julio Olivera Chazarreta

Aunque desarrollaron sus trayectorias en ámbitos diferentes, ambos comparten una misma preocupación: la necesidad de expresar, preservar y transmitir los rasgos culturales que definen la identidad de La Rioja. Esa mirada común fue la que permitió que, hace más de dos décadas, la poesía, el teatro y la música confluyeran en una obra singular que encontró en las comidas populares una manera de hablar de la historia, las costumbres y la memoria de un pueblo.

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