Barbarie y civilización como conceptos antagónicos han perdido su estatus en la línea de tiempo a través de la pérdida de nuestra humanidad. Actualmente la civilización como signo de acceso a la cultura se ha transformado en una barbarie moral.
En el incesante flujo temporal se invierten los significantes, los círculos actúan con total independencia de sus propias definiciones.
La pérdida de nuestro instinto a través de la mecanización despoja nuestra autonomía, nos aleja del verdadero impulso vital, ese que maravillosamente describe Bergson como “Élan Impetu” más tarde traducido a “Élan Vital”. Energía que impulsa el desarrollo de la creatividad, continuidad indivisible donde pasado, presente y futuro fluyen sin cesuras a contraposición de la “durée” (la duración). La vida en sí no es reductible a sus partes, nos dice el autor.
Esta improvisación atemporal e irreductible de nuestro entramado existencial choca con la percepción «fragmentada» de la física, la ciencia y la tecnología del sistema actual, que en tanto empobrecido -direcciona incluso al deseo- hoy reducido a la categoría de un títere sin entusiasmo ni vida propia.
La represión tiene a la creación de la cultura en un pasaje doloroso que se evidencia más que nunca.
Marcuse plantea que el control de las formas del deseo en los individuos precondiciona los contenidos de la consciencia. Prevalece un “principio de actuación” tomado por la producción del capitalismo que se vuelve una adicción a la represión por la misma repetición colectiva.
Una renuncia a la vida que duele y no se plasma en palabras, sino más bien es escondida en la invisibilidad de su camino, de su trama.
La represión de los instintos sexuales da lugar a los instintos destructivos. Desarrollando así la coacción de la sexualidad pregenital, que es reducida completamente a la genital. Vivimos en una sociedad estructurada bajo la dominación del capital donde todo deseo está intervenido, la energía libidinal sobrante es desviada de sus fines. Eros pierde el ritmo pacificador incluso el de la sexualidad pregenital hasta desintegrarse. La agresión es protagonista en estas interferencias del desplazamiento.
Como dice Marcuse, siglos de represión instintiva recubren el elemento político de Eros, la concentración de energía erótica en el trabajo, en la genitalidad impiden su trascendencia hacia las otras zonas del cuerpo y hacia el medio ambiente. Por eso es que la agresión se observa por sobre la extinta sensualidad. Lo burdo abarca cada escalón de la cultura y se exacerba como único mensaje por sobre todo en los medios. El grotesco de la mala educación grita desafinado en el alto parlante de moda, emulando así a «viva voce» la falta de recursos intelectuales de una élite.
En mis columnas siempre hablo de la importancia de la belleza como extensión de Eros, la importancia de su suavidad filosófica para navegar en aguas tibias. Porque lo que nos moviliza no son las formas en sí como piezas disociadas, sino lo que dibujamos en ellas, la personalidad de las mismas. Ese carácter que es alimentado por nuestra potencia creadora, el que nace del desarrollo de nuestros ideales producto de nuestra imaginación.
Por momentos parece que hemos evaporado el máximo motor instintivo de los ideales, que surgen de la pasión en estado puro.
Como esclavos domesticados desde la revolución industrial, ese ímpetu, carácter, se queda sin fuerza para rebelarse en aquellos que deciden oficiar como servidumbre. Porque es el ideal de la imaginación el que despierta en el inconsciente como nuestro sexto sentido, dándole significado, sentido al deseo.
En tanto serviles el deseo se vuelve precario al punto de ser manipulado hacia donde deciden las democracias y las autocracias -sin diferencia alguna-. Unas con vestido largo, otras con otro más corto a modo de falsa transgresión.
Observar cómo el deseo se va uniformando es realmente triste. Hoy todos parecemos estar tutelados por el deseo que un amo dicta como ley universal sin sentido ni identidad. Por eso insisto en la pérdida de los valores y en la figura legal de un capitalismo que por tanto devenido en pornográfico no siente más que los segundos de su descarga sin emoción. Una red de autocracias y democracias perdida en un enjambre de prostitución consumista que no tiene fin.
“Pensar es una cosa, pero existir en lo que se piensa es otra” dice Kierkegard
La máquina narcisista de la que hablan Deleuze y Guattari rompe con los flujos de figuras, iconos, diagramas de la máquina deseante. El inconsciente que es una creación moderna es intervenido. Parte de la crítica al psicoanálisis es ese Eros castrado por la filiación (reducido a la figura del padre y la madre). Cuando en realidad nuestra máquina deseante es simplemente deseante por su propia pulsión. La desterritorialización es parte de toda libertad genuina.
Ese cuerpo sin órganos es el verdadero deseo, uno a ser pintado sin los simbolismos de un afuera.
Noción del cuerpo sin imagen: el cuerpo escapa a la representación discursiva. Escapa a la imagen maniquea. Entra en el orden de la transducción, solo referenciable en el cuerpo lleno sin órgano del deseo. El signo de potencia es el cuerpo sin órgano desterritorializado. ¡No la letra del deseo! de los Lacanianos.
En contraposición al psicoanálisis Deleuze junto a Guattari extraen la imagen del deseo para llevarlo hacia su origen, usando el signo de Hjelmslev como máxima identificatoria del mismo. Un signo indiferente a su sustancia, un signo que no se interesa por las cadenas discursivas, que atreviesa-trans-viesa las estructuras para constituir por su cuenta un plano de consciencia subjetiva.
Quizá lo interesante sea ver hoy como la agresión se adueña de nuestros reductos a través de un capitalismo desdibujado completamente, donde el guion y el orden social son escritos por líderes que -exprofeso- predican compulsivamente pulsión de muerte. Resultado de la misma interferencia de la historia que no supieron resignificar.
Parece ser que son ellos mismos rehenes de su propio cuento, de su propia ambición de poder, de su propia pulsión de muerte, o mejor dicho de su represión [refoulement].
Sin sensualidad encerrados en una ficticia pseudo diplomacia de lucha sangrienta, un perverso goce voyeurista amante de la destrucción se apropia del ambiente como condimento estrella de excitación. Incapaces de seducir por el propio síntoma (de impotencia y frigidez) las intrusiones y violaciones se han convertido en el clímax del sistema.
Definitivamente no hay lugar para el ritual constructivo del amor.
LA AUTORA
MARÍA DEL PILAR CARABÚS. ABOGADA, ESCRITORA, COMUNICADORA, MBA “ESPECIALISTA EN DERECHO CONSTITUCIONAL Y DERECHOS HUMANOS” (MINORÍAS Y GRUPOS VULNERABLES) UNIVERSIDAD DE BOLONIA, ITALIA.
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