
Hace ya más de un año, el Gobierno británico lanzó una página oficial titulada Preparing for Emergencies, en la que recomienda a todos los hogares contar con provisiones suficientes para sobrevivir durante siete días sin asistencia externa. No se trata de un escenario apocalíptico de película, sino de una política pública seria, dirigida a preparar a la ciudadanía ante posibles crisis como apagones prolongados, ciberataques, inundaciones o interrupciones de servicios básicos.
Esa recomendación, que entonces pareció pasar casi desapercibida, hoy cobra una dimensión más amplia: la Unión Europea está por presentar su propia estrategia de preparación civil, con sugerencias similares. El mensaje se repite en distintos idiomas y con distintos tonos, pero apunta a lo mismo: los ciudadanos deben estar listos para lo inesperado.
En este contexto, ver una serie como Día Cero -la reciente producción de Netflix protagonizada por Robert De Niro- deja de parecer entretenimiento distópico para acercarse inquietantemente a la realidad. En la ficción, un ciberataque paraliza Estados Unidos, dejando al país sin energía ni servicios críticos, mientras el caos se multiplica. En la vida real, el Reino Unido ya ha sufrido ataques concretos a su sistema de salud (NHS) y a aeropuertos, comprometiendo datos sensibles, citas médicas, vuelos y la atención hospitalaria.
Fue entonces cuando me hice una pregunta que jamás me había planteado en serio: ¿qué pasaría si nos quedáramos sin electricidad durante una semana? ¿Cuánta agua tengo? ¿Y comida? ¿Podría mantenerme conectada? ¿Estaríamos preparados para afrontar una emergencia sin ayuda?
La pregunta ya no suena exagerada. El Reino Unido no solo recomienda almacenar provisiones básicas, sino que ya habla directamente de estar preparados para sobrevivir durante siete días sin asistencia, en caso de crisis graves.
Un mensaje claro desde los gobiernos europeos
Los países nórdicos también publicaron nuevas recomendaciones que instan a la población a prepararse para escenarios de crisis: guerras, ciberataques, desastres naturales, pandemias o cortes masivos de servicios esenciales como electricidad, internet, agua o transporte.
Mientras que Bruselas presentará esta semana una nueva Estrategia de Preparación de la Unión. Según adelantaron algunos medios españoles, el plan sugiere que todos los hogares europeos cuenten con reservas básicas para al menos 72 horas. El objetivo es reforzar la resiliencia civil ante el deterioro del entorno internacional y la creciente exposición a amenazas múltiples.
Una amenaza cada vez más concreta
Las advertencias no son meramente teóricas. Los ciberataques a infraestructuras esenciales se volvieron cada vez más frecuentes y sofisticados. Pero además, el cambio climático ya está generando fenómenos extremos que alteran la vida cotidiana y ponen a prueba la capacidad de respuesta de los Estados.
El 29 de octubre de 2024, una DANA (depresión aislada en niveles altos) provocó intensas lluvias e inundaciones en el este de España, afectando gravemente a regiones como la Comunidad Valenciana, Aragón y Castilla-La Mancha. La catástrofe ambiental dejó miles de hogares sin electricidad, provocó cortes de transporte y generó importantes daños materiales, revelando una vez más la fragilidad de las infraestructuras frente a fenómenos climáticos extremos.
El 7 de marzo de 2024, la ciudad de Bahía Blanca al sur de la Provincia de Buenos Aires, Argentina, fue escenario de una catástrofe sin precedentes: una tormenta extrema dejó 16 personas fallecidas y miles de evacuados. En apenas un día, cayeron cerca de 290 milímetros de lluvia, un récord absoluto para marzo en la región, comparable solo con las inundaciones históricas de otras localidades argentinas como La Plata (2013) y Santa Fe (2003).
Según especialistas, los factores que agravaron el impacto fueron múltiples: la intensidad inusual de la lluvia, la vulnerabilidad geográfica de la ciudad, las deficiencias en la planificación urbana y la creciente influencia del cambio climático, que está multplicando la frecuencia y severidad de este tipo de eventos extremos.
