Por Pablo Esteban Gatica - Fuente: Revista Aguada
Con sus 84 años de vida a cuestas, la mayor parte de ellos (65) transcurridos obteniendo espléndidas imágenes desde atrás de una cámara, se puede decir que Néstor Alberto Pantaleo es hoy el “decano” de los fotógrafos riojanos. Casi no hay evento social, político, cultural – tanto en ámbitos urbanos como rurales de la provincia- que no lo hayan tenido como oportuno testigo que dejó un testimonio visual de los mismos. Pantaleo ha recibido diversas distinciones por su tarea fotográfica, en La Rioja y en otras provincias también; pero ante todo, lo que más atrae de su persona son sus cualidades humanas de bondad, cortesía, generosidad y humildad, acompañadas de una serenidad que parece no abandonarlo jamás. Teniendo en cuenta que, por ley Nº 8.378 del 2008, la Cámara de Diputados de La Rioja instituyó el 19 de septiembre como “Día del Fotógrafo Riojano” (Fecha que se eligió en conmemoración al fallecimiento del fotógrafo Ramón Argentino Ávila) nos pareció el instante ideal para conversar con él acerca de su extensa trayectoria. Las distancias sociales que establece la cuarentena nacional y provincial del presente año, solo permitieron a AguadA Revista Cultural realizar una entrevista de poca extensión, y la presente fue realizada vía e-mail. Pero permanece el deseo y esperanza de regresar, cuando las condiciones hayan mejorado, a conversar más extensamente con este fotógrafo respetado y querido por la comunidad riojana.
NÉSTOR, ME GUSTARÍA SABER A QUÉ EDAD Y CÓMO, DESCUBRIÓ SU PASIÓN POR EL ARTE DE SACAR FOTOGRAFÍAS, TAMBIÉN SI SU FORMACIÓN FUE AUTODIDACTA O HUBO QUIENES LO AYUDARON EN ESE APRENDIZAJE.
Tengo 84 años, nacido el 30 de octubre de 1935 en Rojas, provincia de Buenos Aires. A los 18 años descubro un aviso “Estudie Fotografía por correspondencia”, de la Escuela Sandy de la Capital Federal. Solicité informes y comencé el estudio de dos años de duración. Nunca había tenido una cámara en mis manos. Recibí las primeras lecciones, no entendía nada, fui a pedir ayuda a un profesional, miró el cuestionario y exclamó ¡“Estos están locos”!… Me decepcionó, pensé que nunca llegaría a ser fotógrafo, nunca más volví a consultar a nadie. A pesar de este primer fracaso leí muchas veces el cuestionario y lo despaché para ser corregido. La respuesta fue una nota de 7 (el cielo en las manos). Finalicé el estudio en 1955.
¿CUÁLES FUERON SUS PRIMEROS TRABAJOS COMO FOTÓGRAFO EN NUESTRA CIUDAD?
En mi ciudad Rojas me dediqué al retrato, reportero gráfico, sociales, agricultura y ganadería. A mediados de 1964 salí de Rojas, rumbo a San Luis, me quedé unos meses en La Falda trabajando como fotógrafo exclusivo en el Hotel Nortomarza. Cuando ya regresaba a Rojas sin conocer San Luis – lo conocí cuarenta años después – vino la empresa de excursiones Valle de Punilla a contratarme para efectuar excursiones de turismo en La Rioja. Llegamos a La Rioja en abril de 1965, al tercer día de mi llegada hice el primer trabajo turístico “Visita a Ichigualasto” (Valle de la Luna), que en esa época pertenecía a La Rioja, desde entontes estoy radicado en La Rioja.
¿TIENES TEMÁTICAS PREFERIDAS QUE LE HAYA GUSTADO FOTOGRAFIAR A LO LARGO DE SU CARRERA?
Lo que más me apasiona de mi trabajo es “el hombre y sus circunstancias”, también la naturaleza, fauna, flora, también reportero, fotografía industrial y agricultura.
