"Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?" dice Jacques-Alain Miller, el psiquiatra Francés fundador de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, hijo putativo de Jacques Lacan, cuya mujer fue su hija Judith, figura reconocida de la filosofía que se dedicó a difundir la obra de su padre.
¿Qué hacer entonces en un mundo donde a nadie parece seducirle o importarle desarrollar el arte de tomarse el tiempo para conocer a un otro?
Toda interacción amorosa verdadera y sólida nace de un proceso sostenido en el tiempo y los espacios, en el jardín que vamos dibujando como un tapiz necesario en nuestra biosfera.
Michel Foucault llamaba heterotopias al conjunto de “los otros espacios”, siendo “el jardín” uno de los espacios más antiguos del planeta como figura simbólica. Para los Persas era un espacio sagrado que debía contener en el interior de su rectángulo cuatro partes, que representan las cuatro partes del mundo, y un espacio más sagrado aún compuesto por la fuente de agua, que simboliza el ombligo del mundo. Sergio Salgado nos dice que toda la vegetación circundante debía ordenarse en el marco del espacio, conformando de este modo una suerte de microcosmos, convirtiéndose los tapices sí en una síntesis simbólica del mundo. El jardín es un tapiz en el que el mundo entero viene a cumplir su perfección simbólica. Constituye la porción más pequeña del mundo, a la vez que representa su totalidad.
En síntesis el jardín encarna la forma heterotópica de la antigüedad más feliz y universalizante.
Hasta el siglo pasado el amor era el máximo signo de una heterotopía capaz de extenderse a cada espacio y abarcar el territorio mismo de la humanidad, siendo la psiquis su caja vibratoria capaz de crearlo todo más allá de cualquier límite impuesto. Hoy el concepto de profundidad ha muerto, nuestra cognición ya no llega a comprenderlo.
Es imposible que lo haga cuando la producción no explota, más aún si nos prostituimos al máximo. Sentirnos importantes se hace una tarea titánica.
Lo más interesante es que ante los “moldeadores del deseo”, nace un grupo de conscientes que por puro innato ímpetu, tras un arduo trabajo por mantener identidades contra viento y marea entendemos el precio de “ser explotados”. Somos -hoy- quiénes tenemos más información en la consciencia, los que estamos construyendo refugios de salvaguarda.
Ahora… ¿cómo hacer para mantenernos elegantemente de pie con toda una manada galopando alienada en búsqueda de la perdición?
Aprender a sentirnos importantes entre y ante la pérdida de educación es uno de los mayores logros en una sociedad mundial a la deriva, qué enamascaradamente mata su democracia compulsivamente con cada gesto y acto en el sentido amplio de la palabra.
El algoritmo acorta la distancia entre deseo y objeto. La compulsión deja de ser exclusiva de lo psíquico para convertirse en un dispositivo social.
Hoy todo conflicto estructural se traduce en problema individual. El sujeto neoliberal se aliena al ideal de rendimiento y se explota a sí mismo. El capitalismo requiere un sujeto que asienta a los valores que le precarizan.
El caso es que la competencia y el consumo capturan el deseo mismo. La alienación de lo íntimo se imbrica en la alienación social. El capitalismo convierte la alienación social y subjetiva en una supuesta ley natural, con lo que pretende garantizar su reproducción indefinida. La persona queda atrapada.
Lo que llamamos “trastorno límite” en las clasificaciones psiquiátricas podría pensarse como “trastorno del límite”: fragilización de esa distancia íntima que permite reconocer al otro como sujeto (Pereña, 2001).
Los ideales siempre fueron y seguirán siendo, maravillosas reconstrucciones de la imaginación de esta imperfecta realidad, sucede que sin pasiones nada puede ser alentado, morir sin saber amar es la perdición para alimentar un ecosistema que necesita de saltos importantes para seguir creando belleza en su máxima expresión emocional y dialéctica.
La posibilidad del verdadero arte de la virtud viene de la entrega absoluta, a través de exacerbadas acciones, emociones plasmadas en este tapiz llamado vida. Nada surge de un desesperado equilibrio autoimpuesto producto de la constante manipulación de nuestros verdaderos deseos. En todo caso empiezan a surgir las transgresiones destructivas, cuya única mecánica infantil es la del ataque a lo que nos rodea. Las prisiones traen todo esto y más consigo.
En Esculpir el tiempo Andrei Tarkovski: El Tiempo aparece cuando es sentido, más allá de los acontecimientos, como el peso de la verdad.
Ofrecer la vida por una caricia y el genio por un beso parece hoy solo tener sentido para Musset.
Los viles estrategas ofrecen su vida hoy por tanta destrucción del ecosistema como sea posible a cambio de sentirse seguros con su oro protector. No ha quedado más que la conquista material.
El alma se fue a otra galaxia asustada de tanta mediocridad indecorosa y falta de carisma postular.
El intento caricaturesco de asociar al amor con el abismo, al tiempo con el exceso de empatía y a la elegancia con la antigüedad desmoronó nuestra prometedora Torre de Babel.
LA AUTORA
MARÍA DEL PILAR CARABÚS. ABOGADA, ESCRITORA, COMUNICADORA, MBA “ESPECIALISTA EN DERECHO CONSTITUCIONAL Y DERECHOS HUMANOS” (MINORÍAS Y GRUPOS VULNERABLES) UNIVERSIDAD DE BOLONIA, ITALIA.
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