Durante más de una década, Bélgica fue señalada como una de las selecciones con mayor talento del planeta. Pocas veces un país de apenas doce millones de habitantes reunió semejante cantidad de figuras en una misma generación. Kevin De Bruyne, Romelu Lukaku, Thibaut Courtois, Eden Hazard, Vincent Kompany, Jan Vertonghen, Toby Alderweireld, Axel Witsel y Dries Mertens convirtieron a los Diablos Rojos en protagonistas permanentes de las grandes competiciones internacionales.
Sin embargo, aquella brillante camada nunca consiguió el objetivo que parecía inevitable: conquistar un gran título.
El tercer puesto obtenido en Rusia 2018 continúa siendo la mejor actuación mundialista de Bélgica. También llegaron semifinales y cuartos de final en distintas Eurocopas y largos períodos como líder del ranking FIFA, pero la copa siempre terminó quedando en manos de otro.
Con el paso del tiempo, esa generación comenzó a despedirse. Hazard se retiró del fútbol profesional, Kompany inició una exitosa carrera como entrenador, Vertonghen y Alderweireld dejaron la selección y varios referentes fueron perdiendo protagonismo. Muchos pensaron entonces que Bélgica iniciaría un largo proceso de reconstrucción.
Pero el fútbol belga volvió a demostrar por qué su sistema de formación es uno de los más admirados de Europa.
Detrás de las grandes figuras aparecieron nuevos nombres que comenzaron a reclamar protagonismo. Jeremy Doku aportó desequilibrio y velocidad por las bandas. Maxim De Cuyper surgió como una alternativa confiable en defensa. Jóvenes mediocampistas y delanteros fueron ganando espacio mientras aprendían al lado de futbolistas que todavía conservan experiencia y jerarquía internacional.
En el centro de ese proceso continúa Kevin De Bruyne.
El mediocampista sigue siendo el cerebro del equipo. Su visión de juego, precisión en los pases y capacidad para decidir partidos importantes lo mantienen como uno de los mejores futbolistas del mundo. A su alrededor todavía permanece Romelu Lukaku, máximo goleador histórico de la selección, un delantero que durante años fue garantía de goles y que continúa siendo una referencia permanente para las defensas rivales.
Y bajo los tres palos aparece otro apellido ilustre: Thibaut Courtois. Considerado desde hace varias temporadas entre los mejores arqueros del planeta, su presencia le otorga a Bélgica una seguridad difícil de encontrar en cualquier otra selección.
La combinación entre esos referentes y la nueva camada permitió que Bélgica llegara nuevamente a las instancias decisivas del Mundial. Quizás ya no sea aquella selección exuberante que maravilló al mundo hace una década, pero sigue siendo un equipo competitivo, con experiencia en partidos grandes y futbolistas acostumbrados a convivir con la presión.
El cruce frente a Estados Unidos representa mucho más que un simple partido de octavos de final.
Para De Bruyne y Lukaku puede ser una de las últimas oportunidades de acercarse al único gran título que todavía falta en sus extraordinarias carreras. Ambos conquistaron ligas nacionales, copas, distinciones individuales y dejaron una marca profunda en el fútbol europeo. Pero la Copa del Mundo continúa siendo la deuda pendiente que persigue a casi todos los integrantes de aquella inolvidable Generación Dorada.
También será un examen para los más jóvenes. La nueva Bélgica necesita demostrar que puede sostener el prestigio construido por sus predecesores y evitar que el recambio se convierta en un período de transición sin resultados.
El rival obliga a no cometer errores. Estados Unidos llega impulsado por el entusiasmo de jugar un Mundial como anfitrión, respaldado por un crecimiento futbolístico sostenido y convencido de que puede dar otro paso histórico. La intensidad física y el apoyo del público norteamericano exigirán la mejor versión de los europeos.
En Bélgica saben que el margen de error desapareció. Los Mundiales no suelen conceder segundas oportunidades y cada generación dispone de un número limitado de intentos para alcanzar la gloria. Por eso este equipo juega con una doble responsabilidad: defender el prestigio construido durante los últimos quince años y demostrar que el ciclo ganador no terminó con la salida de sus viejos referentes.
Durante demasiado tiempo, el fútbol europeo habló de la Generación Dorada belga como un proyecto brillante que nunca logró coronarse campeón. Ahora, los Diablos Rojos intentan cambiar ese relato.
Porque la historia no siempre termina cuando se despiden las grandes figuras. A veces, justamente allí, comienza un nuevo capítulo.
Y Bélgica está decidida a demostrar que todavía tiene páginas importantes por escribir en el fútbol mundial.
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