CON EL AVANCE DE LA TECNOLOGÍA, ¿ES HOY MÁS SENCILLO QUE ANTES OBTENER UNA BUENA FOTOGRAFÍA? ¿QUÉ SUELE ACONSEJARLE A QUIENES SE INICIAN EN LA FOTOGRAFÍA?
Con la cámara más sencilla se pueden hacer buenas fotografías, incluso con un teléfono celular. Si la cámara es profesional, por cierto, tiene más posibilidades. Un consejo: si quiere comprar una cámara profesional debe comprobar que también disponga del modo manual.
¿HAY OTROS FOTÓGRAFOS EN LA RIOJA CON LOS QUE USTED HAYA COMPARTIDO MOMENTOS Y QUE HAYAN SIGNIFICADO MUCHO PARA USTED, COMO PERSONAS Y COMO PROFESIONALES?
A todos mis colegas locales los siento amigos muy queridos. Solo voy a nombrar a uno, el primero que conocí en La Rioja: Horacio Fuentes y su hijo Ismael, en ellos dos los abrazo a todos. Hemos compartido muchas excursiones, documentales y actos culturales como ir a Quebrada de los Cóndores, Talampaya, Laguna Brava, “Ciudad Perdida” en el desierto de Bañados de los Pantanos (allí nos acompañó Héctor David Gatica como asesor cultural) fue una feliz experiencia. Fui a la Antártida invitado por el Automóvil Club Argentino a Base Marambio en dos oportunidades.
¿QUÉ MOMENTOS DE TRABAJO DE SU VIDA DE FOTÓGRAFO, RECUERDA CON MÁS EMOCIÓN, QUE HAYAN SIDO INOLVIDABLES PARA USTED?
Las exposiciones personales: he realizado muchas, en La Rioja, Córdoba, La Falda, Salta, Mar del Plata, Catamarca, Buenos Aires. Viajes al exterior: Paraguay, Chile, Perú, Uruguay. He recibido unos cuantos premios…
¿SIENTE QUE YA FOTOGRAFIÓ LOS LUGARES, PERSONAS O MOMENTOS QUE QUISO, AQUÍ EN LA RIOJA, O AÚN HAY IMÁGENES QUE LE HUBIERA GUSTADO OBTENER CON SU CÁMARA?
La fotografía es una gran profesión, sesenta y cinco años en su vivencia no la agotan, se profundiza y se comparte.
NÉSTOR ALBERTO PANTALEO, EL HOMBRE QUE ENSEÑÓ A MIRAR LA RIOJA CON HUMANIDAD
Hay hombres que pasan por un lugar y hay otros que, sin proponérselo, terminan quedándose para siempre en su memoria. Néstor Alberto Pantaleo fue uno de esos. No porque buscara trascendencia -todo lo contrario- sino porque durante décadas hizo algo más profundo y más silencioso: mirar. Y en ese acto, paciente y constante, fue construyendo una forma de ver La Rioja que hoy también nos pertenece.
Lo conocí como lo conocimos muchos: de vista, de presencia, de coincidencias. Siempre con la cámara cerca, siempre atento, siempre en el borde de la escena. No hacía falta tratarlo para saber quién era. Bastaba con verlo moverse con discreción entre la gente, casi sin interrumpir, casi sin hacerse notar. Estaba ahí, pero sin invadir. Como si entendiera que la fotografía no es irrumpir, sino esperar.
Pantaleo había nacido el 30 de octubre de 1935, en Rojas, provincia de Buenos Aires. Su historia con la fotografía empezó de una manera que hoy parece lejana: estudiando por correspondencia a los 18 años, cuando todavía no tenía una cámara en las manos. Aprendió primero a imaginar la imagen antes de capturarla. Terminó su formación en 1955, con una mezcla de intuición, disciplina y deseo. No había épica en ese comienzo, pero sí algo más importante: la persistencia.
Diez años después, en abril de 1965, llegó a La Rioja. No vino buscando instalarse definitivamente. Como tantas otras historias, la suya empezó casi de paso. Pero hay destinos que se reconocen rápido. A los pocos días ya estaba trabajando, registrando excursiones turísticas, internándose en paisajes que entonces eran más lejanos, más ásperos, más desconocidos. Su primer gran escenario fue Ischigualasto, cuando todavía pertenecía a La Rioja. Ahí empezó todo.