Estos eventos -que hasta hace poco se consideraban excepcionales- empiezan a repetirse con preocupante regularidad en distintos puntos del planeta.
Cabe destacar que el solo hecho de que el Gobierno británico tenga una página específica dedicada a la preparación ciudadana, con consejos concretos y tono directo, marca un cambio importante. No es un mensaje de pánico, sino una invitación a asumir que la estabilidad no está garantizada.
Estas advertencias se entienden mejor a la luz de hechos recientes. En marzo de 2024, el Sistema Nacional de Salud conocido como NHS, en Dumfries y Galloway, Escocia, sufrió un ciberataque que expuso datos sensibles de pacientes y personal. Pocos meses después, en junio, hospitales de Londres se vieron forzados a cancelar operaciones y desviar ambulancias por otro ataque, esta vez de tipo ransomware, que afectó los sistemas de citas y diagnóstico.
También en septiembre de 2024, el transporte público “Transport for London (TfL)” fue blanco de un ciberataque que afectó sus sistemas internos en la sede corporativa. Aunque no se comprometieron datos de usuarios ni se interrumpieron los servicios, la empresa activó protocolos de seguridad y trabajó en conjunto con la Agencia Nacional contra el Crimen y el Centro Nacional de Ciberseguridad para contener la amenaza.
Estos incidentes revelan hasta qué punto las infraestructuras críticas están expuestas y cuán frágil puede ser la vida cotidiana frente a una interrupción tecnológica o ambiental.
Los países nórdicos refuerzan la defensa civil
En el norte de Europa, el tema ya forma parte de políticas de Estado. Suecia y Noruega distribuyeron folletos impresos con listas de provisiones esenciales y recomendaciones detalladas sobre cómo actuar en caso de conflicto, apagón o emergencia climática. Finlandia reforzó sus sistemas de alerta y publicó guías específicas para escenarios de guerra o escasez.
Dinamarca, que no lanzaba campañas de defensa civil desde los años 60, volvió a poner el foco en la preparación ciudadana. El mensaje en todos los casos es el mismo: no basta con confiar en el Estado. Cada hogar debe asumir cierta responsabilidad frente a lo que pueda venir.
¿Qué deberíamos tener en casa?
Basado en las recomendaciones oficiales al menos en la lista del Reino Unido, esta es una lista básica para prepararse ante una crisis que obligue a pasar varios días sin ayuda externa:
Agua potable: mínimo 2 litros por persona por día → idealmente, 14 litros por persona (para 7 días)
Alimentos no perecederos: enlatados, arroz, fideos, barras energéticas, etc.
Medicamentos y botiquín
Linterna y baterías de repuesto
Radio portátil (a pilas o manual)
Cargadores portátiles (power banks)
Documentos impresos y copias de llaves
Lista de contactos clave (anotada)
Productos de higiene (toallitas, papel higiénico, jabón)
Abrigo y mantas
Efectivo, por si no funcionan los cajeros
Fuente confiable de información en caso de que no haya internet ni señal.
Una nueva relación entre ciudadanía y crisis
Lo que está en juego no es solo estar listos para un corte de luz o una tormenta. Es entender que los Estados no siempre podrán responder con rapidez o eficacia ante crisis simultáneas. La resiliencia empieza en casa, sí. Pero también requiere políticas públicas que incluyan a todos: ¿cómo se preparan quienes no pueden comprar reservas ni tienen redes de contención?
Prepararse ya no es cosa de catastrofistas. Es una actitud responsable. Una forma de cuidar a los nuestros, como lo haríamos en una tormenta, una pandemia o un apagón. La diferencia es que ahora, esas situaciones ya no son escenarios lejanos. Son parte del presente.
Este artículo puede ser republicado total o parcialmente, siempre que se acredite a la autora.
Sobre la autora
Gabriela es periodista y corresponsal radicada en Londres. Informa desde el Reino Unido para Radio y Televisión Argentina (RTA) y colabora con medios de América Latina como MVS Noticias (México). Colaboró también con Europa Press (OTR PRESS). Escribe sobre política internacional, sociedad y cultura con mirada latinoamericana.
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