Y desde ahí, no se fue más.
Lo que siguió fue una vida entera dedicada a registrar una provincia en movimiento. Pantaleo fotografió actos oficiales, sí, pero también celebraciones populares, escenas rurales, trabajos cotidianos, calles, rostros, gestos. Fotografió la naturaleza, la fauna, la flora, pero nunca dejó de volver a lo mismo: el hombre y sus circunstancias. Así definía su interés. Y en esa frase -tan simple, tan directa- está contenida toda su obra.
Porque si algo tienen sus fotos, es humanidad.
No era un fotógrafo de espectáculo ni de artificio. No buscaba la imagen perfecta en términos técnicos, sino la imagen verdadera. Esa que aparece cuando el otro se olvida de la cámara. Esa que no se fuerza. Esa que se espera. Por eso su archivo -inmenso, diverso- es también una forma de memoria colectiva. En sus imágenes está la vida riojana en sus múltiples capas: lo público y lo íntimo, lo festivo y lo cotidiano, lo extraordinario y lo mínimo.
Durante su trayectoria realizó exposiciones en distintos puntos del país -La Rioja, Córdoba, La Falda, Salta, Mar del Plata, Catamarca, Buenos Aires- y también viajó al exterior. Incluso llegó a la Antártida en dos oportunidades, llevando su mirada a territorios extremos. Pero siempre volvió. Siempre La Rioja fue su centro.
Tal vez por eso su nombre se volvió, con el tiempo, una referencia inevitable. No solo por lo que hizo, sino por cómo lo hizo. Quienes lo trataron hablan de su bondad, de su cortesía, de su generosidad. De una humildad que hoy parece de otra época. Nunca necesitó ponerse en primer plano. Nunca buscó reconocimiento. Y sin embargo, el reconocimiento llegó.
En 2022, el Concejo Deliberante de La Rioja lo distinguió como Ciudadano Destacado. En ese acto se dijo algo que todos sabían: que era el “decano” de los fotógrafos riojanos. Pero más allá de los títulos, lo que se reconocía era otra cosa. Se reconocía una vida entera dedicada a mirar y a guardar.
Porque eso fue, en definitiva, lo que hizo Pantaleo: guardar. Guardar escenas que ya no están. Guardar rostros que el tiempo transformó. Guardar momentos que, sin su intervención silenciosa, se habrían perdido para siempre. En una provincia donde la historia muchas veces se transmite de manera oral, su trabajo aportó una dimensión distinta: la de la imagen como testimonio.
Hoy, al recordarlo, aparece esa sensación extraña que dejan ciertas presencias cuando se van. La de alguien que siempre estuvo. La de alguien que parecía formar parte del paisaje. Porque Pantaleo era eso también: una figura familiar, reconocible, casi inevitable. Estaba en los actos, en las calles, en los encuentros. Estaba donde pasaban cosas. Y también donde no parecía pasar nada.
Ahí, justamente, estaba su mirada.
Quizás por eso su legado no se mide solo en fotografías, sino en algo más difícil de nombrar: en la manera en que nos enseñó, sin decirlo, a prestar atención. A detenernos. A mirar dos veces. A entender que cada instante -por pequeño que sea- tiene una historia.
Por eso, La Rioja no solo recuerda a un fotógrafo. Recuerda a un hombre que la miró durante más de medio siglo y que, en ese gesto, la ayudó a reconocerse. Un hombre que llegó desde lejos y que, sin hacer ruido, se volvió parte de esta tierra.
Y hay algo profundamente justo en eso.
Porque al final, las personas no pertenecen a los lugares por el tiempo que pasan en ellos, sino por lo que hacen con ese tiempo. Y Pantaleo hizo memoria. Hizo historia. Hizo identidad.
Con una cámara.
Con paciencia.
Con respeto.
Con amor.
Por Fernando Viano
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